
sábado 18 de febrero de 2012
Islas fantasmas

sábado 4 de febrero de 2012
Curiosidad
Solo yo tengo la llave de este desfile salvaje.
Arthur Rimbaud
Leo un libro mientras espero la entrada al Cinemark del Megaplaza. Una niña de ojos menudos y cabello largo juguetea alrededor como una mariposa en un jardín. ¡Tranquila, Carla!, le recrimina la madre y la amenaza con no entrar al cine si sigue molestando a los demás. La niña obedece y se sienta al lado. Me mira. ¿Quién es?, me pregunta señalando el rostro del personaje que cubre la tapa del libro que estoy leyendo. Arthur Rimbaud, digo acercándole la mítica fotografía del Rimbaud adolescente de cabello alborotado y mirada de ángel; el Rimbaud que en 1871, a la edad de 16 años, escribió uno de los poemarios simbolistas más venerados hasta hoy. Es uno de los poetas franceses más grandes de todos los tiempos, agrego. ¿Francés de Francia? Sí, francés de Francia. Ah, dice la niña y regresa a su juego; yo a la lectura.
Curiosidad: «deseo de saber y averiguar algo», dice mi diccionario Larousse. Por curiosidad, cuando niño, leí el Corsario Negro, el primer libro de mi vida. El primero que leí y entendí, quiero decir. Por curiosidad me sentaba a escuchar la conversación de los adultos, los cuentos de mi abuelo, las historias de mi madre. Por curiosidad estudié ingeniería; por curiosidad leo libros, veo películas, hago viajes. Curiosidad, inagotable curiosidad. ¿Se les habrá acabado la curiosidad a los jóvenes que en la televisión, con una cara sonriente y despreocupada, admiten no saber el significado de MRTA, SL, admitiendo no reconocer los rostros de esas letras? ¿Se les habrá acabado la curiosidad para no saber la historia de su propio país? ¿Será que sus padres nunca les contaron nada de lo que ocurrió hace apenas 20 años? ¿Será que nunca hablan con sus padres? ¿Será que no leen? ¿Será que no entienden lo que leen? ¿Será que la curiosidad ahora tiene otro significado?
Carla se acerca a la mujer del lado. Le pregunta sobre las desnudes de sus zapatos. La mujer le explica que es un modelo “romano” y que lo compró aquí cerca. Ojalá que la curiosidad de Carla no se agote con los años. Ojalá que un día, cuando vea una foto, vea un video, cuando alguien le cuente lo que ocurrió en el Perú en los ochentas-noventas, tome un libro de historia y lo lea. Y lo entienda. Y no lo olvide jamás.
lunes 16 de enero de 2012
Laberintos

El teléfono de mi oficina suena. ¿Hola?, respondo con la parquedad de un empleado público que está harto de teclear el computador y responder llamadas reclamando por la burocracia del Estado. Por fin te encuentro, dice una voz de mujer, al otro lado de la línea. No la reconozco. Me quedó en silencio. Te llamé en la mañana y no estabas, agrega mientras yo sigo adivinando. ¿J?, digo luego de unos segundos. Claro, dice ella como si acabáramos de conversar hace instantes. ¿Cómo estás? Bien, digo con una sonrisa y dejo de teclear el computador.
A las mujeres de mi vida las he clasificado en tres grupos: las que me dijeron: «yo te amo, Uli»; las que repitieron: «yo te quiero mucho, Uli» y las que espetaron: «no, Uli, amigos nomás». J, me dijo las tres frases, por eso tiene licencia para hablar.
¿Cómo estás?, continúo. Bien, dice J y me cuenta qué ha sido de su vida al otro lado del mundo; del tiempo que ha pasado, de los avances de su bebé, de sus líos con el idioma, de lo lejos que le queda ahora el Perú. Yo escucho. Siempre fue así: la mujeres de mi vida hablaban y yo escuchaba. De vez en cuando preguntaba algo, decía algo para hacerlas reír. A veces lo lograba; a veces, no, yo era muy feliz cuando las veía reír. ¿Y tú cómo estás?, vuelve a preguntar. La voz de un bebé que aprende sus primeras palabras suena a su lado. J le habla como si el niño fuera un adulto. El niño le responde en su idioma de bebé. Estoy bien, respondo, jodido con el trabajo, tú sabes. El niño vuelve a hablar. Ella le responde. Los escucho. Viajo en el tiempo y regreso a Huancayo, cuando yo tenía cinco años. Me acuerdo de la vez que me extravié a la salida de la escuela cuando confundí el autobús y terminé en un lugar desconocido, fuera de la ciudad. Recuerdo cómo hice para regresar a casa cuando por fin me di cuenta de dónde estaba. Recuerdo que caminé como un nómade por las chacras de Uñas, las calles de San Antonio, las veredas de la calle Real. Recuerdo que caminé toda la tarde, preguntando, tanteando, recuerdo que llegué a casa ya casi de noche. Y recuerdo que mi madre me abrazó llorando al verme. Leí tu último post, dice J, el del taxista al que no querías hablar. Me reí un montón. Qué bueno, digo. Con lo difícil que es sacarte a ti las palabras. Yo no hablo, yo escribo, respondo. J ríe y ahora me cuenta lo bien y lo mal que le va en su matrimonio. La escucho. ¿No te quito tiempo?, pregunta. No, respondo. Le aconsejo como si yo alguna vez hubiera estado casado. Ríe con mis sugerencias. ¿Hay luna llena allá?, me pregunta. Sí, digo. Aquí se ve mucho más grande, dice, inmensa, como una pelota blanca. Aquí la luna está como siempre, digo, blanca como el ojo de un cíclope que nos mira de bien arriba. Bueno, Uli, te dejo, me dice después de media hora de hablar, fue rico conversar contigo. Para mí también, digo. Gracias por llamar. Otro día te llamo, se despide. Claro, claro, digo. Cuelga. Se va.
Dejo mi escritorio. Salgo de la oficina, camino hasta la máquina expendedora y compro una botella de agua. Bebo un sorbo. Camino hasta el vitral que deja ver la laguna artificial que hay en frente del edificio, veo a los patos nadando lentos como barquitos de papel. Pienso en las mujeres de mi vida. Algunas aún se acuerdan de mí. A veces me escriben, me llaman, me visitan; el resto, la mayoría, ya me enterró. Pienso en las últimas, en las que me enterraron. Miro al cielo. No hay luna, hay un sol dorado y radiante. Bebo otro sorbo de agua y celebro que estoy vivo; que sobreviví a ellas, que más de una vez estuve perdido, pero supe encontrar el camino de regreso a casa.
viernes 6 de enero de 2012
Los Grillos de Caral
miércoles 21 de diciembre de 2011
Intercambio de regalos

Odio el intercambio de regalos. Me refiero a ese tonto juego en el que uno hace como que tiene mil amigos y que mil amigos lo quieren a uno. Lo odio porque si ya es un dilema escoger un regalo para un verdadero amigo, lo es mucho más para gente que apenas conozco; o peor aún, para gente a quien no tengo interés de conocer. Por fortuna, esta navidad a nadie se le ocurrió martirizarme con eso. Después de varios años en los que, coactado por el «ya pues, Uli, no seas aburrido» de algunas mujeres, el «ya pues, Uli, mira que todos estamos participando», esta vez he podido concentrarme en hacer un verdadero regalo. Uno especial, uno que le hago a las personas imprescindibles en mi vida, uno que hago con mis propias manos, uno que me toma días de diseño, semanas de trabajo; uno que esta vez es para mi gran amigo Julio Amenero (bajista de Los Grillos de Medianoche), uno que debí haber entregado hace más de un año como presente matrimonial.
Lo tengo. Lo envuelvo con papel de regalo y lo cubro con una bolsa gigante de plástico porque mi regalo debe tomar un avión, volar al extranjero, y reposar erguido en su destino final. Lo introduzco en la maletera del Elefante Gris y parto al aeropuerto para su entrega. Estaciono el Elefante cerca de las Llegadas Internacionales y camino hasta la sala de espera por donde habrá de aparecer Julio arribando de los EEUU. Hora y media después de lo programado, aparece en el hall empujando un coche con sus maletas. ¡Grillete!, grito al verlo. Nos abrazamos. Me tocó la luz roja, huevón, dice y me cuenta todo lo que tuvo que explicar a los de Aduanas por los regalos que ha traído. Ahí tengo tu merca, dice luego y me muestra el estuche gigante de una guitarra eléctrica que sobresale sobre las maletas. La noticia me pone ansioso como un niño que va a recibir su regalo de navidad. Ya quiero tener la guitarra en mis manos, probarla, olerla, escucharla. Caminamos al parqueo. «Huevón» por aquí, «huevón» por allá, nos ponemos al día en nuestras vidas y nos matamos de risa. Llegamos al Elefante Gris. Me entrega el estuche gigante de guitarra. Lo abro. Un hermoso modelo Epiphone rojo sale de las entrañas. Lo tomo como quien toma una joya. Está bien paja, huevón, digo. Pego la guitarra a mí, toco algunos arpegios mientras Julio me explica las bondades acústicas. Gracias, huevón, te pasaste, digo con la felicidad de quien ha recibido lo que tanto esperaba. Aquí está el resto de la merca, dice Julio y me entrega el resto de pedidos que he hecho con meses de anticipación: El CD del «Adventures in Coverland» de Girl in a Coma, el libro «Race for the South Pole» de Roland Huntford acerca del diario de Amundsen y Scott sobre la exploración del Polo Sur. Gracias, grillete, digo y otra vez me pongo como un niño. Abrazo de nuevo a mi amigo. Ahora es tiempo de mi regalo, digo y abro la maletera del Elefante Gris. Mal y tarde, aquí está mi regalo de bodas, grillete, y le entrego la bolsa negra. ¿Qué es?, pregunta. Un cuadro, digo y yo mismo le quito el sobre para que no se dañe. Entonces muestro el lienzo gigante, en blanco y negro, de un indígena quechua cargando un arívalo. ¡Shusha!, grita Julio. ¿Tú lo pintaste? Claro, pe, grillete, con estas manos sarmentosas. Está bien paja, huevón, vuelve a decir. Lo voy a colgar en «El Inti», dice refiriéndose al restaurante de comida peruana que Julio tiene en New Jersey. Nos abrazamos. Regalo número dos, digo y le entrego un ejemplar de «Ojos de pez abisal». ¡Shusha! «Para Julio. Por tantos años, tanta música, tanta amistad», dice la dedicatoria que he escrito con tiempo, que he pintado con paciencia, con el alma agradecida, con estas manos sarmentosas.
jueves 8 de diciembre de 2011
Complicidad

viernes 18 de noviembre de 2011
Como las tortugas golfinas
Siempre regreso a Huancayo. Como las tortugas golfinas, aquellos reptiles marinos que habitan en el pacífico centroamericano, frente a las costas de México y que un día, ya adultos, les da por regresar al lugar exacto en que nacieron, y reptar por las arenas en que pasaron sus primeros días; así mismo, al menos una vez a la año, a mí me viene una necesidad irrefrenable de dejar Lima y pasear sin rumbo por la calle Real, asolearme en la Plaza Constitución leyendo un libro y tomarme una cerveza en el Galileo oyendo música. Por eso Huancayo es parte de “Ojos de pez abisal”, y por eso también la presentaremos en esa ciudad. Están todos invitados.
Día: Viernes 25 de Noviembre. 7:p.m.
Lugar: Auditorio Mayor del Instituto de la Cultura y Juventud de la Municipalidad Provincial de Huancayo (Calle Real Nº 103, Huancayo).
Presentan: Giannina Sovero , Jorge Salcedo y Juan Carlos Romero y un servidor.