sábado 18 de febrero de 2012

Islas fantasmas

Leo, abstraído, un libro que compré en una baratija, por mera curiosidad: “La isla de las tortugas”. El libro es la crónica seductora de Sergio Ghione, investigador italiano que acompaña a estudiosos de las tortugas marinas verdes; animales que todos los años, de enero a mayo, parten desde la costa central de Brasil con destino a Ascensión (diminuta y remota isla ubicada en medio del Océano Atlántico, al sur del Ecuador, entre África y Sudamérica), atravesando más de 2,300 km de océano, nadando día y noche, durante mes y medio, para desovar en el mismo lugar donde nacieron, para nadar vagando alrededor de las playas, los mares donde muchos años antes fueron bebés.
El libro me ha atrapado. El narrador describe el largo viaje de las tortugas y los laberintos burocráticos que la expedición debe sortear ante el Gobierno Británico para visitar la isla, a la vez que narra la historia de los primeros navegantes portugueses que zarparon de Europa para descubrir el nuevo mundo. «La isla de San Mateo es la tierra firme más cercana a Ascensión», explica Ghione en el capítulo 6, «Se encuentra en todos los mapas geográficos del mundo o del Atlántico hasta la primera mitad del siglo XIX. Pero presenta una particularidad: no existe». ¿Cómo que no existe?, me pregunto y vuelvo a leer el párrafo. No he leído mal. «Es una isla fantasma», continua Ghione como respondiendo mi pregunta, «nacida del informe inexacto de un navegante o de su imaginación, y transmitida con tenacidad de cartógrafo a cartógrafo durante más de trescientos años.»
Detengo la lectura. ¡Islas fantasmas!, grito para mí. ¿Quién no ha tenido islas fantasmas? ¿Quién no ha sido desengañado? ¿Quién no ha abierto los ojos después de trescientos años de ceguera? ¿Quién no ha tenido amores que nunca fueron amores, amistades que nunca fueron amistades, negocios que nunca fueron negocios?
«La historia de las islas fantasmas que quedaron en la memoria de las leyendas, requeriría capítulo aparte» continúa Ghione, «y en cierto modo ya ha sido narrada: desde la isla de San Brandano, donde reinaba la paz, la armonía y al eterna juventud, pasando por la de Buss, vendida por unos astutos marineros a la compañía de Navegación del Hudson, hasta la isla de Frisland, cuyos productos vendían los venecianos; para no hablar de las islas fantasmas de la literatura, la música y la poesía…»
Sí, la historia de las islas fantasmas ya ha sido narrada. La narran los años, el tiempo. Sí, ellos, marinos errantes que nos demuestran qué es qué, quién es quién en nuestras vidas; cartógrafos infalibles que nos quitan las vendas, nos ponen anteojos y hacen que veamos un mar menos difícil que navegar.

sábado 4 de febrero de 2012

Curiosidad

Solo yo tengo la llave de este desfile salvaje.

Arthur Rimbaud


Leo un libro mientras espero la entrada al Cinemark del Megaplaza. Una niña de ojos menudos y cabello largo juguetea alrededor como una mariposa en un jardín. ¡Tranquila, Carla!, le recrimina la madre y la amenaza con no entrar al cine si sigue molestando a los demás. La niña obedece y se sienta al lado. Me mira. ¿Quién es?, me pregunta señalando el rostro del personaje que cubre la tapa del libro que estoy leyendo. Arthur Rimbaud, digo acercándole la mítica fotografía del Rimbaud adolescente de cabello alborotado y mirada de ángel; el Rimbaud que en 1871, a la edad de 16 años, escribió uno de los poemarios simbolistas más venerados hasta hoy. Es uno de los poetas franceses más grandes de todos los tiempos, agrego. ¿Francés de Francia? Sí, francés de Francia. Ah, dice la niña y regresa a su juego; yo a la lectura.

Curiosidad: «deseo de saber y averiguar algo», dice mi diccionario Larousse. Por curiosidad, cuando niño, leí el Corsario Negro, el primer libro de mi vida. El primero que leí y entendí, quiero decir. Por curiosidad me sentaba a escuchar la conversación de los adultos, los cuentos de mi abuelo, las historias de mi madre. Por curiosidad estudié ingeniería; por curiosidad leo libros, veo películas, hago viajes. Curiosidad, inagotable curiosidad. ¿Se les habrá acabado la curiosidad a los jóvenes que en la televisión, con una cara sonriente y despreocupada, admiten no saber el significado de MRTA, SL, admitiendo no reconocer los rostros de esas letras? ¿Se les habrá acabado la curiosidad para no saber la historia de su propio país? ¿Será que sus padres nunca les contaron nada de lo que ocurrió hace apenas 20 años? ¿Será que nunca hablan con sus padres? ¿Será que no leen? ¿Será que no entienden lo que leen? ¿Será que la curiosidad ahora tiene otro significado?

Carla se acerca a la mujer del lado. Le pregunta sobre las desnudes de sus zapatos. La mujer le explica que es un modelo “romano” y que lo compró aquí cerca. Ojalá que la curiosidad de Carla no se agote con los años. Ojalá que un día, cuando vea una foto, vea un video, cuando alguien le cuente lo que ocurrió en el Perú en los ochentas-noventas, tome un libro de historia y lo lea. Y lo entienda. Y no lo olvide jamás.

lunes 16 de enero de 2012

Laberintos

El teléfono de mi oficina suena. ¿Hola?, respondo con la parquedad de un empleado público que está harto de teclear el computador y responder llamadas reclamando por la burocracia del Estado. Por fin te encuentro, dice una voz de mujer, al otro lado de la línea. No la reconozco. Me quedó en silencio. Te llamé en la mañana y no estabas, agrega mientras yo sigo adivinando. ¿J?, digo luego de unos segundos. Claro, dice ella como si acabáramos de conversar hace instantes. ¿Cómo estás? Bien, digo con una sonrisa y dejo de teclear el computador.

A las mujeres de mi vida las he clasificado en tres grupos: las que me dijeron: «yo te amo, Uli»; las que repitieron: «yo te quiero mucho, Uli» y las que espetaron: «no, Uli, amigos nomás». J, me dijo las tres frases, por eso tiene licencia para hablar.

¿Cómo estás?, continúo. Bien, dice J y me cuenta qué ha sido de su vida al otro lado del mundo; del tiempo que ha pasado, de los avances de su bebé, de sus líos con el idioma, de lo lejos que le queda ahora el Perú. Yo escucho. Siempre fue así: la mujeres de mi vida hablaban y yo escuchaba. De vez en cuando preguntaba algo, decía algo para hacerlas reír. A veces lo lograba; a veces, no, yo era muy feliz cuando las veía reír. ¿Y tú cómo estás?, vuelve a preguntar. La voz de un bebé que aprende sus primeras palabras suena a su lado. J le habla como si el niño fuera un adulto. El niño le responde en su idioma de bebé. Estoy bien, respondo, jodido con el trabajo, tú sabes. El niño vuelve a hablar. Ella le responde. Los escucho. Viajo en el tiempo y regreso a Huancayo, cuando yo tenía cinco años. Me acuerdo de la vez que me extravié a la salida de la escuela cuando confundí el autobús y terminé en un lugar desconocido, fuera de la ciudad. Recuerdo cómo hice para regresar a casa cuando por fin me di cuenta de dónde estaba. Recuerdo que caminé como un nómade por las chacras de Uñas, las calles de San Antonio, las veredas de la calle Real. Recuerdo que caminé toda la tarde, preguntando, tanteando, recuerdo que llegué a casa ya casi de noche. Y recuerdo que mi madre me abrazó llorando al verme. Leí tu último post, dice J, el del taxista al que no querías hablar. Me reí un montón. Qué bueno, digo. Con lo difícil que es sacarte a ti las palabras. Yo no hablo, yo escribo, respondo. J ríe y ahora me cuenta lo bien y lo mal que le va en su matrimonio. La escucho. ¿No te quito tiempo?, pregunta. No, respondo. Le aconsejo como si yo alguna vez hubiera estado casado. Ríe con mis sugerencias. ¿Hay luna llena allá?, me pregunta. Sí, digo. Aquí se ve mucho más grande, dice, inmensa, como una pelota blanca. Aquí la luna está como siempre, digo, blanca como el ojo de un cíclope que nos mira de bien arriba. Bueno, Uli, te dejo, me dice después de media hora de hablar, fue rico conversar contigo. Para mí también, digo. Gracias por llamar. Otro día te llamo, se despide. Claro, claro, digo. Cuelga. Se va.

Dejo mi escritorio. Salgo de la oficina, camino hasta la máquina expendedora y compro una botella de agua. Bebo un sorbo. Camino hasta el vitral que deja ver la laguna artificial que hay en frente del edificio, veo a los patos nadando lentos como barquitos de papel. Pienso en las mujeres de mi vida. Algunas aún se acuerdan de mí. A veces me escriben, me llaman, me visitan; el resto, la mayoría, ya me enterró. Pienso en las últimas, en las que me enterraron. Miro al cielo. No hay luna, hay un sol dorado y radiante. Bebo otro sorbo de agua y celebro que estoy vivo; que sobreviví a ellas, que más de una vez estuve perdido, pero supe encontrar el camino de regreso a casa.

viernes 6 de enero de 2012

Los Grillos de Caral

Hoy falté al trabajo. Después de 15 años de asistir puntualmente al mismo empleo, sin haber faltado nunca, ni por un descanso médico, anoche hice planes, dormí de largo hasta las ocho y no le hice caso al despertador. Desayuné en casa, leí el periódico, encendí el Elefante Gris y con la música a todo volumen pasé por Mayolo, Universitaria, Gamarra y, como en los buenos tiempos, recogí a mis amigos para irnos de viaje. Julio, Elvis y yo: Los Grillos de Medianoche, como en los buenos tiempos. Como en los buenos tiempos, llenamos el tanque con gasolina, el cooler con bebidas, el plano de rutas con marcas de viaje. Y abandonamos Lima. Los arenales de Ancón, la variante de Pasamayo, la bajada a Huaral. Las playas de Chancay, los desiertos de Huacho, los cañaverales de Vegueta y tres horas después de Lima, por fin la ciudad perdida de Caral. Según el carbono 14, Caral tiene 5000 años, dice el guía, mientras Los Grillos caminamos en medio de las pirámides de barro y piedra que se yerguen cónicas y monumentales en medio del desierto lunar, como icebergs marrones sobre una Antártida de arena. La ciudad más antigua de América, agrega; 3000 personas vivían aquí en este valle, en estas construcciones, dedicadas al comercio y la agricultura, cuando en el resto de América, los hombres caminaban nómades y recolectores. ¿Y por qué aquí y no en otro lugar de América?, preguntamos, ¿Qué tenía de especial? Aún no lo sabemos, responde. Aquí no se encontraron armas de guerra, lo que nos hace concluir que no guerreaban con nadie; Esta ciudad era una colectividad humana de comerciantes, agricultores, pescadores y artistas. ¿Artista? Sí, artistas, y el guía nos muestras las flautas de hueso que encontraron en las excavaciones. 5000 años de música, decimos Los Grillos, y celebramos. 5000 años de ingeniería, y reímos. Y caminamos al pie de las pirámides como si alguna vez hubiéramos sido parte de esos músicos y de esos ingenieros. Como si hubiera sido ayer que estudiamos juntos en la universidad, como si hubiera sido ayer que tocábamos juntos en los rincones de Lima. Y nos tomamos fotos como en los viejos tiempos. Y alucinamos que tocamos en el anfiteatro de Caral, mismo Pink Floyd en Pompeya. Y caminamos, caminamos y caminamos hasta que se hace de noche. Y nos metemos de nuevo a la panza del Elefante Gris. Y vagamos por la oscuridad del desierto oyendo música. Escucha esto, huevón. ¿Te acuerdas de esta? Esta versión es más paja, huevón: escucha. Y nos jodemos como niños en un viaje de vacaciones. Y nos matamos de risa, como en los viejos tiempos. Como en esos tantos viajes que hemos hecho juntos por el Perú y América. Y regresamos a casa. Silenciándonos, adormeciéndonos cada vez más a medida que nos aproximamos a Lima, como si adentro, nuestras mentes comprendieran, poco a poco, que ya no tenemos 20 años, que ya no somos estudiantes, que ahora hay obligaciones, que mañana debemos explicar porqué no fuimos a trabajar.

miércoles 21 de diciembre de 2011

Intercambio de regalos

Odio el intercambio de regalos. Me refiero a ese tonto juego en el que uno hace como que tiene mil amigos y que mil amigos lo quieren a uno. Lo odio porque si ya es un dilema escoger un regalo para un verdadero amigo, lo es mucho más para gente que apenas conozco; o peor aún, para gente a quien no tengo interés de conocer. Por fortuna, esta navidad a nadie se le ocurrió martirizarme con eso. Después de varios años en los que, coactado por el «ya pues, Uli, no seas aburrido» de algunas mujeres, el «ya pues, Uli, mira que todos estamos participando», esta vez he podido concentrarme en hacer un verdadero regalo. Uno especial, uno que le hago a las personas imprescindibles en mi vida, uno que hago con mis propias manos, uno que me toma días de diseño, semanas de trabajo; uno que esta vez es para mi gran amigo Julio Amenero (bajista de Los Grillos de Medianoche), uno que debí haber entregado hace más de un año como presente matrimonial.

Lo tengo. Lo envuelvo con papel de regalo y lo cubro con una bolsa gigante de plástico porque mi regalo debe tomar un avión, volar al extranjero, y reposar erguido en su destino final. Lo introduzco en la maletera del Elefante Gris y parto al aeropuerto para su entrega. Estaciono el Elefante cerca de las Llegadas Internacionales y camino hasta la sala de espera por donde habrá de aparecer Julio arribando de los EEUU. Hora y media después de lo programado, aparece en el hall empujando un coche con sus maletas. ¡Grillete!, grito al verlo. Nos abrazamos. Me tocó la luz roja, huevón, dice y me cuenta todo lo que tuvo que explicar a los de Aduanas por los regalos que ha traído. Ahí tengo tu merca, dice luego y me muestra el estuche gigante de una guitarra eléctrica que sobresale sobre las maletas. La noticia me pone ansioso como un niño que va a recibir su regalo de navidad. Ya quiero tener la guitarra en mis manos, probarla, olerla, escucharla. Caminamos al parqueo. «Huevón» por aquí, «huevón» por allá, nos ponemos al día en nuestras vidas y nos matamos de risa. Llegamos al Elefante Gris. Me entrega el estuche gigante de guitarra. Lo abro. Un hermoso modelo Epiphone rojo sale de las entrañas. Lo tomo como quien toma una joya. Está bien paja, huevón, digo. Pego la guitarra a mí, toco algunos arpegios mientras Julio me explica las bondades acústicas. Gracias, huevón, te pasaste, digo con la felicidad de quien ha recibido lo que tanto esperaba. Aquí está el resto de la merca, dice Julio y me entrega el resto de pedidos que he hecho con meses de anticipación: El CD del «Adventures in Coverland» de Girl in a Coma, el libro «Race for the South Pole» de Roland Huntford acerca del diario de Amundsen y Scott sobre la exploración del Polo Sur. Gracias, grillete, digo y otra vez me pongo como un niño. Abrazo de nuevo a mi amigo. Ahora es tiempo de mi regalo, digo y abro la maletera del Elefante Gris. Mal y tarde, aquí está mi regalo de bodas, grillete, y le entrego la bolsa negra. ¿Qué es?, pregunta. Un cuadro, digo y yo mismo le quito el sobre para que no se dañe. Entonces muestro el lienzo gigante, en blanco y negro, de un indígena quechua cargando un arívalo. ¡Shusha!, grita Julio. ¿Tú lo pintaste? Claro, pe, grillete, con estas manos sarmentosas. Está bien paja, huevón, vuelve a decir. Lo voy a colgar en «El Inti», dice refiriéndose al restaurante de comida peruana que Julio tiene en New Jersey. Nos abrazamos. Regalo número dos, digo y le entrego un ejemplar de «Ojos de pez abisal». ¡Shusha! «Para Julio. Por tantos años, tanta música, tanta amistad», dice la dedicatoria que he escrito con tiempo, que he pintado con paciencia, con el alma agradecida, con estas manos sarmentosas.

jueves 8 de diciembre de 2011

Complicidad

Salgo de casa para viajar a Huancayo a presentar “Ojos de pez abisal”. Una muda de ropa dentro de la mochila en mi espalda y una caja con 50 libros es todo mi equipaje. La caja pesa tanto que apenas puedo llegar caminando hasta el paradero. Detengo un taxi. A la agencia de ETUCSA, en San Luis, digo. No, ahí no voy, responde el taxista y arranca casi pisando mis pies. Lo mismo hacen los siguientes cuatro, hasta que uno por fin acepta aventurarse fuera de Los Olivos. 15 soles, dice el chofer, un tipo con un auto tan avejentado como él. Dudo en tomarlo, pero se me hace tarde y no estoy para esperar más. Lo abordo y me siento atrás. La noche, los autos y las luces me traen otra vez a la mente los líos que, desde hace días, tengo atravesados en el cuerpo por causa de una amiga que ya no quiere ser mi amiga. Qué problema, ¿no?, dice el taxista subiendo el volumen de la radio: el locutor habla de la disfunción eréctil. Ah, sí, respondo. El chofer trata de hacerme conversación con ese tema, pero mi frío “si”, “no” lo enmudece. El taxi enrumba por Izaguirre y acelera al entrar a la Panamericana. ¿Está bien el programa o quiere escuchar música?, pregunta ahora. No, así está bien, respondo; prefiero no arriesgarme a ser torturado con alguna canción horrorosa. El taxi sube el puente sobre Angélica Gamarra. ¿Se va de viaje?, vuelve al ataque. No digo nada, hago como que no he escuchado. El taxista se rinde y no dice nada más. Pasa el puente sobre Tomas Valle, Fiori, Habich como un bólido de carreras. Nadie habla, sólo la radio, ahora dando tips para superar la disfunción eréctil. Vuelvo a mis líos, pero luego me digo que no debo pensar en eso, que el viaje me hará bien para pensar y me pregunto cómo estará el clima en Huancayo. Imagino el valle verde por las lluvias, las nubes gordas y blancas, el cielo azul; y cuando me hago la idea de un sol sonriente, un ruido acompasado me revienta los pensamientos. Ploc, ploc, ploc, ploc, ploc, ploc. ¡Pucha, la llanta!, dice el taxista. Maldita sea, digo yo. Me asusto. Zarumilla no es precisamente un lugar apacible para detenerse a cambiar las ruedas: transito todos los días por ese punto camino a mi trabajo y he visto asaltantes saliendo de la nada, como lobos que salen de un bosque, rompiendo la luna de los autos en pleno día para despellejar a sus ocupantes. El taxi se orilla a la altura del puente a Piñonate. No se preocupe, lo cambiaré rapidito, dice el taxista y me deja dentro del auto. Salgo de inmediato y me paro a un costado para hacer de vigilante. Miro el reloj: 9 y 30, la hora en que los lobos tienen deseos, hambre, sed. Miro alrededor: unas personas caminando a lo lejos, los autos pasando a toda velocidad con los ojos encendidos. Pienso en detener otro taxi, pero ¿quién podría detenerse en un lugar así? Me acerco al taxista: se esfuerza en levantar la gata. No habla. Una mujer aparece. La miro. Cruza la calle. Tira la bolsa que lleva en la mano sobre el cerro de basura que alza a un costado de la vía y regresa. Me mira. Me asusto. Veo alrededor por si hay alguien más y esto es el inicio del asalto. No hay nadie. La mujer pasa delante del taxi mirando el interior y camina hacia mí. Pienso en mi equipaje. ¿Qué ha pasado?, pregunta. Nada, respondo fingiendo tranquilidad. Mira al taxista, este sigue sin hablar, absorto en retirar los pernos. Quítense de aquí al toque, advierte la mujer; aquí los van a dejar como pollos pelados, agrega con un tono de orgullo y compasión. Se va. Pienso en mi ipod, mi cámara, el dinero que llevo en la mochila, ¡la caja de libros! y me imagino siendo despojado de ellos por la jauría de lobos que en cualquier momento saldrán del bosque de casas sahumadas por el hollín y la noche. Mi corazón late más. Camino a la puerta del taxi. Me detengo. El locutor ahora atiende llamadas del público y le hace preguntas a su invitado. Camino, vigilo, camino. ¡Yastá!, dice el chofer con la llanta pinchada en la mano. ¿Ya?, digo con la duda de que haya cambiado la rueda tan rápido. ¡Yastá!, repite con la respiración agitada. Lo ayudo a abrir la maletera. Metemos todo a la volada y nos metemos al auto. Suspira, arranca, volamos. Este barrio es bravazo, dice apenas recupera el aliento. Claro, respondo, yo paso todos los días por aquí... Ahora sí hablamos como si ya nos conociéramos.

viernes 18 de noviembre de 2011

Como las tortugas golfinas

Siempre regreso a Huancayo. Como las tortugas golfinas, aquellos reptiles marinos que habitan en el pacífico centroamericano, frente a las costas de México y que un día, ya adultos, les da por regresar al lugar exacto en que nacieron, y reptar por las arenas en que pasaron sus primeros días; así mismo, al menos una vez a la año, a mí me viene una necesidad irrefrenable de dejar Lima y pasear sin rumbo por la calle Real, asolearme en la Plaza Constitución leyendo un libro y tomarme una cerveza en el Galileo oyendo música. Por eso Huancayo es parte de “Ojos de pez abisal”, y por eso también la presentaremos en esa ciudad. Están todos invitados.

Día: Viernes 25 de Noviembre. 7:p.m.
Lugar: Auditorio Mayor del Instituto de la Cultura y Juventud de la Municipalidad Provincial de Huancayo (Calle Real Nº 103, Huancayo).
Presentan: Giannina Sovero , Jorge Salcedo y Juan Carlos Romero y un servidor.