sábado, 18 de abril de 2015

I
El fin de ciclo en la UNI del ochenta y nueve coincidió con la cosecha de maíz en Colcabamba. Entonces viajé hasta allá y en las semanas de vacaciones ayudé a los taytas y las mamas que ayudaban en las labores a mi madre y mi abuelo. Corté chala, despancé pancas, desgrané mazorcas. Cargué mis quipes, arrié las mulas, armé los tendales. Asoleé los granos, apilé las cargas, almacené los sacos. Pero sobre todo hice geología. A mitad del corte de chala, a mitad del arreo de las mulas, me detenía a observar las piedras que se cruzaban en mi camino y las clasificaba como me había enseñado el ingeniero Palacios en las aulas de Ambientales y los laboratorios de Minas. Ígneas, sedimentarias, metamórficas. Andesita, gabro, calcopirita; esquisto, pizarra, filita; arcilla, travertino, limonita. Observaba las salientes rocosas, los amarus, los cerros y describía sus buzamientos, estructuras, estratigrafías: batolitos, lacolitos, plutones. Ima rarutacc wawayky, mama Satu, le decían las mamas a mi madre. Qué raro es tu hijo. Anda agarrando, mirando piedras nomás.

II

Mi madre ha regresado a Lima después de la semana santa. Me cuenta cómo ha estado la fiesta, cuanta gente ha habido, con quiénes ha conversado en Colcabamba. Me he encontrado con mama Nicolasa, me dice. Me ha preguntado por ti. ¿Quién mama Nicolasa?, digo yo. La que vendía cuchicanca en la plaza, pues. La que nos ayudaba en la cosecha de maíz. La describe. Está viejita, su trenza todo blanco, bajita, con las justas puede caminar. Ah, digo yo fingiendo recordarla. ¿Maypitacc wawayky? ¿Qué es de tu hijo?, me ha preguntado. ¿Cuál hijo? Ese que te ayudaba en la cosecha, ese que paraba recogiendo piedras nomás. Ah, él vive en Lima, dice mi madre. ¿Y qué hace? Es escritor. ¿Escritor? ¿Qué es eso? Escribe pues, cuenta la vida de los otros. Puede escribir tu vida. Puede escribir que vendías cuchicanca. No creo, dice mama Nicolasa y a mí, en la cabeza, me empieza a dar vueltas la imagen de una mama que vende cuchicanca en la esquina de la bajada de Laborpampa. Sentada en cuchillas, con las manos cruzadas descansando sobre las rodillas, hablando quechua-español, me empieza a narrar su historia.

miércoles, 8 de abril de 2015

Noche de ronda

Me he quedado a trabajar dos horas más de las cinco. A diferencia de la hora oficial de salida en que los autos y buses de empleados se acumulan ante la garita de control en una larga fila, impacientes de partir, esta vez soy el único que aguarda la autorización de salida. El vigilante repite la robótica tarea de abrir la maletera, echar un vistazo dentro y verificar que no estoy llevando conmigo algún activo de la Empresa. Pero esta vez no camina hasta la garita, ni ordena levantar la tranquera para dejarme salir, sino que bordea el Elefante Gris por el lado del conductor y aparece frente a mí con la gorra levantada. Perdone que lo moleste, ingeniero, me dice sujetando el tablero de registros de entrada y salida como quien sujeta un arma de disuasión. No hay problema, digo yo pensando que, seguramente, va a pedirme el registro de la laptop que traigo conmigo y me adelanto a pensar en alguna excusa por no haberlo registrado. No está apurado, ¿no?, pregunta antes de que yo pueda decir algo. No, no digo esperando el pedido. Es que tengo que contarle algo, responde luego de unos segundos. Sí, dime, continúo, sorprendido con la extraña respuesta. Verá, ingeniero, me dice acomodándose la gorra; a veces a nosotros aquí nos toca hacer turno de noche. Y hacemos guardia. Y nos pasamos toda la madrugada metidos aquí y en el edifico central, sin dormir. Sí, lo imagino, digo yo sin entender a qué viene aquella introducción. Y bueno, antes de cada noche, cuando todos los empleados se han ido, nosotros tenemos que revisar las oficinas, los escritorios, las gavetas. Usted sabe: revisar que todo esté bien cerrado y asegurado para que no se pierda nada y nadie reclame nada. Sí, claro, continúo yo sin entender a dónde quiere ir. Y bueno, yo he revisado sus cosas, ingeniero, suelta la frase como quien está a punto de revelar una noticia bomba. Yo suelto un largo “aaaah”, sorprendido por la confesión y revisando mentalmente, velozmente, mis cosas, pensando en qué podría haber de comprometedor en mi escritorio y mis gavetas que mereciera todo aquel rodeo. Usted es escritor, ¿no?, ingeniero, dice luego. Sí, digo yo. Lo que pasa es que una noche, hace meses, usted no cerró su gaveta y ahí encontré uno de los libros que usted ha escrito. The Cure en Huancayo. Y me lo llevé al hall, ingeniero, a la garita y me lo leí toda la noche. Perdone usted. ¡No, que ocurrencia!, digo yo con los ojos humedecidos, con el corazón en la boca, como se me humedecen los ojos y se me sale el corazón cada vez que algo me conmueve. A lo mejor usted dirá: estos vigilantes no leen. Qué van a saber de libros estos vigilantes. Me ha hecho llorar, ingeniero. Y me ha hecho reír también. Y yo solo quería agradecerle, ingeniero. Y decirle que el libro lo devolví y lo deje igualito, en el mismo lugar en que lo encontré.
Entonces llego a casa, busco un ejemplar de The Cure en Huancayo y, con el corazón todavía saltando, escribo la dedicatoria más justa y emotiva que he escrito para regalarla al día siguiente: “Para Wilson, compañero de trabajo y lector furtivo de estas historias”.

miércoles, 11 de febrero de 2015

El álamo

En Colcabamba al agave americano le llamamos álamo. Primo hermano del agave tequilano (aquella planta a partir del cual los mexicanos destilan el tequila), también el álamo crece en lugares secos y calurosos abriendo sus hojas verde azuladas, largas y  puntiagudas como espadas, en dirección al cielo. Como el tequila, también el álamo guarda en su piña una savia azucarada que se fermenta y convierte en alcohol, también le toma más de diez años en crecer y también florece una sola vez en la vida y muere a continuación. Sí, al final de sus días, después de los días dulces, desde el corazón del tallo, al álamo le brota un tronco delgado que parece elevarse sinuoso hacia el cielo hasta alcanzar unos diez metros y entonces, en los extremos de su último esfuerzo le brotan unas flores amarillas largas y menudas como chispas al sol. Luego se seca y muere. Quizá por eso suelen ser solitarios. Y quizá por eso prefieren vivir detrás de los cercos de piedra, a la vera de los caminos. Y quizá por eso, aún en tiempos del whastsapp, los amantes utilizan sus hojas para grabar un último mensaje de amor.
Mensajes de adiós grabados en hojas de álamo, al borde de la carretera a Tocas. En Colcabamba, Huancavelica.






lunes, 9 de febrero de 2015

El tio loco

Desde el fondo izquierdo del auditorio, el hombre me miraba con inquietante atención. Cabello crecido, ondeado y cano; rostro adusto, su cabeza destacaba entre la de los estudiantes, asintiendo con autoridad cada vez que yo contaba algo de Colcabamba, de Huancayo o revelaba algún detalle de los recuerdos que me llevaron a escribir “Ojos de pez abisal”. Su atención se acentuó aún más cuando el conversatorio culminó y algunos asistentes se acercaron hasta mí para firmarles sus ejemplares o hablar conmigo; desde su lugar en la fila y durante los minutos que tomó en llegar su turno, su impaciencia se hacía más evidente al punto que también yo me inquieté. Igualito a tu padre, me dijo cuando por fin estuvimos frente a frente y se quedó observándome con un largo silencio. Seguramente, respondí yo rebuscando su inubicable rostro en los rincones de mi memoria mientras correspondía su apretón de manos. Leí la noticia del conversatorio en el periódico y vi tu fotografía, me dijo luego; y claro, yo al toque dije: este el hijo del “Siete”, igualito a su papá. Qué bien, dije yo sin tener la menor idea de con quién estaba hablando. Soy tu tío loco, agregó adivinando mi turbación y a ahí mismo se me aguaron los ojos.
Cada vez que mis hermanos mayores hablaban del primer libro que habían leído, mencionaban al tío loco. Cuando mis padres vivían en Campo Armiño, Huancavelica, y mis hermanos estudiaban allá la primaria, el tío loco llegaba a casa con un libro para mi hermano Jaime y otro para mi hermana Sonia y se los dejaba a leer. Pero más que por el placer de la lectura, El Caballero Carmelo, Paco Yunque, Los Ríos Profundos, se quedaron en la memoria de mis hermanos por el interrogatorio que luego debían responder cuando el tío loco, al siguiente mes, regresaba a preguntar el resumen de la historia, el perfil de los personajes, las razones del conflicto; un libro tras otro, mes a mes, leídos por obligación con la anuencia de mis padres, hasta que el tío loco se casó y desapareció del mapa del Perú como en las novelas. Así descubrieron mis hermanos mayores la literatura. Yo, no; yo era un niño entonces, uno que apenas caminaba y no sabía leer.
Y era increíble: frente a mí estaba aquel hombre de quien yo no tenía ningún recuerdo físico y al que tan sólo conocía de odias; y ahí estaba yo con los ojos aguados de tan sólo recordar que aquel era el hombre de quien mis hermanos hablaban con cariño cada vez que hablaban del amor a los libros. Y ahí estaba yo abrazándolo como si también yo hubiera crecido con él, como si  también yo hubiera sido un lector obligado, como si también yo hubiera asistido a uno de sus “talleres”…
¡Gracias por el conversatorio, amigos de la Universidad Continental! A Kati Retamoso por la grandiosa organización; a Jorge Salcedo, Giannina Sovero y Sabino Blancas por sus generosas palabras para con “Ojos de Pez abisal” y por acompañarme en la mesa. Gracias a los amigos de la revista Crónika e Incontrastable. A los estudiantes, a los asistentes. A todos por regalarme una noche inolvidable. Y gracias a mi tío loco: solo los locos reaparecen así después de más de cuarenta años. Como en las novelas.

jueves, 14 de agosto de 2014

Queloide

¿Hace cuánto que lleva usted este queloide?, pregunta la dermatóloga. Desde niño, respondo. ¿Y cómo es que llego a formarse? De un punto, de una vacuna mal cicatrizada, agrego, mientras ella, sobre mi hombro derecho, analiza la cicatriz con ayuda de una lupa. Lo observa, lo palpa, lo estudia como si se tratara de un ser vivo hasta que deja de hacerme preguntas y regresa a su mesa a preparar las cosas con que habrá de infiltrarme. Aprovecho su ausencia y volteo a ver el queloide a través del espejo que hay en la pared. 
Y me acuerdo de ti.
El queloide ya no tiene la forma de una pisada de oso, como tú decías. Ha crecido, es más grande de cómo lo dejaste. Ahora parece una Sudamérica flaca y deforme. 
Hace tanto que no nos vemos.
La doctora regresa ante mí. Toma una hipodérmica delgada y larga como un lapicero, succiona el cortiflex, un líquido denso y lechoso, de una botella liliputiense y sin miramientos, sin compasión, clava la aguja en el centro mi hombro. Una, dos, tres, cuatro veces. Aquí, allá, como si el queloide fuera una alimaña a la que hay que asesinar a puntadas para que no siga creciendo. El líquido entra y entra en mí por cada punto hasta agotarse. Estira y estira mi piel como una dermis de jebe a punto de romperse y me deja de nuevo aquel dolor tupido, puntiagudo y cruel de cada año. De cada tratamiento. De cada infiltración.
Duele, ¿no?, dice mientras recarga la hipodérmica para el siguiente ataque. Sí, doctora, duele más que el no de algunas mujeres, digo para hacerla reír, para ver si así cambia el rostro de dolor que me devuelve el espejo. La doctora sonríe. «Más que el no de algunas mujeres», repite. Qué gracioso, es usted, dice entre risas y vuelve a clavar la aguja.

El dolor entra de nuevo en mí. Tu «no». Tu adiós. Tu olvido.

martes, 22 de abril de 2014

El poste de cemento y ramas verdes

En las afueras de mi oficina, en la vía de salida a la utopista Ramiro Prialé, en El Agustino, hay un poste de alumbrado público que parece estar vivo. Un poste de cemento, flaco, triste y cabezón, con ramas verdes en la nuca. No es la rama de algún arbusto desterrada en aquel lugar por un viento capcioso o la travesura de un pájaro bromista. No. Es una planta viva. Una planta que crece, crece y crece. ¿A qué tipo de mata se le ocurriría vivir en semejante lugar?, me pregunto cuando paso debajo de él a la hora de abandonar el trabajo. ¿De qué suelo? ¿Con qué agua? Les hago también estas preguntas a los compañeros de labores con los que he pasado por ahí. ¿Qué tipo de vegetal puede vivir en ese lugar, en una ciudad en la que la palabra lluvia es una entelequia? ¿Cómo puede haber vida incluso ahí? No tengo idea. Nadie tiene idea, pero todos al pasar se quedan viendo el poste y sus ramas verdes como quien mira una luna llena, un arco iris, un acto de magia.
Pero ahora que todos hablamos del Gabo, ahora que todos reconocemos en nuestras vidas un antes y un después del Gabo, yo digo que la literatura es como un poste de alumbrado de cemento al que le crecen ramas verdes. Ramas vivas. Ramas que llegan de la nada y se asientan sobre el lomo de la nada. Ramas inconformes con ganas de corregir el mundo, ramas que se revelan a la muerte, a la lógica; aunque sea por corto tiempo. El tiempo que demorarán en sobrevivir sin agua, el tiempo que dura una historia. Una historia que nos saca de la realidad, de la obligación del trabajo y nos lleva a volar. Un vuelo que nos lleva a otro mundo. Otro mundo en el que somos amantes, aventureros, villanos, héroes. Héroes que de otro modo nunca seremos. Seremos que nunca seremos.