miércoles, 21 de diciembre de 2011

Intercambio de regalos

Odio el intercambio de regalos. Me refiero a ese tonto juego en el que uno hace como que tiene mil amigos y que mil amigos lo quieren a uno. Lo odio porque si ya es un dilema escoger un regalo para un verdadero amigo, lo es mucho más para gente que apenas conozco; o peor aún, para gente a quien no tengo interés de conocer. Por fortuna, esta navidad a nadie se le ocurrió martirizarme con eso. Después de varios años en los que, coactado por el «ya pues, Uli, no seas aburrido» de algunas mujeres, el «ya pues, Uli, mira que todos estamos participando», esta vez he podido concentrarme en hacer un verdadero regalo. Uno especial, uno que le hago a las personas imprescindibles en mi vida, uno que hago con mis propias manos, uno que me toma días de diseño, semanas de trabajo; uno que esta vez es para mi gran amigo Julio Amenero (bajista de Los Grillos de Medianoche), uno que debí haber entregado hace más de un año como presente matrimonial.

Lo tengo. Lo envuelvo con papel de regalo y lo cubro con una bolsa gigante de plástico porque mi regalo debe tomar un avión, volar al extranjero, y reposar erguido en su destino final. Lo introduzco en la maletera del Elefante Gris y parto al aeropuerto para su entrega. Estaciono el Elefante cerca de las Llegadas Internacionales y camino hasta la sala de espera por donde habrá de aparecer Julio arribando de los EEUU. Hora y media después de lo programado, aparece en el hall empujando un coche con sus maletas. ¡Grillete!, grito al verlo. Nos abrazamos. Me tocó la luz roja, huevón, dice y me cuenta todo lo que tuvo que explicar a los de Aduanas por los regalos que ha traído. Ahí tengo tu merca, dice luego y me muestra el estuche gigante de una guitarra eléctrica que sobresale sobre las maletas. La noticia me pone ansioso como un niño que va a recibir su regalo de navidad. Ya quiero tener la guitarra en mis manos, probarla, olerla, escucharla. Caminamos al parqueo. «Huevón» por aquí, «huevón» por allá, nos ponemos al día en nuestras vidas y nos matamos de risa. Llegamos al Elefante Gris. Me entrega el estuche gigante de guitarra. Lo abro. Un hermoso modelo Epiphone rojo sale de las entrañas. Lo tomo como quien toma una joya. Está bien paja, huevón, digo. Pego la guitarra a mí, toco algunos arpegios mientras Julio me explica las bondades acústicas. Gracias, huevón, te pasaste, digo con la felicidad de quien ha recibido lo que tanto esperaba. Aquí está el resto de la merca, dice Julio y me entrega el resto de pedidos que he hecho con meses de anticipación: El CD del «Adventures in Coverland» de Girl in a Coma, el libro «Race for the South Pole» de Roland Huntford acerca del diario de Amundsen y Scott sobre la exploración del Polo Sur. Gracias, grillete, digo y otra vez me pongo como un niño. Abrazo de nuevo a mi amigo. Ahora es tiempo de mi regalo, digo y abro la maletera del Elefante Gris. Mal y tarde, aquí está mi regalo de bodas, grillete, y le entrego la bolsa negra. ¿Qué es?, pregunta. Un cuadro, digo y yo mismo le quito el sobre para que no se dañe. Entonces muestro el lienzo gigante, en blanco y negro, de un indígena quechua cargando un arívalo. ¡Shusha!, grita Julio. ¿Tú lo pintaste? Claro, pe, grillete, con estas manos sarmentosas. Está bien paja, huevón, vuelve a decir. Lo voy a colgar en «El Inti», dice refiriéndose al restaurante de comida peruana que Julio tiene en New Jersey. Nos abrazamos. Regalo número dos, digo y le entrego un ejemplar de «Ojos de pez abisal». ¡Shusha! «Para Julio. Por tantos años, tanta música, tanta amistad», dice la dedicatoria que he escrito con tiempo, que he pintado con paciencia, con el alma agradecida, con estas manos sarmentosas.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Complicidad

Salgo de casa para viajar a Huancayo a presentar “Ojos de pez abisal”. Una muda de ropa dentro de la mochila en mi espalda y una caja con 50 libros es todo mi equipaje. La caja pesa tanto que apenas puedo llegar caminando hasta el paradero. Detengo un taxi. A la agencia de ETUCSA, en San Luis, digo. No, ahí no voy, responde el taxista y arranca casi pisando mis pies. Lo mismo hacen los siguientes cuatro, hasta que uno por fin acepta aventurarse fuera de Los Olivos. 15 soles, dice el chofer, un tipo con un auto tan avejentado como él. Dudo en tomarlo, pero se me hace tarde y no estoy para esperar más. Lo abordo y me siento atrás. La noche, los autos y las luces me traen otra vez a la mente los líos que, desde hace días, tengo atravesados en el cuerpo por causa de una amiga que ya no quiere ser mi amiga. Qué problema, ¿no?, dice el taxista subiendo el volumen de la radio: el locutor habla de la disfunción eréctil. Ah, sí, respondo. El chofer trata de hacerme conversación con ese tema, pero mi frío “si”, “no” lo enmudece. El taxi enrumba por Izaguirre y acelera al entrar a la Panamericana. ¿Está bien el programa o quiere escuchar música?, pregunta ahora. No, así está bien, respondo; prefiero no arriesgarme a ser torturado con alguna canción horrorosa. El taxi sube el puente sobre Angélica Gamarra. ¿Se va de viaje?, vuelve al ataque. No digo nada, hago como que no he escuchado. El taxista se rinde y no dice nada más. Pasa el puente sobre Tomas Valle, Fiori, Habich como un bólido de carreras. Nadie habla, sólo la radio, ahora dando tips para superar la disfunción eréctil. Vuelvo a mis líos, pero luego me digo que no debo pensar en eso, que el viaje me hará bien para pensar y me pregunto cómo estará el clima en Huancayo. Imagino el valle verde por las lluvias, las nubes gordas y blancas, el cielo azul; y cuando me hago la idea de un sol sonriente, un ruido acompasado me revienta los pensamientos. Ploc, ploc, ploc, ploc, ploc, ploc. ¡Pucha, la llanta!, dice el taxista. Maldita sea, digo yo. Me asusto. Zarumilla no es precisamente un lugar apacible para detenerse a cambiar las ruedas: transito todos los días por ese punto camino a mi trabajo y he visto asaltantes saliendo de la nada, como lobos que salen de un bosque, rompiendo la luna de los autos en pleno día para despellejar a sus ocupantes. El taxi se orilla a la altura del puente a Piñonate. No se preocupe, lo cambiaré rapidito, dice el taxista y me deja dentro del auto. Salgo de inmediato y me paro a un costado para hacer de vigilante. Miro el reloj: 9 y 30, la hora en que los lobos tienen deseos, hambre, sed. Miro alrededor: unas personas caminando a lo lejos, los autos pasando a toda velocidad con los ojos encendidos. Pienso en detener otro taxi, pero ¿quién podría detenerse en un lugar así? Me acerco al taxista: se esfuerza en levantar la gata. No habla. Una mujer aparece. La miro. Cruza la calle. Tira la bolsa que lleva en la mano sobre el cerro de basura que alza a un costado de la vía y regresa. Me mira. Me asusto. Veo alrededor por si hay alguien más y esto es el inicio del asalto. No hay nadie. La mujer pasa delante del taxi mirando el interior y camina hacia mí. Pienso en mi equipaje. ¿Qué ha pasado?, pregunta. Nada, respondo fingiendo tranquilidad. Mira al taxista, este sigue sin hablar, absorto en retirar los pernos. Quítense de aquí al toque, advierte la mujer; aquí los van a dejar como pollos pelados, agrega con un tono de orgullo y compasión. Se va. Pienso en mi ipod, mi cámara, el dinero que llevo en la mochila, ¡la caja de libros! y me imagino siendo despojado de ellos por la jauría de lobos que en cualquier momento saldrán del bosque de casas sahumadas por el hollín y la noche. Mi corazón late más. Camino a la puerta del taxi. Me detengo. El locutor ahora atiende llamadas del público y le hace preguntas a su invitado. Camino, vigilo, camino. ¡Yastá!, dice el chofer con la llanta pinchada en la mano. ¿Ya?, digo con la duda de que haya cambiado la rueda tan rápido. ¡Yastá!, repite con la respiración agitada. Lo ayudo a abrir la maletera. Metemos todo a la volada y nos metemos al auto. Suspira, arranca, volamos. Este barrio es bravazo, dice apenas recupera el aliento. Claro, respondo, yo paso todos los días por aquí... Ahora sí hablamos como si ya nos conociéramos.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Como las tortugas golfinas

Siempre regreso a Huancayo. Como las tortugas golfinas, aquellos reptiles marinos que habitan en el pacífico centroamericano, frente a las costas de México y que un día, ya adultos, les da por regresar al lugar exacto en que nacieron, y reptar por las arenas en que pasaron sus primeros días; así mismo, al menos una vez a la año, a mí me viene una necesidad irrefrenable de dejar Lima y pasear sin rumbo por la calle Real, asolearme en la Plaza Constitución leyendo un libro y tomarme una cerveza en el Galileo oyendo música. Por eso Huancayo es parte de “Ojos de pez abisal”, y por eso también la presentaremos en esa ciudad. Están todos invitados.

Día: Viernes 25 de Noviembre. 7:p.m.
Lugar: Auditorio Mayor del Instituto de la Cultura y Juventud de la Municipalidad Provincial de Huancayo (Calle Real Nº 103, Huancayo).
Presentan: Giannina Sovero , Jorge Salcedo y Juan Carlos Romero y un servidor.

sábado, 12 de noviembre de 2011

El mejor bolero peruano de todos los tiempos

Yo te digo, grillete: toda moneda tiene dos caras y todo es según como uno lo vea o como uno lo quiera ver. El otro día, por ejemplo, yo estaba haciendo hora, vagando, vagando y vagando en el Mega Plaza, oyendo la música de mi Ipod, porque eran las seis de la tarde y tenía que encontrarme con una amiga todavía a las ocho y entonces se me ocurrió que era mejor ir al cine, auque sea para dormir. Fui al Cineplanet y al ver la cartelera, poseído por alguna esperanza boba de que quizá voy a ser testigo de la mejor película peruana de todos los tiempos, me metí a ver “Bolero de noche”. Ya de arranque me sorprendió que la sala estuviera llena de hombres mudos, de lo más educados, viendo en la pantalla como Teddy Guzmán, hecha toda una femme fatale de cigarro luengo y guantes largos a lo Rita Haywoth, cantaba un bolero acompañado por Los Morunos en un bar limeño de los años sesenta. Ahí entró a escena Leonardo Torres Vilar y con la cara y la voz de comediante que siempre les pone a sus personajes, ahí mismo la película comenzó a decaer. Pero bueno, así como a un libro hay que darle 10 páginas de oportunidad; a una película hay que darle 10 minutos: si en ese tiempo no pasa nada, hay que abandonar la sala o, como yo, hay que cerrar los ojos y echarse a dormir. Le di 20 minutos. Y te juro, grillete, es increíble como hay gente que le gusta perder su dinero produciendo películas tan malas, tan horrorosas. La historia era un diazepam de 500 mgr, y justo cuando ya me arremolinaba en mi butaca como un perro que se apresta a dormir, apareció en escena Vanessa Terkes en calzones y se puso a chapar con Giovanni Ciccia. Entonces no sólo yo, sino el resto de asistentes despertamos del letargo y la película agarró otro rumbo. La Terkes; con esas carnes que tiene de mujer perfecta (perfecta, pero en otra escala); se paseaba por la habitación de un Ciccia dizque músico abstraído en componer el mejor bolero peruano de todos los tiempos. Jugaba con él como una niña que juega con su peluche. Y lo abrazaba, y le hacia cariñitos, piojitos. Siempre en calzones, por supuesto, para alegría de los galgos de alrededor, hasta que en los siguientes diez minutos se puso tan insoportable de tanto que fastidiaba al pobre Ciccia que no había cuándo componga su bolero, que el director la desapareció de escena. Entonces cerré los ojos para echarme una siesta y cuando ya me estaba agarrando la modorra, el rumor de los galgos ahora salivando de lujuria me hizo abrir los ojos. La Terkes había regresado recargada, dispuesta a dictarle, de una buena vez y de tanto hacer el amor con Ciccia, la canción que el pobre estaba buscando. Pero como hasta la belleza cansa, y yo no estaba dispuesto a soportar otros diez minutos de sobre actuación, otros diez minutos de inconsistencia narrativa, otros diez minutos de inverosimilitud; por más que la Terkes se montara sobre Ciccia como vaquera a su caballo, yo dije: mejor me quito y sigo vagando por el Megaplaza escuchando mi música y ahí fue que se me ocurrió cambiarle el audio a la película. Saqué mi Ipod, me coloqué los audífonos y encendí a Tears For Fears a todo volumen. Y tenías que ver cómo todo cambió, grillete. Tenías que ver cómo la escena en que los amantes se devoraban a besos en la pantalla, como dos bestias en celo, con el “I Believe” retumbando en mis oídos, se transformaba en la escena más lograda del cine peruano de todos los tiempos. Tenías que ver cómo yo entraba en la historia y Vanessa Terkes mandaba al cacho a Ciccia. Y tenías que ver cómo la Terkes se quedaba a solas conmigo; se acercaba, me tomaba el rostro y me besaba. Y me hacía el amor. Y yo, hecho un Lucho Barrios, hecho un Iván Cruz, componía el mejor bolero peruano de todos los tiempos. Tenías que verlo, grillete, tenías que verlo.

sábado, 22 de octubre de 2011

Ojos de pez abisal (32ª Feria de libro Ricardo Palma)

Con mucho agrado los invito a la presentación de "Ojos de pez abisal" en la 32ª Feria del libro Ricardo Palma, que desde el 20-10-2011 al 1-11-2011 se realiza en el Parque Kennedy, en Miraflores.


Presentación: Domingo 30 octubre de 2011, a las 2.00 pm
Lugar: Anfiteatro del Paque Kennedy, Miraflores
Presentan: Jorge Salcedo, Patricia Miroquesada, Gabriel Ruiz Ortega y Juan Carlos Bondy.


Pueden adquirir la novela en el stad de la Librería Gutierrez

domingo, 2 de octubre de 2011

Ojos de pez abisal (presentación)

"En la Estación Central de Kioto, un ingeniero peruano establecido en el Japón, se reencuentra con su amigo huancaíno después de más de seis años. Con él llega el recuerdo doloroso del asesinato de su único hermano y la posterior desaparición de sus padres en un pueblo de los andes huancavelicanos por causa del terrorismo de los ochentas. Planean hacer turismo durante el fin de semana, pero el encuentro marcará el inicio de una historia que no esperaba vivir. Huancayo, Lima, Kioto y el ambiente previo al Mundial de Fútbol 2002 serán los escenarios de un gran descubrimiento que lo conducirán al difícil dilema de buscar justicia o buscar venganza en medio de la tortura de enfrentar recuerdos que creía haber dejado sepultados para siempre en el Perú".


Por fin, todo está listo.

Presentación: Viernes 21 de octubre de 2011
Lugar: Auditorio del Colegio de Ingenieros del Perú, Av. Arequipa 4947, Miraflores
Presentan: Iván Thays, Christian Solano, Jorge Salcedo

martes, 27 de septiembre de 2011

El auto rojo

Para mi pata Enzo Chang que amenaza con un día regresar.


Debíamos estar mal de la cabeza, Chino. Cuando le cuento a la gente acerca de esa manía que teníamos de meternos dentro del auto rojo de tu tío, ese que nunca veía el sol porque nunca salía del garaje de tu casa, ese al que luego le tendíamos una extensión eléctrica para instalar una grabadora que cargábamos sobre nuestras rodillas, tan sólo para sentir la sensación de escuchar música metidos dentro de un auto, creen que miento, creen que es uno más de mis cuentos. A ver, ¿cuántos éramos?: tú, Nino, Francisco, las gemelas, Veca, Jochi y yo: ocho personas; ocho personas aupadas en un auto para cinco. Debíamos estar locos, ¿no?, Chino. Y flacos, famélicos, hechos unos palitos porque ahora, con esta grasa abdominal que no baja por más que vayamos al gimnasio, no cabríamos en él por nada de este mundo. ¿Y por qué lo hacían?, me preguntan. Porque un auto sin música es un como un cuerpo sin alma, les digo. Porque, claro, pudimos haber hecho como hacían los «chungitos», por ejemplo, sacar un minicomponente a la calle y beber alrededor de él; o como los Gonzales que reventaban su casa con esa música horrorosa que nunca entendimos, pero, no, a nosotros nos daba por meternos a ese auto rojo de tu tío como astronautas que se meten a un transbordador espacial; como si dentro de él, escuchando a Sabina, a Calamaro, a Sosa Stéreo; como si cantando en coro sus canciones, nuestra amistad se densificara, se hiciera más fuerte, dura. Y nos matábamos de risa. Y conversábamos, Chino; sobre todo eso, conversábamos que es algo que los jóvenes de ahora no hacen; porque tú vieras como es nuestro barrio ahora; llena de desconocidos, sin niños, sin jóvenes conversando, sin gente oyendo música; o sea, no se parece en nada al Hualcán de los noventas, al Hualcán que dejaste el 2003. Para que veas que llevo la cuenta y para que veas que me acuerdo del año que te fuiste al otro lado del mundo donde, según dicen, esa epidemia del no-conversar es mucho peor. Por eso tienes razón, cuando dices que nunca seremos más libres ni más ingenuos como en esos años. Quizá por eso Nino, aún cuando ya no vive en nuestra calle, todavía se escapa un fin de semana y aparca su auto negro y nuevo frente a la casa de Francisco y conversamos los tres. Y escuchamos música. Y nos acordamos de ti, de las gemelas, de Veca, de Jochi. Y nos matamos de risa. Y nos acordamos de las maratones de felicidad que armábamos en tu casa. Tu casa que ahora tiene tres pisos y varios inquilinos. Inquilinos que entran sin saludar por la puerta de la cochera. La cochera en que ya no está aparcado aquel auto color rojo. El auto rojo que un día se llevaron sin que nos diéramos cuenta y que, seguramente, terminó desguazado en el taller de algún chatarrero; sin nosotros, sin música, sin alma.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Pasaje Rómpete el Alma

Si en estos días de invierno vas al norte de Lima y llegas a Independencia, mira bien hacia los cerros. Arriba, bien arriba, perdida en el manto plomo de densas neblinas, verás un lugar llamado “Pampa de Cueva”. Y si te da por caminar, caminar y caminar en esa dirección, verás unas calles, unas casas que se aferran a los cerros, a las rocas, como alpinistas. Y si trepas, trepas y trepas y te adentras en la neblina hasta llegar a una vía que se sube en zigzag, la última, la que araña las rocas y se va para el cielo, entonces habrás llegado al “Pasaje Rómpete el Alma”. Ahí pregunta por la Sra. Marroquín. Alguien te llevara hasta ella. Te invitará a su casa y te contará la historia de esos lugares. Te dirá que hace más de treinta años que vinieron a vivir a esas quebradas y que entonces el invierno no era tan frío. Hará una cola de caballo con su larga cabellera cana, se arreglará y se pondrá sus tacos negros de cuer

o, rengos y jorobados de tanto andar, pero bien lustrados; y te invitará a caminar con ella por esas montañas. Y te contará su vida. Te contará que a sus 75 años acaba de graduarse de técnica en enfermería y que ahora estudia computación. No sabrás qué decir.

Pero comprenderás porque ese pasaje se llama así, porque ahí el mundo está al revés. Tan al revés que los cerros de Lima son verdes, un verde clorofila, un verde vida, un verde en medio de tanto desierto.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Pateando tachos

X reconoció a M a medio concierto. Dejó de prestar atención al escenario en el que Facundo Cabral, sentado en una silla plegable y la guitarra en las rodillas, entonaba “Pateando tachos” como un cantor callejero. Dudó unos segundos preguntándose si en verdad era ella. Estaba de espaldas, pero el cabello suelto trasluciendo los contornos del menudo cuerpo fue suficiente para reconocerla. Sí, era ella, no cabía duda. Era la espalda, los hombros, la cintura que hacía tanto había deseado tomar. El resto del concierto ya no fue lo mismo. Cabral cantaba una y otra canción, hacía uno y otro monólogo, pero X prefería espiar a M para ver si alguien había venido con ella, mientras estudiaba el modo, la excusa, las palabras que usaría para aproximarse al final. Después de que Cabral se despidió de los asistentes, después de que cantó dos canciones más y después de que finalmente Cabral ya no salió al escenario, X caminó en busca de M. Dos gradas, tres bancas, se detuvo; una grada, cinco bancas, se detuvo y sólo cuando vio que ella se marchaba, se atrevió a dar el último paso. Se acercó. ¿M?, dijo fingiendo duda. Hola, dijo M con frialdad al reconocerlo. Qué sorpresa, dijo X. Sí pues, a los años, dijo M como si en verdad llevara la cuenta de que habían pasado más de cuatro años desde la fiesta de cachimbos del 93. ¿Viniste sola? No, vine con mi tía, pero ya se fue. Entonces te acompaño a la salida. Bueno. Caminaron por el patio de la Universidad de Lima, continuaron por Javier Prado y llegaron al paradero. Que qué fue de la gente, que por dónde estás trabajando, que si es cierto que fulano está en tal lugar, hasta que la Daewoo apareció. Ahí está mi bus, dijo M y le ofreció la mejilla para despedirse. Ese es mi bus también, celebró X. Subieron. El bus se llenó con la gente que salía del concierto, pero lograron acomodarse tras la puerta posterior, ella de espaldas a la ventana y él sujetándose del pasamanos del asiento, cruzándole la cintura; frente a frente, como dos enamorados. X sintió entonces el perfume de sandía emanando de M, la larga cabellera asedándole las manos, el borde aromado de su cuerpo bajo la chompa y comenzó a sentir mariposas en el estómago. Cruzó los dedos. No sabía que te gustaba Facundo Cabral, dijo por hablar de algo. Nunca lo había escuchado antes, admitió M, me regalaron unas entradas y vine, pero me gustó. A ti sí debe gustarte, tú que eras medio poeta. Yo soy su discípulo, presumió X. Los argentinos no me caen bien, sentenció M, no sé, quizá sea porque mis jefes son argentinos; pero Facundo sí me cae. ¿Sabes cómo se suicida un argentino?, preguntó X. No. Se sube a su ego y luego salta. M sonrió. X reconoció la sonrisa. Sí, era la misma de hace cuatro años: blanca, adolescente, arrobada. Las mariposas revolotearon aún más en el estómago. ¿Sabes por qué los argentinos no se bañan con agua caliente?, preguntó X con empeño. No, respondió M aún con la sonrisa en los labios. Porque se les empaña el espejo. M estalló en risas. Qué gracioso habías resultado. En la universidad no eras así. ¿Y cómo era yo en la universidad? Serio, callado, recontra tímido. Es que contigo yo me pongo como un argentino, pero al revés. M se sujetó de X para soportar los embates del nuevo ataque de risa. X sintió el calor su mano sujetándole, la catarata del cabello largo cayendo ahora sobre él; las mariposas revolotearon por todo el autobús.


X se entera de la muerte de Cabral. Pucha, pobre Facundo, dice para él al leer los detalles de su asesinato. Entra al youtube y teclea: «Pateando tachos» La canción suena: ...vengo pateando tachos desde Avellaneda, silbando bajito al costado de la vía, esquivando a la fama... Piensa en los chistes de argentinos que aprendió de Cabral. Piensa en M, en la única vez que viajaron juntos, en la única vez que la tuvo tan cerca y la hizo reír. Pobre Facundo, vuelve a decir.

sábado, 20 de agosto de 2011

I Concurso Nacional de Novela Corta "Premio Ciudad Incontrastable - 2011"

BASES

ASPECTOS GENERALES
1) La Municipalidad Provincial
de Huancayo y el sello editorial Bisagra–Editores, con el propósito de contribuir al desarrollo literario y cultural de la Región Centro del Perú, convocan al I Concurso Nacional de Novela Corta “Premio Ciudad Incontrastable - 2011.
2) Pueden participar escritores peruanos mayores de edad residentes en el Perú o en el extranjero.
3) El tema es libre.
4) Los participantes deberán presentar una novela inédita digitada por una sola cara en papel A4, a espacio y medio entre líneas, en letra Arial 12. La extensión del texto deberá tener un mínimo de 80 páginas y un máximo de 120 páginas.
5) La calificación de las novelas es de carácter anónimo.
6) Los concursantes no podrán participar simultáneamente con la misma obra en otros concursos, y no podrán presentar más de una obra en éste.
7) El jurado podrá declarar desierto el premio.
8) La presentación de una obra a este concurso implica la aceptación de estas bases.
9) No podrán participar en el concurso las personas que laboran en las instituciones que están organizando el premio, ni lo cónyuges o parientes hasta el 4° grado de consanguinidad y 2° grado de afinidad. Esta restricción alcanza a los miembros del Jurado.

PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS
10) Los participantes presentaran en papel –cuatro ejemplares, debidamente numerados en el extremo inferior derecho y anillados– y en soporte electrónico –grabado en un disco compacto (CD), con el archivo en Word–. Cada ejemplar impreso deberá contar con una carátula en la que se consignará el nombre de la novela y el seudónimo del participante. Asimismo, deberán estar acompañados por un sobre tamaño carta o similar cerrado, que en su exterior consigne el nombre de la novela y seudónimo, y en el interior los nombres y apellidos del autor, número de documento de identidad, lugar de nacimiento, dirección domiciliaria, dirección electrónica, teléfono, un resumen biográfico, y el disco compacto (CD) conteniendo el archivo de la novela.
11) Los cuatro ejemplares impresos de la novela y el sobre tamaño carta conteniendo los datos biográficos del participante y el disco compacto (CD), deberán guardarse en un sobre manila. Este deberá presentarse o remitirse por correo postal hasta el viernes 30 de Septiembre de 2011 a las 17.00 horas a la siguiente dirección:
Señores:
I Concurso Nacional de Novela Corta “Premio Ciudad Incontrastable - 2011”
Casa de la Cultura y Juventud de la Municipalidad Provincial de Huancayo
Calle Real Nº 103 – Huancayo.
12) Los trabajos enviados mediante servicio de mensajería serán aceptados hasta fecha posterior siempre que en el sello de recepción de la empresa postal se consigne el 30 de Septiembre de 2011.
El Jurado estará compuesto por tres representantes del mundo académico-literario y sus decisiones serán inapelables. Este jurado esta presidido por el escritor Carlos Calderón Fajardo y lo acompañan los escritores Julián Pérez y José de Piérola.

RESULTADOS DEL CONCURSO.
13) El premio del Concurso de Novela Corta consiste en la suma de (S/.6000.00) más diploma de honor y la publicación de la obra, bajo el sello de la editorial Bisagra-Editores. El Jurado, en casos excepcionales, podrá otorgar diplomas de honor a las novelas finalistas.
14) La apertura del sobre con los datos del ganador y de los finalistas se efectuará ante la presencia de un notario público. El fallo será inapelable y se dará a conocer a partir de la primera semana de Noviembre de 2011. La premiación y la presentación de la novela ganadora será el 16 de noviembre de 2011, en el marco del aniversario de la Municipalidad provincial de Huancayo.
15) La novela ganadora será publicada por Bisagra-Editores, que se reserva los derechos para la primera edición por el período de tres años y para publicaciones antológicas y por Internet sin límite de tiempo. Salvo esta reserva, los derechos de autor pertenecen totalmente al premiado.
16) Los trabajos presentados al concurso, luego de conocidos los resultados, serán destruidos.
17) Cualquier caso no previsto en las presentes bases se resolverá a criterio del Jurado Calificador y de los organizadores.
Julio-2011, BISAGRA EDITORES

martes, 9 de agosto de 2011

Los perros de medianoche

Llegué de madrugada. San Juan de Marcona era una sucesión de casas de ladrillo en medio del desierto. El cielo aún estaba oscuro y una fría niebla se estancaba en las calles. Bajé del bus y salí a la sala de espera del terminal. Unas pocas personas esperaban la salida de los pasajeros. Busqué entre ellos a algún empleado de Shougang que mostrara un letrero con mi nombre, tal como había convenido con los funcionarios en Lima. Un tipo de bigotes se acercó. ¿Ingeniero Gutierrez?, preguntó. Sí, le dije. Buenos días, yo soy el encargado de acomodarlo, dijo y lo seguí. Subimos a una camioneta y enrumbamos hacia el lugar donde me alojaría durante los dos días que pasaría evaluando una planta de tratamiento de aguas servidas. La camioneta bordeo el terminal, atravesó la pequeña ciudad y trepo un cerro enano hasta llegar a otro campamento de cara al mar. Continuamos. Las calles de asfalto viejo y las casas de estilo americano de los sesentas se alineaban siguiendo la playa y lucían abandonadas. Me parece o aquí no vive nadie, dije. Sí, respondió el chofer y me explicó que en ese lugar, hacía años, habían vivido los empleados de Hierro Perú y con la reducción de personal el lugar había quedado deshabitado. Pero no se preocupe, agregó, aquí no pasa nada. Llegamos. Abrió la puerta, me mostró la casa y dijo que volvería en un par de horas para llevarme a desayunar. Al quedarme solo me invadió un temprano temor. Un barrio grande y deshabitado, una casa a mitad de una larga calle, una sala enorme y, en medio, yo completamente solo. Miré por la ventana: había terminado de amanecer, pero la niebla todavía rondaba el lugar. No quise entrar a la habitación; deshice el equipaje, me acomodé en el mueble de la sala y dormité un poco arrullado por el mar.

Hice mi trabajo en el día y regresé a la casa por la noche. El barrio lucía aún más fantasmal sin el alumbrado público. El cielo parecía más negro, las playas más solitarias, el mar más sarmentoso. Si quiere lo dejo en el cine para que no se aburra, me dijo el chofer. ¿Y cómo regreso?, pregunté. No está muy lejos, camina vadeando el cerro y listo, explicó, señalándome el camino. Acepté. El cine era una sala del tamaño de un aula donde proyectaban las imágenes de un DVD. En la película, un joven Sylvester Stallone trepaba unas montañas blancas y afiladas para salvar a su novia secuestrada por unos mafiosos que llenaban la nieve de sangre y balas. Salí del cine pasado las diez, luego de ver otra película más violenta aún. Regresé por el camino con el temor de enfrentar la noche en medio de tanto aislamiento. Vadeé el cerro como me había indicado el chofer. A medida que me alejaba de la ciudad el camino se tornó más y más oscuro: comencé a dudar si estaba siguiendo el correcto sendero. Continué guiándome por el rugido del mar, pero a medio camino me detuve. Pensé que era una alucinación mía, pero no, en ese solitario y oscuro lugar quince perros labradores interrumpían el paso como pandilleros que conversan. Me asusté. No ladraron al verme, pero voltearon sus cabezas como si otearan algo inesperado tras de mí. Sus ojos refulgían en la oscuridad como las pupilas de los gatos. Uno de ellos caminó a mí encuentro. No ladró, no rugió. Se acercó, me olió. Me quedé tieso sin saber qué hacer. Luego vino otro, y luego otro, hasta que de pronto estaba rodeado por ellos. Me miraban sin hacer el menor ruido como esperando mi reacción. Di unos pasos, pero ellos se pegaron más a mí. El miedo de ser atacado me detuvo. Ahora no podía avanzar ni retroceder. Ofrecí la contra palma de mi mano al que estaba frente a mí, un bayo de cola negra y gorda. Alguna vez leí en el National Geographic que había que hacer eso para que un perro no te ataque: si el perro te huele y mueve la cola entonces no te atacará. Qué hay peluquín, le dije. El bayo husmeó la contra palma de mi mano como un policía que revisa el DNI, luego retiró el hocico y movió la cola. Hice lo mismo con el siguiente, y reaccionó igual. Recién entonces caminé. Primero unos pasos, luego otros más hasta que de pronto todos los perros caminaban tras de mí; sin ladrar, sin rabiar, sin ningún ruido. Pensé que me acompañarían unos metros y que luego volverían a lo suyo, pero no, los perros llegaron conmigo hasta la puerta de la casa y ahí se quedaron. Entré a la casa, a la habitación. Cepillé mis dientes, alisté mis cosas para el trabajo del día siguiente. Antes de dormir miré por la ventana y los perros aun estaban ahí como amigos que conversan bajo la noche.

El chofer vino a recogerme al día siguiente. Los perros ya no estaban. Le comenté lo que me había pasado. Ah, esos son los perros de medianoche, me dijo de lo más normal.

A veces; cuando llego a casa y parqueo el Elefante Gris en mitad de la madrugada, veo a algunos perros pasando por el medio de mi calle. Se detienen. Me miran. Parecen reconocer en mí a uno más de los perros de medianoche. Olisquean su entorno, curiosean y luego siguen su camino. No ladran, no gruñen, no hacen ningún ruido.

martes, 26 de julio de 2011

We only said goodbye with words

Gracias le doy a la virgen

gracias le doy al señor

porque entre tanto y tanto rigor

y habiendo perdido tanto

no perdí mi amor al canto

ni mi voz como cantor

(La vuelta de Martín Fierro de José Hernández)


Belgrado, Servia, 18 de junio de 2011. Amy Winehouse se bambolea en el escenario como una niña que aprende a caminar. No es Amy tratando de hacer un baile sexi, no, es Amy tratando de mantener el equilibrio, para seguir de pie sobre las tablas, para seguir erguida, para seguir cantando. Suenan los primeros acordes de October Song, pero la banda se detiene porque Amy no puede cantar. El público abuchea. El corista se le acerca y trata de calmarla. Amy lo mira como pidiendo disculpas y le dice algo al oído. El público serbio sigue abucheando. Protesta, silba, rechifla. Suena entonces la entrada de Back to Black y los serbios gritan de emoción. Cantan en coro. Amy trata de subirse al ritmo. Se abraza a si misma como si un frío atroz le quemara la espalda; pega la mirada en sabe dios qué punto del teatro, ensaya unas palabras y canta. Sí, borracha, pero canta. Canta como los desesperados pidiendo auxilio; como los locos caminando desnudos en invierno; como los desahuciados puteando a la muerte. «We only said goodbye with words/I died hundred times», canta. Y llora. Llora porque en un escenario, para los verdaderos cantores, los genios; los que componen, tocan, cantan y trascienden; cantar y llorar es la misma cosa. «We only said goodbye with words/I died hundred times/you go back to her and I go back to black», cantan ahora todos los serbios.

Londres, Inglaterra, viernes 22 de Julio del 2011. Por la noche, Amy ve a su médico para sus chequeos por aquello de tu tratamiento contra el alcoholismo y la droga adicción. El doctor no ve nada anormal y la manda a descansar. Amy va a casa y toca la batería en su habitación; lo suficientemente bien y ruidoso que los vecinos se quejan. Por la mañana siguiente le dice a uno de sus guardias de seguridad que se va a dormir y se despide.

Sábado 23. El cuerpo de Amy ha sido encontrado seis horas después de su muerte por uno de sus guardias. Una fuente policial dijo que no había señal de drogas en su casa de Camden, tal como se suponía en un principio y la primera autopsia realizada a su cuerpo no arroja las razones de su muerte. Quizá sólo nosotros, sus adeptos, los súbditos de su talento y su voz, sabemos que Amy se ha ido al Olimpo; al lado de Hendrix, Morrison, Joplin, Cobain; para hacer lo que sabe hacer como nadie: cantar, cantar y cantar. Sólo nosotros sabemos, Amy, lo que quisiste decir cuando escribiste, cuando cantaste: «We only said goobye with words/I died hundred times».

lunes, 11 de julio de 2011

Para el ingeniero Cuadros

Ingeniero, a usted que dice que le gusta andar escribiendo, a ver si se le ocurren unas palabras para grabarlas en la gota de agua que le vamos a regalar al Ingeniero Cuadros, ahora que nos deja y se va a trabajar a Ate, me dice un compañero de trabajo de un momento a otro. Entonces yo, que más que andar escribiendo, ando pensando, entro en un dilema tremendo porque si para sintetizar uno de los tantos proyectos que manejo en el trabajo, en “Resumen Ejecutivo” que le dicen, me tomo varias hojas y varios días, resulta mil veces complicado abreviar a alguien en unas pocas palabras. Entonces me siento frente al teclado y mientras el cursor late y late como un corazón en la pantalla, me acuerdo de la primera vez que entré a trabajar a esta empresa, allá por 1997, y de la primera vez que mi jefe me envió a coordinar con el Equipo Proyectos. Te vas urgente a La Atarjea y lo buscas al Ingeniero Cuadros para que te explique en qué va lo de «Los Sureños», me dijo mi jefe y me mandó raudo en su camioneta blanca. Recuerdo que mientras viajaba, miraba el plano de Puente Piedra y me preguntaba qué eran todas esas líneas y esos círculos que cortaban las calles de Puente Piedra como hilos de una telaraña para, dice, dotar de agua potable y alcantarillado a pueblos con nombres tan fantasmales como «Fundo Gallinazos», «Los Sureños» porque, por más que uno venga recién salido de la universidad, recién graduado y todo, esos códigos técnicos no dejaban de ser intimidantes porque una cosa era jugar al ingeniero y otra serlo de verdad. El hecho es que llegué a La Atarjea y de arranqué me retuvieron como media hora en la garita porque aún no tenía mi fotocheck y luego el peloteo de aquí y allá porque no conocía a nadie hasta que alguien se apiadó de mí y me llevó al EPy y ante el Ingeniero Cuadros. Dime, socio, me dijo y me ofreció una silla. Entonces le dije que recién había entrado a trabajara al Equipo Técnico Norte y que necesitaba información de las obras generales de Puente Piedra porque teníamos el documento de un congresista que prácticamente nos amenazaba con desollarnos vivos sino le dábamos los servicios a “sus pobladores” y que por el amor de Dios me ayudara porque era mi primer trabajo y yo no sabía ni dónde estaba parado. Entonces sin conocerme, a diferencia de otros que me negaban información, de entre un fajo de fólderes amarrados, sacó un fólder anaranjado y de ellos, a su vez, sacó unos planos; de esos azules, antiguos, dibujados a mano, y en treinta minutos me enseño la hidráulica que mi profesor de mecánica de fluidos no pudo enseñarme en dos ciclos en la UNI. Y así, explicándome y explicándome; socio por aquí, socio por allá, me hizo sentir como si ya llevara años trabajando en él. Y bueno, ahora, después de casi quince años de conocerlo, estoy frente a la computadora sin saber cómo decirle buena suerte en su nuevo puesto de trabajo; y entonces me acuerdo de Joan Manuel Serrat que decía: “voy tratando de crecer y no de sentar cabeza”; y me acuerdo que cuando leí esa frase, no sé por qué me vino a la cabeza la imagen de un chorro de agua juntándose a otro chorro de agua y a otro y a otro hasta que me imaginé un río y luego el mar. Entonces pienso que la vida es como una sucesión de chorros de agua que se van juntando y juntando; y luego creciendo y creciendo hasta convertirse en un río y luego en el mar. Por fin escribo: «Para el Ingeniero Guillermo Cuadros, que lo mismo que el agua, va tratando de crecer y no de sentar cabeza». Mucha suerte en su nuevo trabajo. Firmado, sus compañeros y amigos de siempre.

lunes, 20 de junio de 2011

Recuerdo que una vez estuve enamorado

I.
Mi amiga dice que tiene un amigo que dice que sus padres, en un pueblito de la sierra, cuando jóvenes, se casaron en un matrimonio arreglado. Dice que una vez su mamá le contó que al principio no entendía porqué la obligaban a vivir con un hombre que no conocía y al que no había elegido y que por eso a la primera que pudo, días después de la boda, se escapó. Y dice que el esposo se dio cuenta de la fuga y que corrió tras ella unos cerros hasta que la alcanzó y le rogó que no lo dejara. Qué van a decir de mí mis amigos, mi familia, se van a reír: mira, lo han abandonado. Entonces dice que la mamá se compadeció de él y pensó que a lo mejor debería quedarse unos días hasta conocer un poco a su esposo porque a lo mejor era un hombre bueno, y si resulta que era un hombre malo, se volvía a escapar. Entonces dice que al día siguiente ella salió a pastar las vacas y que él se fue a la chacra; y que en una de esas la mamá sintió que alguien le tiraba piedritas oculto en el matorral y dice que ella se rió cuando se dio cuenta que el de las piedritas era su esposo y que después se acercó a ella y se pusieron a conversar mirando las chacras, los cerros, las vacas. Entonces dice que conversaron, conversaron, conversaron y que poco a poco lo fue conociendo, conociendo, conociendo y que también poco a poco se fue enamorando, enamorando, enamorando y que ya nunca más se quiso escapar.

II.
Mi amigo dice que cuando vino de Huaraz se fue a vivir a Independencia. Y dice que los primeros días su mamá se la pasó buscando vacante en los colegios del norte de Lima y que nadie lo quería recibir porque hace semanas que habían empezado las clases, hasta que al final el único colegio que lo recibió fue uno que estaba a espaldas de la UNI. Entonces dice que para ganarse la vida su mamá puso un restaurante, ahí cerca, y que mi amigo le ayudaba limpiando, barriendo, atendiendo a la gente y que así fue como conoció a unos universitarios que se volvieron sus caseritos y que por eso le enseñaban matemáticas gratis. Y dice que luego se hicieron amigos y que lo llevaron a estudiar a la academia que tenían dentro de la universidad. Dice que de tanto estudiar, estudiar y estudiar mi amigo se fue transformando en el más chancón y que por eso el Director lo mandó a las olimpiadas de matemáticas representando a su colegio. Entonces sus amigos universitarios le enseñaron más y más matemáticas y que mi amigo aprendió, aprendió y ganó las olimpiadas. Y dice que cuando regresó a su colegio y se enteraron de la noticia, todos los alumnos lo llevaron cargado en hombros por el patio como si fuera un santo en procesión. Dice que él recuerda mucho ese momento porque era como si hubiera sido campeón del mundo, como si todo ese mar de cabezas que lo acompañaban hubieran campeonato con él. Pero dice que se acuerda más de ese día porque en una de esas que miraba por aquí, miraba por allá, en medio del mar de caras que lo acompañaban, vio el rostro de una niña que lo miraba diferente. Y dice que desde ese día pensó mucho en esa chica y que luego averiguó quién era, que la buscó y que fue su enamorada. Y dice que al siguiente año él ingreso a la UNI, le siguió ayudando a su mamá en el restaurante y que cinco años después, cuando terminó la universidad, se casó con aquella chica que lo miraba diferente.

III.
Mi otro amigo dice que una vez su pata lo llamó triste porque su enamorada lo había terminado de nuevo. Y dice que él le dijo que se deje de cojudeces porque mujeres hay como cancha y que ya iba encontrar una que de verdad lo quiera. Entonces dice que su pata le dijo para ir al cine porque no quería estar metido en su casa pensando huevadas. Dice que, como era domingo, las calles estaban vacías así que salieron tranquilos en el carro de su pata y cuando estaban pasando por Universitaria vieron dos chicas buenazas paradas en el paradero de San Germán. Dice que su pata le dijo: vamos a levantarnos a ese par de flacas, huevón, y detuvo el carro, pero dice que las chicas se asustaron tanto que se subieron al primer bus que apareció. Entonces dice que su pata bajó del auto y en el parabrisa posterior que estaba empolvadazo de semanas y semanas que no lavaba su carro por andar pensando en su ex, escribió el número de su celular y se puso a perseguir al autobús para que las flacas anotaran el número. Dice que desde San Germán las persiguieron hasta José Granda y que todo el mundo los miraba como si fueran dos borrachos locos en carrera hasta que el autobús dobló por la avenida y se perdió. Y dice que a la media hora una de las flacas llamó al celular y le dijo: oye, qué diablos te pasa, por qué nos persigues si no te conocemos. Entonces dice que su pata le dijo a la flaca que él sí la conocía de un sueño que una vez tuvo de chiquito y que a ella eso no le causó gracia y ahí nomás le colgó. Pero dice que por la noche, ya después del cine y todo eso, su pata la llamó a la flaca y le dijo que le disculpara si se habían asustado, que él no acostumbraba hacer esas locuras, pero que lo había hecho porque ella era muy guapa y que si no hubiera hecho lo que hizo ella nunca hubiera sabido de su existencia. Dice que le invitó a salir para que se conozcan, pero que la flaca no atracó. Entonces dice que su pata, hablando y hablando, le hizo reír y reír hasta que la flaca aceptó; y que a los tres días se encontraron. Y dice que en el encuentro la llevó a cenar y otra vez la hizo reír, reír y reír y que al final de todo, se la chapó.

sábado, 11 de junio de 2011

Realidad

I. Hace días que no quiero saber nada de mi país. La realidad me provoca arcadas. No veo los noticieros, no leo los periódicos, no escucho la radio. He usado ese tiempo para leer parte de los libros que esperaban por mí en el cajón de pendientes. Murakami, Adaui, Thays. Mil historias que sacan de mi esquina, mil historias que me hacen vagar por el mundo, mil historias que suceden lejos del Perú. Y he batido mi propio record: tres libros en de cinco días: la ficción vale tres veces más que la realidad.

II. No puedo escapar del trabajo (de algo tengo que vivir). Los documentos siguen llegando a mi escritorio. Se acumulan, se agravan, se multiplican como conejos. ¡URGENTE! reclama uno que lleva un sello anaranjado en una esquina y, abajo, la firma de mi jefe ordenando: Ulises, “su atención”. Lo leo. Un Congresista traslada el reclamo de unos pobladores que no tiene agua potable en sus casas. Lo de siempre. Nos recrimina, nos interroga, nos pide cuentas. Miro la hora. Yo, en cambio, pido cuentos.

III. La empresa en que trabajo cumple 49 años. No es poca cosa. El presidente del Directorio nos ha citado en las afueras del edificio principal para la ceremonia. 500 empleados frente a la bandera, frente al edificio largo como un contenedor de vidrio negro, frente a una laguna artificial con patos nadando. Cantamos el himno nacional, izamos la bandera. El discurso de ley. Miro los patos. Surcan el espejo de agua como pequeños barcos elegantes. En fila. Lentos, calmos, tiernos. Hace mucho que no nado, pienso. Recuerdo el último cuento que un amigo llevó al taller de narrativa. Escribir, decía un personaje, es como respirar mientras se nada. Metemos la cabeza bajo el agua; braceamos, braceamos, braceamos y cuando se nos acaba el aire sacamos la cabeza para respirar. Hace meses que no nado. Hace semanas que no escribo. Hace días que necesito respirar.

viernes, 27 de mayo de 2011

Billete roto

Siguiente, por favor, grita la cajera y S camina a la ventanilla. Se saludan. ¿En qué lo puedo ayudar?, pregunta ella. Cóbrese la deuda de soles y dólares de ésta boleta, responde S y le acerca el estado de cuenta de su tarjeta de crédito. La mujer digita el teclado y revisa el sistema con la mirada clavada al monitor mientras S le entrega 360 dólares y le aclara que los soles los descargue de la cuenta de ahorros. La mujer comprueba los datos, teclea de nuevo y toma los billetes. Los pone a contra luz, los estira, los somete a un baño ultravioleta, mientras S la observa con atención. El oficio de cajera le recuerda a M y se pregunta qué será de ella ahora que está casada y con hijos. Este billete está roto, dice la cajera e interrumpe sus pensamientos. ¿Cómo que está roto?, retruca S. La cajera le muestra una rajadura en la esquina derecha. Eso no es una rotura, es una arruga, dice S con seriedad, no está dispuesto a aceptar los 100 dólares de regreso. No podemos recibir un billete así, señor, responde la cajera sin desviar la mirada. Discuten. Que sí está roto, que no está roto. Nadie cede hasta que S se da por vencido y recibe el billete de mala gana, refunfuñando que no sirve para discutir con una mujer. Entonces tome el cambio de mi cuenta y complete la deuda, dice mientras piensa en el lío que le va a armar al tipo que le vendió los dólares en la calle. La mujer termina la transacción, mata los bauchers con un sello y se los entrega. ¿Algo más?, pregunta con una sonrisa forzada. S los revisa: el pago de la deuda en soles, la deuda en dólares, el saldo de la cuenta. Nada más, responde y abandona la ventanilla. Camina lento y verifica los números otra vez. Resta, suma, resta. Nota que el saldo final no es el correcto y que la cajera ha olvidado deducir el pago de la deuda en soles. S piensa en regresar a la ventanilla y advertir del error, pero decide caminar en dirección a la salida. Que se joda por malcriada, piensa celebrando la idea de ahorrarse 420 soles. Pero luego recuerda de nuevo a M y la manera como ella lo llamaba por teléfono para sufrir cada vez que no le cuadraba la caja. Se detiene. Piensa en las varias veces que la acompañó a casa del cliente para rogar por el dinero no descontado porque de lo contrario era ella quien debía deducirlo de su sueldo. Se compadece. Regresa a la ventanilla. Un momentito por favor, dice la cajera imaginando que S viene a reclamar algo más. S espera un par de minutos. Todavía con esas, piensa. Espera hasta que la cajera lo llama. S explica el error, pero lo hace tan mal que la cajera no entiende el reclamo. No, señor no hay ningún error. Revise bien, responde S, no quiero que luego tenga problemas. La cajera vuelve a analizar la transacción y repara en el error. Se pone roja. Se toma el rostro con las dos manos. ¡Uy! Qué tonta soy. Sonríe. ¡Uy qué tonta!, vuelve a decir. S sonríe. Muchas gracias, señor, muchas gracias por regresar, agrega aún incrédula con el gesto de S. No hay problema, responde S todavía sonriendo, pensando en lo orgullosa que estaría M de él si viera la escena u oyera la historia, pensando en los mimos, los besos, las noches que ella le daría en recompensa. Pero M está casada y con hijos, pero M ya no está más.

viernes, 13 de mayo de 2011

Yesterday

Qué locura, Loco, te juro que nunca había visto el Monumental con tanta, pero tanta gente. Creo que ni en el Perú-Brasil de las eliminatorias 2008 había tantas personas coreando juntas un nombre, auque, pensándolo bien, mi analogía esta fuera de lugar, ¿no?: el fútbol y la música no tienen nada, absolutamente nada en común; 45,000 almas gritando por un tipo que corre detrás de un balón es un desperdicio, mientras que 45,000 almas gritando delante de un tipo con una guitarra y un micrófono es un milagro. Mira nada más esto, mira como todos cantamos: “you say good bye, I say hello, hello, hello” sin saber nada de inglés. Es que la música, Loco, no tiene idioma y no interesa que esté en arameo, chino o en wajeje; la música es buena o mala, simplemente, y si es buena la tararearemos hasta en la combi. Claro, tú dirás que Mc Cartney no es precisamente el mejor músico del mundo, o como me dijo Ivan Thays, había que estar en este concierto sólo para estar lo más cerca posible del hombre que más cerca estuvo de Jhon Lennon; porque, hay que ser honestos, Lennon era Lennon, Harrison era Harrison y Ringo es Ringo; pero bueno, un beatle es un beatle pues, Loco, y había que hipotecar medio sueldo para ver a un beatle en el Perú.

Pero debiste traer al Adrián, Loco. Para que vea, para que sienta toda esta magia, toda esta energía musical, esta locura colectiva que pocas veces se siente en un estadio tan gigante como este, tan lleno de voces y luces; porque yo creo que el gusto por la música se induce a los hijos y se aprende de los padres o de los que hacen la veces de padres. Yo, por ejemplo, recuerdo bien a mi viejo regodeándose con los boleros de Lucho Barrios, con los waynos de Acomayo, La Estudiantina Andina; había que ver cómo le cambiaba la cara, como se ponía al oír a Javier Solís y hasta gritaba: “llévatela” recordando sabe dios qué amores. Mi viejo era un melómano, Loco, y mi tío Máximo, que también fue como un padre para mí, también lo era. Yo recuerdo a mi tío cantando tangos, boleros, waynos a voz en cuello mientras manejaba su camión y yo adentro, a su lado, viajando con él, viéndolo gigante, hecho mi héroe. Por eso a veces saco a pasear a mi sobrino Oscar que es lo más parecido que tengo a un hijo y lo siento a mi lado mientras conduzco el Elefante Gris y le hago escuchar algo de mi música para ver si algún día él me recuerda como yo recuerdo a mi papá y mi tío Máximo.

Pucha, Loco, ya me puse medio down. No sólo con esos recuerdos, sino con sólo ver a Paul que se sienta al piano y empieza a tocar Eleanor Rigby. Qué melodía más hermosa Qué letras. Qué perfección. Debe ser de las mejores canciones de Paul. Aunque que creo que Mull of Kintyne, es mejor. Aunque hay otras canciones que me traen más recuerdos, de la gente, de los patas de la UNI. A Mario y sus doscientos mil casetes de The Beatles, a Thomas que en la época que estudiábamos y no había ni para el té, pero había para los casetes piratas que nos prestábamos y para las cervezas que nos tomábamos tocando la guitarra y cantando Hey Jude, Yesterday, Somethimg, aunque esta última sea de Harrison, pero un beatle es u beatle, pues Loco.

Pero No more lonely nights, esa sí que me trae malos recuerdos. Y esos sí que son por tu culpa, Loco, por tu culpa, porque fue por tu culpa que yo, allá por el 90, me volví a mandar a A porque tú me dijiste que ella había hablado contigo y que se había dado cuenta de que yo era un buen tipo y que me mande de nuevo nomás y que esta vez si me iba a atracar, y yo como un huevón me volví a mandar, y A, con es vocesita, con esa buena educación que tenía, volvió a decirme que no. Oye, pero el Loco me dijo que ya había hablado contigo, le insistí, y A igualito me choteó. Claro, ahora tú te matas de risa, pero en esos días, Loco, en esos días yo andaba recontra herido; no solo por el no de A, sino por otro tipo de no, el no de S que justo por esos días, una noche, se cruzó conmigo en la facultad de civiles y me pidió que la acompañara a la Parábola, ese edificio en forma de X que había por el Laboratorio de Suelos. Qué raro, pensé yo, qué puede haber ahí a estas horas de la noche y bueno pues la acompañé porque un caballero acompaña a una dama y cuando entramos a la rampa de los camiones, en el primer rincón oscuro que había me pegó contra la pared y me abrazó. Entonces yo, con esa rara mezcla de tontería y sensatez, tuve que explicarle que por alguna estúpida razón yo todavía estaba esperando el sí de A y ahí quedó la cosa. Claro, te lo cuento recién ahora porque ahora da risa, pero en esos años Locos, ustedes me hubieran matado por estúpido, porque en aquellos años decirle no a una propuesta de amor era decirle no al mismísimo Dios. Pero, ¿sabes por qué No more lonely nights me recuerda todo eso? Pues porque a los pocos días dela brazo me volví a encontrar con S y me regaló un casete de Paul Mc Cartney y me dijo: ésta canción te la dedico y me señaló No more lonely nights; y listo, nunca más apareció.

Te pasaste, Loco, te pasaste. Pero, te perdono; te perdono porque tú eres mi pata, Loco, y porque estas canciones me traen recuerdos y porque con los años uno termina dándoles a ellos un valor cada vez más y más grande; y porque con los años uno comienza a quedarse con menos amigos, y eso me parece una pendejada de la vida, Loco, porque es justo con los años que uno necesita más de los amigos. Yesterday, Loco, Yesterday.

lunes, 25 de abril de 2011

Fotos de boda

Uno. Mi amigo Valery se casa. A las 4:50 entro a la iglesia con el paso acelerado, imaginando que el lugar está lleno y que llegaré imperdonablemente tarde. Entro: el lugar esta semivacío. El púlpito desierto, gente desconocida sentada en las bancas y un coro de niños sin uniforme ensayando a un costado. Miro otra vez el parte de invitación y compruebo que no me he equivocado, que estoy en el lugar y hora señalados. Sonrío: de nuevo he caído en la trampa de la cita adelantada. No importa, digo para mí. Los cronistas y los chismosos siempre llegan antes.

Dos. Me ubico en el extremo de la última fila para ser un desconocido más. Como si los relojes limeños marcaran en otra escala de tiempo y que 5:00 pm en realidad quiere decir 5:30, el lugar se va llenando poco a poco. Los invitados ocupan las bancas, el coro de niños sede su lugar a un coro de verdad, las beatas terminan de alistar el púlpito. Miro alrededor. Reconozco un par de caras entre los invitados, gente de la UNI a la que no veía hace años, los saludo a la distancia. Miro el reloj: 5:20. El novio aparece en la puerta vestido de frac. Escanea el lugar y saluda a quienes tiene a la vista. No me ve. Camina hacia el altar acompañado de su madre y se detiene. Da vuelta. Me ve. Saluda. Oe, ¿y cómo es?, le respondo con las manos. Sonríe. Posa para el fotógrafo y la videocámara, mira otra vez el lugar, saluda al resto. Vuelve al altar. Mira al frente, arriba, al costado. Ahora el tiempo limeño parece estirarse. Un segundo parece un minuto; un minuto, una hora; diez minutos, una eternidad; hasta que la novia aparece deslumbrando en la puerta. El novio suspira de alivio y sonríe. La novia lo mira como diciendo: ¿Viste que valió la pena esperar?

Tres. El cura inicia la ceremonia. Pide que por favor todos apaguen los celulares. Dice que es de mala educación interrumpir un rito sagrado en la casa de Dios y que no quiere llamar la atención a nadie delante de los demás. Saco el mío y lo pongo en vibrador. El resto hace lo propio. Comienza con el padre nuestro y sigue con la parábola del pan y los peces hasta que la estridencia de un ringtone de Coldplay lo interrumpe. El culpable lucha por ubicar el celular en sus pantalones y sale huyendo antes de que lo desollen vivo. El cura pregunta si todos somos invitados. A veces hay gente que se cuela, dice y un coro de risas llena todo el lugar.

Cuatro. La ceremonia continúa. Un niño enternado deambula entre las bancas como un ratón. Ríe, corre, bulle. El cura ahora habla sobre el control de la natalidad y el pecado de los condones. Parece no reparar en el niño, pero la madre se muere de vergüenza. Llama al niño, le ruega que venga, éste no obedece y, como burlándose del pecado de los condones, continúa jugando al gato y al ratón. La madre le ofrece una moneda, el niño no hace caso. Alguien le alcanza un caramelo a la madre y se la ofrece al niño. El niño se acerca corriendo y la madre lo atrapa. A veces, un caramelo puede más que una moneda.

Cinco. El cura ahora habla de una parábola más contemporánea. Cuenta la historia de un tipo que dice que una vez entró a una joyería para vender un brillante, pero queriendo conservar el oro del anillo; y que dice que el joyero le dijo que eso era imposible porque un anillo sin brillante perdería valor, lo mismo que perdería valor un brillante sin anillo; y que por eso, mi amigo Valery sin su ahora esposa Paola, era lo mismo que ella sin su ahora esposo y que por eso el matrimonio era indivisible. ¿Entienden?, pregunta el cura. Sí, respondemos todos. Ahora sí, pueden chapar, le dice a los novios. Reímos. Valery y Paola se besan y un coro de aplausos inunda todo el lugar. El matrimonio es una ciencia que nadie estudia, repito para mí.

sábado, 9 de abril de 2011

Human

¿Que qué hago hablando solo? Bueno, qué quieres también pues, flaquita: más de dos horas esperando a que The Human League salga por fin al escenario, y con tres chelas dentro de mí, cualquiera termina medio ebrio y hablando solo, ¿no? Pero, bueno, Human League es Human League, pues, y uno lo espera con paciencia, con ansiedad porque sabe lo que es esa música, porque sabe lo que vale esa banda y porque seguramente va a ser la única vez que uno lo verá en su vida. ¿Que qué hago con estas llaves en la mano? Bueno, flaca, es que apenas entré al concierto me vine aquí, al lado de la consola, como polilla que vuela a una vela, para mirar o mejor dicho para admirar al ingeniero de sonido y ver cómo maneja esas computadoras, esos controles, esas luces; para ver cómo este compadre gobierna el escenario y hace que la banda suene como está sonando; y bueno pues, en una de esas que miro al suelo, me encuentro estas llaves. No me encontré una billetera, un cheque, unas monedas, no; soy tan piña que yo me encuentro llaves, ves; y bueno la tengo colgada en la mano por si alguien la ve y las reclama porque imagino lo jodido que debe ser querer abrir dos puertas sin estas dos llaves y a las tres de la mañana, porque esto, mínimo, terminará a las tres. Y ni para pedirle al ingeniero de sonido que pregunte por los altoparlantes de quién son estas llaves. ¿Imaginas que Philip Oakey deje de cantar para decir: ¿has anybody lost these keys? ¿Te imaginas? ¿Y te imaginas que una de estas 3000 almas que nos rodean, uno de estos 3000 locos que se visten de negro como si aún siguiéramos en los ochentas diga: yo, yo, yo y suba corriendo al escenario? Bueno, tuyos no son porque yo te vi desde que llegaste. Y vi cómo saltaste de emoción cuando Okey apareció vestido como un monje de loco, de negro, con la cabeza cubierta por una capucha y luego las coristas, también de negro, se acomodaron a sus extremos y empezaron a cantar “Never let me go”; y luego vi como, a medio “Open your heart”, discutiste con tu enamorado, vacilón, amigo cariñoso o lo que sea eso que tienes a tu lado y que desde hace rato está que quiere abrazarte, besarte y tú no lo dejas. Eso es lo que pasa pues, flaca, cuando vienes con alguien que no le gusta esta música, porque se nota que a ese compadre no le gusta nadita el new wave y que está aquí porque tú lo obligaste. Pobre. Mira nada más cómo está de tieso, como si “The Lebanon” le sonara a nada, a silencio, a bostezo. Mira en cambio al resto, mira como se sacuden, gritan, cantando “Don’t you want me”. Mira tú, mira como tiras tus cabellos al aire para gritar: don´t you want me, baby; don´t you want me, oooh. Mira cómo se pone tu carita, tus hoyitos, tu boquita. Se nota, pues, se nota que te gusta esta música. Se notó en cómo bailaste, en cómo cantaste, en cómo alzaste las manos y gritaste ¡uuuuh! al final de “Mirror man”, “Heart like a wheel”, “Love Action”. Y se notó que “Human” te recordó a alguien, a tu ex, o al firme; digo, porque apenas empezó a sonar esa canción, dejaste de sacudir el cuerpo, metiste las manos a los bolsillos; y moviste los pies como quien baila una balada y volviste a empujar al idiota ese que otra vez intentó abrazarte; digo, porque luego encendiste un cigarrillo, diste una calada profunda y, como quien expulsa un suspiro, un mal recuerdo, lanzaste un largo chorro de humo al techo. Y hasta me dieron ganas de sacarte a baliar porque esa canción a mí también me recuerda a alguien, ves. ¿A quién? …Una flaca, pues, una flaca, una que se parece a ti, ves. Una flaca que ojala estuviera aquí para ver si así dejo de lucubrar, mientras el soquete que tienes a tu lado te abraza por detrás y tú por fin cedes, mientras el cabro ese te susurra algo al oído y empieza a besarte. Mientras nadie viene por estas llaves, mientras bebo el último sorbo de mi cerveza y me pregunto dónde, en qué brazos andará en este momento la flaca de la que te hablo. Mientras acaba el concierto, mientras The Human League se despide del escenario, mientras estas 3000 almas vestidas de negro aplauden poseídas por la emoción.