
Un bus del Expreso Chancas me deja en un paraje habitado por un par de casas de adobe y techo de tejas, en las alturas de Curahuasi, Abancay. El sol cae vertical, solo unas pocas nubes en el cielo, y en frente, alto e inmenso, el nevado Salkantay muestra su sonrisa blanca de 6271 msnm. Estoy en la repartición a Cachora: a un lado el asfalto de la carretera Cuzco-Abancay, y al otro, una vía carrozable de tierra. Un tipo, apoyado en un taxi blanco, con mi nombre escrito en un cartón, me hacen señas. Me acerco. «¿Señor Ulises?», pregunta. Sí, respondo. «Hace más de una hora que lo esperaba», replica.



En Raqaypata, campamento al pie de Choquequirao, es de noche. Augusto, el arriero, cocinero y guía, me avisa que la cena ya esta lista. Entro a la choza de Elizabeth, la dueña del campamento. La mesa de palos cubierta por una manta roja y rayas negras; los poyos de barro a manera de bancas, el techo de paja, el fogón trepidando en una esquina, la ventana minúscula para tanta pared, el humo inundando la habitación. Elizabeth me llama. «Ven, me dice, mira esas luces en Choquequirao». Me acerco. Veo luces en la loma, como gente que camina por ahí. «A veces huaquean de noche, por eso las almas penan», agrega con un tono de terror para asustarme. Sonrió. Me acuerdo de mi abuelo. En ambientes como ese, me contaba historias de terror; yo me quedaba muerto de miedo durante el resto de la noche, imaginando como sería mi encuentro con aquellas almas en pena: quizás ahí empezó mi adicción por los cuentos.

Hace días que quiero hacerle unas preguntas a la francesa, es la única que habla algo de español. Por fin me animo. Me acerco. Esta viendo la nada en la loma de Chiquiscca. Qué significa esto, le digo, mostrándole, en la pantalla del reproductor mp3, el titulo de la canción que tengo en stand by: «Indochine - Bienvenue chez les nus suene». Ríe. «Bienvenidos a la tierra de los sin ropa», traduce. Le explico que es una canción escrita en los ochentas, que habla del Perú y le pido que me ayude a traducirla. Acepta. Se lleva los audífonos a los oídos. «El camino todavía será largo hasta la luna / Los indígenas lo habían predicho debajo de las nubes de niebla / La nariz en el polvo de las barricadas / Bajo la protección policial, quand la liberté…», me dicta. Al final se esfuerza en explicarme que el titulo, según ella, quiere decir bienvenido a la ciudad de los «sinceros», los «sin ropa», insiste, que no se refiere a los andrajosos. Le cuento que Indochine vino a Lima en los ochentas, cuando Lima era un polvorín, que tocaron en el Amauta, en medio de apagones y que lo hicieron porque el único país en que sonaron, después de Francia, era el Perú. «Aquí todo suena bien», dice.
En Pisac, espero el autobús que me llevará de regreso a Cuzco. La gente se arremolina con sus equipajes a la espera del primer bus que se detenga. Una japonesa, consulta su diccionario y se acerca a un vendedor ambulante. «¿Bus, Cuzco?» alcanza a decir. «Sí, sí» responde el ambulante, «Espera ahí». Observo que está sola, se le nota preocupada. Me imagino en su lugar: mujer, sola, lejos de casa, con un idioma ajeno, sin letreros en iconografías japonesas; con las malas noticias peruanas que a veces circulan por el mundo, cualquiera estaría aterrada. Sin embargo, ahí está ella, parada, esperando el bus. Por fin llega uno. Todos se agolpan para intentar subir. Solo queda espacio para ir de pie. Yo subo. Prefiero viajar parado que esperar más. La japonesa duda en subir, al final desiste. El bus se llena cada vez más. Tres alemanas suben desoyendo el consejo de sus amigas. Adentro, celebran el viajar apretujadas. Se toman fotos unas a otras, le piden a una jovencita que les tome otra a ellas. La gente ríe con sus gestos.
Es sábado por la noche. Las afueras de la catedral del Cuzco esta llena de castillos con fuegos artificiales. Es la novena del Señor de Los Temblores. Cuento hasta dieciocho castillos. Uno a uno, aparecen en escena como actores de teatro delante del público abarrotado en la plaza de armas. Describen luces circulares, colores vivos, encienden de destellos la oscuridad de la noche. Detrás de ellos hay todo un equipo de producción que enciende mechas, estira cuerdas, grita órdenes. Una chispa de más, una mecha no encendida a tiempo, y el castillo será un fracaso. Solo cuando todo sale bien y el público aplaude, los «detrás de escena», celebran: una novena sin fuegos artificiales no es novena.
En cualquier calle del Cuzco uno se cruza con extranjeros. Es la ciudad más cosmopolita del Perú. Recuerdo el ultimo libro que leí: «Magallanes, la aventura más audaz de la humanidad» (Stefan Zweig). Colón, con tres calaveras, tardó 36 días en llegar de España a América; Magallanes tardó tres años en culminar el viaje alrededor del mundo, salieron 265 marineros en cinco cúteres, regresaron 18 en un solo cúter: el Victoria. Comparado con el viaje de Colón, Magallanes realizó, de lejos, la mayor proeza humana de entonces. ¿Qué temple lo llevó a aventurarse por mares jamás navegados por hombre alguno? ¿Qué obstinación, qué convicción en el objetivo lo llevó a no regresar nunca? El matrimonio de franceses, los británicos voluntarios, la japonesa de Pisac, las alemanas del bus, todos llevamos algo de Magallanes: las ganas de aventurarse en los mundos que existen más allá del nuestro.