x
A mí me gustaban los camiones. Del tamaño de un zapato, mis camiones de plástico solían recorrer las serpenteantes carreteras, a escala, que yo y mis amigos construíamos en los pequeños acantilados del estadio de Colcabamba. Descendían alturas, cruzaban puentes, sorteaban badenes y llegaban a su destino con el chasis dañado y las ruedas engomadas de barro, pero con la carga intacta: como los camiones de verdad. Había un deleite en ello. Decidir el trazo, escarbar la tierra, estrenar el recorrido. Toda una mañana, toda una tarde, toda una niñez. Pero el mejor regalo era subirme al camión de mi padre. Viajar a su lado, verlo dominar aquella maquina indescifrable que rugía sus motores según sus órdenes para vencer las punas que separaban a Colcabamba del resto del mundo, era como acompañar a Neil Armstrong en el primer viaje a la Luna. Con él, a los cinco años, conocí Ayacucho, Huancavelica y Huancayo. Con él avancé al lado de los meandros del valle del Mantaro, atravesé Los Andes y en la Costa Verde vi el mar por primera vez en mi vida. Así como los marineros le ponen nombres a sus barcos, los colcabambinos le ponían nombres a su camiones. El de mi padre se llamaba (con toda justicia) «Rico Papá».
Franklin quiere ropa, dice mi amiga por el celular. Talla 14, como para un niño de 10 años. O si prefieres un par de zapatillas. Me interno en las tiendas del Megaplaza con la idea de que en una media hora puedo encontrar algún regalo. Saga, Ripley, Topy Top. Al cabo de dos horas aún no sé qué regalar. Llamó a mis amigas que son madres y les pido consejos. Un polo y una camisa, me dice una; unos pantalones, me dice otra; zapatillas, no porque uno nunca sabe con las medidas, me aconseja la última. Subo a la tienda de juguetes sólo por curiosidad. Para mi sorpresa no hay camiones. A lo más naves que disparan luces de colores, camionetas que surcan dunas fantasmas, automóviles que se transforma en robots.
Franklin quiere ropa, dice mi amiga por el celular. Talla 14, como para un niño de 10 años. O si prefieres un par de zapatillas. Me interno en las tiendas del Megaplaza con la idea de que en una media hora puedo encontrar algún regalo. Saga, Ripley, Topy Top. Al cabo de dos horas aún no sé qué regalar. Llamó a mis amigas que son madres y les pido consejos. Un polo y una camisa, me dice una; unos pantalones, me dice otra; zapatillas, no porque uno nunca sabe con las medidas, me aconseja la última. Subo a la tienda de juguetes sólo por curiosidad. Para mi sorpresa no hay camiones. A lo más naves que disparan luces de colores, camionetas que surcan dunas fantasmas, automóviles que se transforma en robots.
Regreso al Topy Top y me decido por un polo y una camisa. Confío en que los colores y modelos serán de su agrado. Compro una bolsa de regalo y le escribo a Franklin una nota. Le digo que a pesar de que no nos conocemos le envío este regalo con mucho cariño y que espero que siga estudiando porque sólo estudiando se puede salir adelante. Yo hubiera preferido un camión.