viernes, 21 de agosto de 2015

Chat entre murciélagos

Ella: ¡Hola, Uli. Feliz cumpleaños!
Yo> ¡Oye! ¿Y ese milagro?
Ella: Para que veas. Todavía me acuerdo de tu cumple.
Yo> Te sigues acordando mal. Mi cumple fue ayer.
Ella: Jajaja. No cambio, ¿no? Tarde, pero me acuerdo, pues. ¿Y, en qué andas? Resaqueadaso, seguro.
Yo> No, nada. Estoy en Colcabamba, más tranquilo que agua de pozo.
Ella: ¿En Colcabamba? ¿Hay Internet en Colcabamba?
Yo> Claro pues. ¿Tú qué crees? ¿Que sólo en Nueva Zelanda tienen Internet?
Ella: ¿En serio? ¡Qué loco!
Yo> Mis paisanos ya no gritan mensajes de cerro a cerro, ya no caminan horas para cerrar un trato. Ahora wasapean. Y en quechua. ¡Mama, Rufilia, mayta richcanqui! ¡Tantata apamuy!
Ella: Tú en Colca, yo en Auckland; qué loco que podamos comunicarnos en tiempo real, ¿no? Cuando vivíamos en Huancayo, quién iba a imaginar que un día nos comunicaríamos así.
Yo> Quién iba a imaginar que te irías tan lejos.
Ella: La vida, querido. El destino. ¿Y qué haces en Colca? ¿Estás con tus hermanas?  
Yo> No, querida. Estoy solo, con mi vieja, refaccionando la casa de mi abuelo. Los años, la distancia, el olvido lo han maltratado y necesita arreglos. Cuando llegue la hora de desarmar el teodolito, cuando llegue el retiro, aparcaré aquí. Aquí se puede leer y escribir todo el día, se puede vivir del aire. Entro al huerto y tomo una palta del árbol, subo a la pirua, unos puños de maíz y hago mi cancha; voy al mercado y compro un kilo de papas a medio sol. Ah: y hay Internet.
Ella: Qué paja. Ya debe ser de noche allá, el cielo debe estar hermoso.
Yo> Un cielo negro, negro pende sobre el patio de la casa. Un cielo llenecito de estrellas, la luna como una tajada de queso sonriendo al este, The Church sonando en los audífonos. Una cerveza en la mano y esta sería una noche perfecta.
Ella: ¡The Church! ¡Qué retro! ¿Qué canción estás escuchando? La busco en Youtube, cosa que la escuchamos al mismo tiempo.

Yo> Busca “Under the milky way”. ¿Te acuerdas?

Ella: ¡Wou! ¡Esa canción! ¡Años que no la escuchaba! ¡Qué loco escucharla al mismo tiempo!
Yo> Compré una botella de cerveza. Salú.
Ella: ¿De veras compraste cerveza?
Yo> Claro pues. Es mi cumpleaños, ¿no?
Ella: Entonces me voy a buscar un vinito y somos.
Yo> Mira esta foto que tome hoy de Colca. ¿No es para tomarse dos cervezas?
Ella: Qué paja. Esa es una de las pocas cosas que extraño de Huancayo. El sol, las nubes, el cielo tan limpio que teníamos. 
Yo> ¿No extrañas el Alfa 2000?
Ella: ¿Alfa 2000?
Yo> La disco donde nos conocimos, pues. ¿O ya no te acuerdas? “Tell me lies, tell me  sweet little lies.♪♪♪”.
Ella: Qué te pasa, oye. Yo era una señorita de su casa, papito.
Yo> Pero qué mal educado soy. Ni siquiera he preguntado cómo te va. ¿Cómo estas? ¿Todo bien?
Ella: Egocentrista. Estoy bien. Nada nuevo. Tú vida siempre es más interesante. ¿En qué andas? ¿Sigues escribiendo? ¿De verdad estás solo? 
Yo> Estoy corrigiendo mi novela por 2,543va vez. La tranquilidad de la casa y la paz del pueblo ayudan. Me emociona leer cosas imaginadas en Colcabamba como si realmente hubieran acontecido… ¡Tougher than the rest de Bruce Springsteen en los audífonos! Ahorita me corto las venas.
Ella: La busco en youtube. Pero antes dime, salud. Ya tengo mi vinito.  ¡Salud, Uli. Feliz cumpleaños!
Yo> Salú. Ya me corte las venas. En lugar de sangre, salieron luciérnagas. Se fueron volando, volando; brillando, brillando y se perdieron en la oscuridad (Se nota que ya me zampé media botella, ¿no?)
Ella: Sí. Debes sentir que estás en el Alfa 2000, jeje. Háblame de Colca. Nunca me llevaste a conocerla. 
Yo> En un par de días empieza el Santiago, hay harta gente llegando al pueblo. Hace frío, pero no tanto. No hay viento, no hay lluvias, no hay ruidos. Solo el silencio de la noche y un par de murciélagos cruzando a ratos en el fondo del huerto. ¡Salú, murciélagos! ¡Chupen mi sangre! ¡Chupen conmigo!
Ella: ¿Murciélagos? ¿De verdad hay murciélagos? 
Yo> Plag, plag, plag, vuelan torpes. Se acercan a la luz del patio como niños que juegan con el fuego. Saben que van a quemarse, pero insisten en el peligro. Plag, plag, plag, huyen del resplandor y se refugian de nuevo en la oscuridad de los árboles de palta. También yo soy un murciélago ahora. Soy el Bruno Díaz de Colcabamba.
Ella: Qué miedo, murciélagos.
Yo>. ¿Y tú, qué estás haciendo?
Ella: Cocinando para mi esposito y mis hijos.
Yo>. Qué tierno. Algunas mujeres creen que es machismo, pero yo creo que cocinar para alguien es un acto de ternura suprema. Hacerlo de vez en cuando, quiero decir; no como una obligación marital. También yo cocinaba hace años. Hace años cuando era tierno.
Ella: Tranquilo, murciélago tierno. A mí nunca me cocinaste ni yuyo de atacco. ¿Cómo es la casa de tu abuelo? ¿Es de adobe?
Yo>. De cancas. Piedra calcárea, carbonato de calcio acumulado en millones de años de filtración de aguas subterráneas. Haces zoom a las paredes y puedes ver restos de vegetales e insectos milenarios fosilizados. Travertino le dicen los geólogos. Una casa enorme y semivacía, por eso la música tiene su propio efecto surrounded, suena como si estuviera en el Alfa 2000.
Ella: Jeje. Hace años que no voy a una disco. Aquí los gringos no son de bailar.
Yo> Cuando vengas a Lima te llevaré a bailar a una de mis baticuevas.
Ella: ¿Todavía vas a las baticuevas? Esos años, ¿no?... Qué paja The Church, recién le he prestado atención a las letras. “Sometimes when this place gets kind of empty/Sound of their breath fades with the light/I think about the loveless fascination/ Under the Milky Way tonight”. La he vuelto a poner y la estoy bailando.
Yo> Something shimmering and White/Leads you here despite your destination. ♪♪♪.

Ella: También soy una murciélago. Plag, plag, plag, vuelo hacía la luz.

sábado, 8 de agosto de 2015

Lima, tú ni tienes cielo

Mi colegio en Huancayo era tan grande, pero tan grande que para tirarse la vaca no era necesario salir fuera de los limites de propiedad. Para desertar de las clases, para olvidarse de los profesores, bastaba traspasar el pabellón de mujeres, saltar el muro de tapiales y perderse entre los cerros de desmonte del inmenso terral sobre el cual, se supone, alguna vez se construiría el gigantesco y monumental estadio olímpico. Pero solo los malandros del 5to P y demás iban para allá: los vagos, los viejos, los altos, los auténticos rebeldes. Los que llevaban triqueando el último año de la secundaria, los que ya no les importaba nada más. Los enanos y nerds del 5to K, no, nunca. Había que estar loco para retar al profesor Huamán y su patrulla de brigadieres que de vez en cuando peinaban la zona y barrían la bazofia. Pero una vez fui. La vez que me nombraron brigadier de mi aula y también me tocó patrullar. En uno de los cerros de la tribuna norte, tirados sobre una alfombra de pasto y arbustos de chilca, los encontré fumando, cagándose de risa y escuchando “Heavy Rats”. No me atreví a interrumpirlos. Detrás de un parapeto de adobes desterrados, mi compañero y yo nos quedamos escuchando a Danai catándole a Lima desde un minicomponente a pilas. “Lima, vieja sucia aldea/vieja pituca sin tierras/Lima tú ni tienes cielo”. Yo no conocía Lima entonces y no entendí bien que quería decir todo aquello. Pero me acuerdo bien de la canción cuando veo el cielo panza de burro, cuando camino en los cerros pobres, cuando pasan semanas y no sale el sol.

sábado, 6 de junio de 2015

Estanque de tormentas


En la ingeniería de depuración de aguas servidas existe un elemento hidráulico llamado estanque de tormentas. Enormes depósitos del tamaño de un estadio de futbol construidos debajo de ciudades con altas precipitaciones como Tokio, Madrid, en las que las aguas de lluvia son almacenadas para su posterior tratamiento antes de regresarlos a los ríos. Los estanques filtran la suciedad que arrastran las primeras horas de lluvia. Polvos, plásticos y demás restos sólidos que de otra manera terminarían contaminando los ríos y mares, son retenidos en el fondo de los estanques y dispuestos luego en rellenos especiales e inocuos. Pero también sirven para regular el caudal de tratamiento. Pasada la tormenta, el enorme volumen de aguas sucias es tomado de a pocos, en los litros por segundo para las cuales las plantas de tratamiento fueron diseñadas, y son depuradas con precisión y tranquilidad. Lo descubro asombrado en el curso de depuración de aguas que estoy llevando. Para alguien que vive en una ciudad ubicada en medio del desierto, para los habitantes de una ciudad en la que nunca llueve, saber de este tipo de estructuras es como ver las nuevas fotos marcianas del Curiosity. Pero ojalá también nosotros tuviéramos un estanque de tormentas. Nosotros individuo, nosotros sociedad. Un depósito subterráneo donde retener las basuras, donde regular nuestra capacidad de depuración.

viernes, 15 de mayo de 2015

Escribir con un solo ojo

Solo puedo usar el ojo izquierdo. Una carnosidad ocular que amenazaba invadir la iris y dejarme la visión del cielo con eternos nubarrones, me ha obligado a tenderme en una cirugía. Un parche gordo que deberé usar durante dos días, me cubre el ojo derecho y me impide ver como debiera. Pensé que sería un asunto más llevadero, pero desde que me retiré de la sala de operaciones el ángulo de visión se ha reducido y siento que la distancia de las cosas se ha trastocado y hasta caminar me resulta dudoso. Nada de leer, nada de escribir. Nada de sol, nada de alcohol, me dijo el doctor en un tono más bien cómplice y, sin embargo, aquí estoy frente a la computadora tratando de avanzar la corrección de mi novela, presionando las teclas con torpeza, una por una, como si usara el teclado por primera vez. Y no, no se puede escribir. Entonces me acuerdo de mi pata Tomasini que decía que el secreto para no ver doble y evitar sacarse la mierda de borracho era imaginarse una línea recta y caminar tapándose un ojo. Entonces  hago como que estoy borracho. Hago como que veo doble y que estoy con mis patas de la UNI, bebiendo en una de las fiestas de Civiles. En círculo, alrededor de nuestras mochilas. No estoy borracho, un poco picado nomás. Lo suficiente como mantener la cordura, activar la chispa y romper la timidez. Cierro el Word, abro el Youtube y pienso en alguna canción que no haya escuchado hace años. No sé por qué me viene a la cabeza “Signos” de Soda Stereo. Escojo esa canción, la versión original, la del delay escalado, la del álbum del ochenta y seis. Suenan las notas y ahí, al otro extremo del patio de Civiles, entre el mar de estudiantes, se aparece la de Geología. La de cabellos canela, ojos café y sonrisa blanca. Ella y sus amigas se abren paso entre la gente como buscando un rincón donde recalar. La he mirado desde hace rato, desde que yo y mis patas hemos llegado a la fiesta. Ahorita vengo, loco, le digo al loco Cerrón; ya vengo, voy a tonear. Camino hasta ella que se nota que quiere bailar esa canción porque le gusta Soda: la he escuchado hablar de la banda en la cola del comedor, la he escuchado decir que el concierto más paja al que ha ido ha sido el de Soda Stereo en el Amauta y que quería saber qué efecto es el que usa Cerati para tocar Signos. Hola, ¿bailas?, le digo sin titubear: estoy con unos tragos, pues, se me ha ido la timidez. ¡Es tarde, ya me voy!, me grita ella al odio porque los decibeles apenas nos permiten hablar. ¡Bailamos y te cuento que efecto usa Cerati en esta canción!, le grito yo también al oído y el olor de champú Clinic de su cabello me llena el cerebro. Me sonríe. Me ha reconocido. Soy el pata de lentes redondos a lo John Lennon, ahora sin lentes, que estaba al lado de ella y sus amigas en la cola del comedor cuando hablaban de rock. El mismo que se notaba que quería meter su cuchara en la conversación, pero no se atrevía; el mismo que fingía leer. Sonrío, noto que también ella está picada. Mira a sus amigas como pidiendo su aprobación. Las amigas aprueban y entonces ella mueve los hombros diciendo que sí. Le pide que la esperen unos minutos, que va a bailar un toque, que ya regresa. Me guía hasta el centro del patio y empieza a bailar. Bailando Signos de Soda Stereo, la versión original, la del delay escalado. Y mueve las manos, la cintura, la cabeza, como en la fiesta de Química cuando la vi por primera vez. Hace años, hace años de eso. ¡Es un delay!, le grito al oído. ¡El efecto que usa Cerati en esta canción es un delay! Sonríe de nuevo. Arquea las cejas para expresar que está sorprendida con el dato. ¡¿Tocas guitarra eléctrica?!, me grita al oído. ¡Sí, tengo mi banda!, respondo y extiendo una mano, pongo la otra en el vientre y hago como que estoy tocando la guitarra, como si fuera yo quien está haciendo el tan, tan, tan, tan, con el delay. ¡Si estás oculta, ¿cómo sabré quien eres?, me amas a oscuras, duermes envuelta en redes!, le canto. La miro. La admiro. ¡Signos, mi parte insegura. Bajo una luna hostil, signos, signos!, grita ella también. Se contornea, se da vuelta, regresa a mirarme. Me sonríe, me coquetea. Los dos estamos picados, pues, hemos tomado un poco, los dos hemos mandado a la mierda la timidez. Luego busco otra canción porque ella ha aceptado seguir bailando. Y me presenta a sus amigas. Y hablamos de música y de literatura porque a ella también le gusta escribir y ese día de la cola en el comedor se dio cuenta que yo estaba leyendo a Rimbaud. Y tomamos. Un poco nomás, un poco. Y nos reímos. Y ella ya no se quiere ir de la fiesta porque tendremos dos días sin leer, dos días sin escribir y dos días es un laaaaargo tiempo.

martes, 28 de abril de 2015

Adolescente sin edad

Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano

Jorge Santayana


No había duda, aquel tipo era Marcelo Moura. Entre los tantos asistentes al concierto de “Dios salve a la Reina”, entre los muchos colaboradores por la campaña de lucha contra el sida y los 25 años de Fundación Huésped, en medio de la amplitud del Teatro Ópera, el cantante de Virus descansaba del show y departía la noche con sus colegas músicos. Mario dudó en acercar e importunarlo, pero lo hizo. Hola, Marcelo, le dijo como si conocieran, como si fueran viejos amigos. Vengo desde Lima, Perú, ¿me permites una foto? Marcelo accedió y tras la toma Mario le estrechó la mano y le dijo que ya tenía comprada su entrada para el concierto de Virus de la siguiente semana y le pidió si era posible que después del concierto lo buscara en los camerinos para que le firmara un par de discos y el ejemplar del libro autobiográfico, “Virus”, que Planeta acababa de lanzar. Y, es difícil, le dijo Moura, tendrías que hablar con el manager, con la seguridad, esas cosas. Sí, entiendo, respondió Mario y ahí terminó el encuentro.
Pero a la semana siguiente Mario estaba a la entrada del backstage. Después del concierto, con los discos de la banda y el libro esperaba a que Moura asome, deje los camerinos y salga del local porque en algún momento tenía que salir. Pero ya era cerca de una hora que estaba ahí y Moura no salía. Se acercó a la entrada creyendo que, a lo mejor, ya nadie estaba cerca y nadie podía impedirle acceder a los camerinos y entonces caminó unos pasos hasta que el guardia de seguridad apareció de entre las sombras y le impidió el paso. Que a dónde iba, que no podía estar ahí. Quiero hablar con Marcelo, quisiera que me firme unos discos y un libro. Que no, que no se podía, que tenía que retirarse. Vengo desde Lima, Perú, dijo Mario, ¿no podrías preguntarle si podría firmarme mis discos y mi libro? El guardia pareció compadecerse del fanatismo y entonces ofreció llevar los discos y el libro a ver si Marcelo accedía a firmarlos. Mario esperó, esperó, esperó hasta que varios minutos después apareció el mismísimo Marcelo Moura con los discos y los libros en la mano. ¡El peruano de la semana pasada!, dijo al reconocer a Mario y sonrió. Entonces me firmó mis discos, me dice Mario presumiendo de su osadía y mostrándome en el iPhone la foto de ellos juntos. Oye, tú estás recontra loco, Marius, le digo sorprendido con la historia. Eres un “Adolescente sin edad”. Y este es el libro que firmó para ti, me dice luego con una sonrisa de oreja a oreja, chino de risa. “Ulises: con todo mi cariño, Marcelo Moura”, reza escrito en la primera página, con el puño y letra del líder de una de las bandas que más me fascinan. Y yo saltó hasta el techo. Y yo soy otro adolescente sin edad.

sábado, 18 de abril de 2015

Narrar historias

I
El fin de ciclo en la UNI del ochenta y nueve coincidió con la cosecha de maíz en Colcabamba. Entonces viajé hasta allá y en las semanas de vacaciones ayudé a los taytas y las mamas que ayudaban en las labores a mi madre y mi abuelo. Corté chala, despancé pancas, desgrané mazorcas. Cargué mis quipes, arrié las mulas, armé los tendales. Asoleé los granos, apilé las cargas, almacené los sacos. Pero sobre todo hice geología. A mitad del corte de chala, a mitad del arreo de las mulas, me detenía a observar las piedras que se cruzaban en mi camino y las clasificaba como me había enseñado el ingeniero Palacios en las aulas de Ambientales y los laboratorios de Minas. Ígneas, sedimentarias, metamórficas. Andesita, gabro, calcopirita; esquisto, pizarra, filita; arcilla, travertino, limonita. Observaba las salientes rocosas, los amarus, los cerros y describía sus buzamientos, estructuras, estratigrafías: batolitos, lacolitos, plutones. Ima rarutacc wawayky, mama Satu, le decían las mamas a mi madre. Qué raro es tu hijo. Anda agarrando, mirando piedras nomás.

II

Mi madre ha regresado a Lima después de la semana santa. Me cuenta cómo ha estado la fiesta, cuanta gente ha habido, con quiénes ha conversado en Colcabamba. Me he encontrado con mama Nicolasa, me dice. Me ha preguntado por ti. ¿Quién mama Nicolasa?, digo yo. La que vendía cuchicanca en la plaza, pues. La que nos ayudaba en la cosecha de maíz. La describe. Está viejita, su trenza todo blanco, bajita, con las justas puede caminar. Ah, digo yo fingiendo recordarla. ¿Maypitacc wawayky? ¿Qué es de tu hijo?, me ha preguntado. ¿Cuál hijo? Ese que te ayudaba en la cosecha, ese que paraba recogiendo piedras nomás. Ah, él vive en Lima, dice mi madre. ¿Y qué hace? Es escritor. ¿Escritor? ¿Qué es eso? Escribe pues, cuenta la vida de los otros. Puede escribir tu vida. Puede escribir que vendías cuchicanca. No creo, dice mama Nicolasa y a mí, en la cabeza, me empieza a dar vueltas la imagen de una mama que vende cuchicanca en la esquina de la bajada de Laborpampa. Sentada en cuchillas, con las manos cruzadas descansando sobre las rodillas, hablando quechua-español, me empieza a narrar su historia.