sábado, 6 de junio de 2015

Estanque de tormentas


En la ingeniería de depuración de aguas servidas existe un elemento hidráulico llamado estanque de tormentas. Enormes depósitos del tamaño de un estadio de futbol construidos debajo de ciudades con altas precipitaciones como Tokio, Madrid, en las que las aguas de lluvia son almacenadas para su posterior tratamiento antes de regresarlos a los ríos. Los estanques filtran la suciedad que arrastran las primeras horas de lluvia. Polvos, plásticos y demás restos sólidos que de otra manera terminarían contaminando los ríos y mares, son retenidos en el fondo de los estanques y dispuestos luego en rellenos especiales e inocuos. Pero también sirven para regular el caudal de tratamiento. Pasada la tormenta, el enorme volumen de aguas sucias es tomado de a pocos, en los litros por segundo para las cuales las plantas de tratamiento fueron diseñadas, y son depuradas con precisión y tranquilidad. Lo descubro asombrado en el curso de depuración de aguas que estoy llevando. Para alguien que vive en una ciudad ubicada en medio del desierto, para los habitantes de una ciudad en la que nunca llueve, saber de este tipo de estructuras es como ver las nuevas fotos marcianas del Curiosity. Pero ojalá también nosotros tuviéramos un estanque de tormentas. Nosotros individuo, nosotros sociedad. Un depósito subterráneo donde retener las basuras, donde regular nuestra capacidad de depuración.

viernes, 15 de mayo de 2015

Escribir con un solo ojo

Solo puedo usar el ojo izquierdo. Una carnosidad ocular que amenazaba invadir la iris y dejarme la visión del cielo con eternos nubarrones, me ha obligado a tenderme en una cirugía. Un parche gordo que deberé usar durante dos días, me cubre el ojo derecho y me impide ver como debiera. Pensé que sería un asunto más llevadero, pero desde que me retiré de la sala de operaciones el ángulo de visión se ha reducido y siento que la distancia de las cosas se ha trastocado y hasta caminar me resulta dudoso. Nada de leer, nada de escribir. Nada de sol, nada de alcohol, me dijo el doctor en un tono más bien cómplice y, sin embargo, aquí estoy frente a la computadora tratando de avanzar la corrección de mi novela, presionando las teclas con torpeza, una por una, como si usara el teclado por primera vez. Y no, no se puede escribir. Entonces me acuerdo de mi pata Tomasini que decía que el secreto para no ver doble y evitar sacarse la mierda de borracho era imaginarse una línea recta y caminar tapándose un ojo. Entonces  hago como que estoy borracho. Hago como que veo doble y que estoy con mis patas de la UNI, bebiendo en una de las fiestas de Civiles. En círculo, alrededor de nuestras mochilas. No estoy borracho, un poco picado nomás. Lo suficiente como mantener la cordura, activar la chispa y romper la timidez. Cierro el Word, abro el Youtube y pienso en alguna canción que no haya escuchado hace años. No sé por qué me viene a la cabeza “Signos” de Soda Stereo. Escojo esa canción, la versión original, la del delay escalado, la del álbum del ochenta y seis. Suenan las notas y ahí, al otro extremo del patio de Civiles, entre el mar de estudiantes, se aparece la de Geología. La de cabellos canela, ojos café y sonrisa blanca. Ella y sus amigas se abren paso entre la gente como buscando un rincón donde recalar. La he mirado desde hace rato, desde que yo y mis patas hemos llegado a la fiesta. Ahorita vengo, loco, le digo al loco Cerrón; ya vengo, voy a tonear. Camino hasta ella que se nota que quiere bailar esa canción porque le gusta Soda: la he escuchado hablar de la banda en la cola del comedor, la he escuchado decir que el concierto más paja al que ha ido ha sido el de Soda Stereo en el Amauta y que quería saber qué efecto es el que usa Cerati para tocar Signos. Hola, ¿bailas?, le digo sin titubear: estoy con unos tragos, pues, se me ha ido la timidez. ¡Es tarde, ya me voy!, me grita ella al odio porque los decibeles apenas nos permiten hablar. ¡Bailamos y te cuento que efecto usa Cerati en esta canción!, le grito yo también al oído y el olor de champú Clinic de su cabello me llena el cerebro. Me sonríe. Me ha reconocido. Soy el pata de lentes redondos a lo John Lennon, ahora sin lentes, que estaba al lado de ella y sus amigas en la cola del comedor cuando hablaban de rock. El mismo que se notaba que quería meter su cuchara en la conversación, pero no se atrevía; el mismo que fingía leer. Sonrío, noto que también ella está picada. Mira a sus amigas como pidiendo su aprobación. Las amigas aprueban y entonces ella mueve los hombros diciendo que sí. Le pide que la esperen unos minutos, que va a bailar un toque, que ya regresa. Me guía hasta el centro del patio y empieza a bailar. Bailando Signos de Soda Stereo, la versión original, la del delay escalado. Y mueve las manos, la cintura, la cabeza, como en la fiesta de Química cuando la vi por primera vez. Hace años, hace años de eso. ¡Es un delay!, le grito al oído. ¡El efecto que usa Cerati en esta canción es un delay! Sonríe de nuevo. Arquea las cejas para expresar que está sorprendida con el dato. ¡¿Tocas guitarra eléctrica?!, me grita al oído. ¡Sí, tengo mi banda!, respondo y extiendo una mano, pongo la otra en el vientre y hago como que estoy tocando la guitarra, como si fuera yo quien está haciendo el tan, tan, tan, tan, con el delay. ¡Si estás oculta, ¿cómo sabré quien eres?, me amas a oscuras, duermes envuelta en redes!, le canto. La miro. La admiro. ¡Signos, mi parte insegura. Bajo una luna hostil, signos, signos!, grita ella también. Se contornea, se da vuelta, regresa a mirarme. Me sonríe, me coquetea. Los dos estamos picados, pues, hemos tomado un poco, los dos hemos mandado a la mierda la timidez. Luego busco otra canción porque ella ha aceptado seguir bailando. Y me presenta a sus amigas. Y hablamos de música y de literatura porque a ella también le gusta escribir y ese día de la cola en el comedor se dio cuenta que yo estaba leyendo a Rimbaud. Y tomamos. Un poco nomás, un poco. Y nos reímos. Y ella ya no se quiere ir de la fiesta porque tendremos dos días sin leer, dos días sin escribir y dos días es un laaaaargo tiempo.

martes, 28 de abril de 2015

Adolescente sin edad

Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano

Jorge Santayana


No había duda, aquel tipo era Marcelo Moura. Entre los tantos asistentes al concierto de “Dios salve a la Reina”, entre los muchos colaboradores por la campaña de lucha contra el sida y los 25 años de Fundación Huésped, en medio de la amplitud del Teatro Ópera, el cantante de Virus descansaba del show y departía la noche con sus colegas músicos. Mario dudó en acercar e importunarlo, pero lo hizo. Hola, Marcelo, le dijo como si conocieran, como si fueran viejos amigos. Vengo desde Lima, Perú, ¿me permites una foto? Marcelo accedió y tras la toma Mario le estrechó la mano y le dijo que ya tenía comprada su entrada para el concierto de Virus de la siguiente semana y le pidió si era posible que después del concierto lo buscara en los camerinos para que le firmara un par de discos y el ejemplar del libro autobiográfico, “Virus”, que Planeta acababa de lanzar. Y, es difícil, le dijo Moura, tendrías que hablar con el manager, con la seguridad, esas cosas. Sí, entiendo, respondió Mario y ahí terminó el encuentro.
Pero a la semana siguiente Mario estaba a la entrada del backstage. Después del concierto, con los discos de la banda y el libro esperaba a que Moura asome, deje los camerinos y salga del local porque en algún momento tenía que salir. Pero ya era cerca de una hora que estaba ahí y Moura no salía. Se acercó a la entrada creyendo que, a lo mejor, ya nadie estaba cerca y nadie podía impedirle acceder a los camerinos y entonces caminó unos pasos hasta que el guardia de seguridad apareció de entre las sombras y le impidió el paso. Que a dónde iba, que no podía estar ahí. Quiero hablar con Marcelo, quisiera que me firme unos discos y un libro. Que no, que no se podía, que tenía que retirarse. Vengo desde Lima, Perú, dijo Mario, ¿no podrías preguntarle si podría firmarme mis discos y mi libro? El guardia pareció compadecerse del fanatismo y entonces ofreció llevar los discos y el libro a ver si Marcelo accedía a firmarlos. Mario esperó, esperó, esperó hasta que varios minutos después apareció el mismísimo Marcelo Moura con los discos y los libros en la mano. ¡El peruano de la semana pasada!, dijo al reconocer a Mario y sonrió. Entonces me firmó mis discos, me dice Mario presumiendo de su osadía y mostrándome en el iPhone la foto de ellos juntos. Oye, tú estás recontra loco, Marius, le digo sorprendido con la historia. Eres un “Adolescente sin edad”. Y este es el libro que firmó para ti, me dice luego con una sonrisa de oreja a oreja, chino de risa. “Ulises: con todo mi cariño, Marcelo Moura”, reza escrito en la primera página, con el puño y letra del líder de una de las bandas que más me fascinan. Y yo saltó hasta el techo. Y yo soy otro adolescente sin edad.

sábado, 18 de abril de 2015

Narrar historias

I
El fin de ciclo en la UNI del ochenta y nueve coincidió con la cosecha de maíz en Colcabamba. Entonces viajé hasta allá y en las semanas de vacaciones ayudé a los taytas y las mamas que ayudaban en las labores a mi madre y mi abuelo. Corté chala, despancé pancas, desgrané mazorcas. Cargué mis quipes, arrié las mulas, armé los tendales. Asoleé los granos, apilé las cargas, almacené los sacos. Pero sobre todo hice geología. A mitad del corte de chala, a mitad del arreo de las mulas, me detenía a observar las piedras que se cruzaban en mi camino y las clasificaba como me había enseñado el ingeniero Palacios en las aulas de Ambientales y los laboratorios de Minas. Ígneas, sedimentarias, metamórficas. Andesita, gabro, calcopirita; esquisto, pizarra, filita; arcilla, travertino, limonita. Observaba las salientes rocosas, los amarus, los cerros y describía sus buzamientos, estructuras, estratigrafías: batolitos, lacolitos, plutones. Ima rarutacc wawayky, mama Satu, le decían las mamas a mi madre. Qué raro es tu hijo. Anda agarrando, mirando piedras nomás.

II

Mi madre ha regresado a Lima después de la semana santa. Me cuenta cómo ha estado la fiesta, cuanta gente ha habido, con quiénes ha conversado en Colcabamba. Me he encontrado con mama Nicolasa, me dice. Me ha preguntado por ti. ¿Quién mama Nicolasa?, digo yo. La que vendía cuchicanca en la plaza, pues. La que nos ayudaba en la cosecha de maíz. La describe. Está viejita, su trenza todo blanco, bajita, con las justas puede caminar. Ah, digo yo fingiendo recordarla. ¿Maypitacc wawayky? ¿Qué es de tu hijo?, me ha preguntado. ¿Cuál hijo? Ese que te ayudaba en la cosecha, ese que paraba recogiendo piedras nomás. Ah, él vive en Lima, dice mi madre. ¿Y qué hace? Es escritor. ¿Escritor? ¿Qué es eso? Escribe pues, cuenta la vida de los otros. Puede escribir tu vida. Puede escribir que vendías cuchicanca. No creo, dice mama Nicolasa y a mí, en la cabeza, me empieza a dar vueltas la imagen de una mama que vende cuchicanca en la esquina de la bajada de Laborpampa. Sentada en cuchillas, con las manos cruzadas descansando sobre las rodillas, hablando quechua-español, me empieza a narrar su historia.

miércoles, 8 de abril de 2015

Noche de ronda

Me he quedado a trabajar dos horas más de las cinco. A diferencia de la hora oficial de salida en que los autos y buses de empleados se acumulan ante la garita de control en una larga fila, impacientes de partir, esta vez soy el único que aguarda la autorización de salida. El vigilante repite la robótica tarea de abrir la maletera, echar un vistazo dentro y verificar que no estoy llevando conmigo algún activo de la Empresa. Pero esta vez no camina hasta la garita, ni ordena levantar la tranquera para dejarme salir, sino que bordea el Elefante Gris por el lado del conductor y aparece frente a mí con la gorra levantada. Perdone que lo moleste, ingeniero, me dice sujetando el tablero de registros de entrada y salida como quien sujeta un arma de disuasión. No hay problema, digo yo pensando que, seguramente, va a pedirme el registro de la laptop que traigo conmigo y me adelanto a pensar en alguna excusa por no haberlo registrado. No está apurado, ¿no?, pregunta antes de que yo pueda decir algo. No, no digo esperando el pedido. Es que tengo que contarle algo, responde luego de unos segundos. Sí, dime, continúo, sorprendido con la extraña respuesta. Verá, ingeniero, me dice acomodándose la gorra; a veces a nosotros aquí nos toca hacer turno de noche. Y hacemos guardia. Y nos pasamos toda la madrugada metidos aquí y en el edifico central, sin dormir. Sí, lo imagino, digo yo sin entender a qué viene aquella introducción. Y bueno, antes de cada noche, cuando todos los empleados se han ido, nosotros tenemos que revisar las oficinas, los escritorios, las gavetas. Usted sabe: revisar que todo esté bien cerrado y asegurado para que no se pierda nada y nadie reclame nada. Sí, claro, continúo yo sin entender a dónde quiere ir. Y bueno, yo he revisado sus cosas, ingeniero, suelta la frase como quien está a punto de revelar una noticia bomba. Yo suelto un largo “aaaah”, sorprendido por la confesión y revisando mentalmente, velozmente, mis cosas, pensando en qué podría haber de comprometedor en mi escritorio y mis gavetas que mereciera todo aquel rodeo. Usted es escritor, ¿no?, ingeniero, dice luego. Sí, digo yo. Lo que pasa es que una noche, hace meses, usted no cerró su gaveta y ahí encontré uno de los libros que usted ha escrito. The Cure en Huancayo. Y me lo llevé al hall, ingeniero, a la garita y me lo leí toda la noche. Perdone usted. ¡No, que ocurrencia!, digo yo con los ojos humedecidos, con el corazón en la boca, como se me humedecen los ojos y se me sale el corazón cada vez que algo me conmueve. A lo mejor usted dirá: estos vigilantes no leen. Qué van a saber de libros estos vigilantes. Me ha hecho llorar, ingeniero. Y me ha hecho reír también. Y yo solo quería agradecerle, ingeniero. Y decirle que el libro lo devolví y lo deje igualito, en el mismo lugar en que lo encontré.
Entonces llego a casa, busco un ejemplar de The Cure en Huancayo y, con el corazón todavía saltando, escribo la dedicatoria más justa y emotiva que he escrito para regalarla al día siguiente: “Para Wilson, compañero de trabajo y lector furtivo de estas historias”.

miércoles, 11 de febrero de 2015

El álamo

En Colcabamba al agave americano le llamamos álamo. Primo hermano del agave tequilano (aquella planta a partir del cual los mexicanos destilan el tequila), también el álamo crece en lugares secos y calurosos abriendo sus hojas verde azuladas, largas y  puntiagudas como espadas, en dirección al cielo. Como el tequila, también el álamo guarda en su piña una savia azucarada que se fermenta y convierte en alcohol, también le toma más de diez años en crecer y también florece una sola vez en la vida y muere a continuación. Sí, al final de sus días, después de los días dulces, desde el corazón del tallo, al álamo le brota un tronco delgado que parece elevarse sinuoso hacia el cielo hasta alcanzar unos diez metros y entonces, en los extremos de su último esfuerzo le brotan unas flores amarillas largas y menudas como chispas al sol. Luego se seca y muere. Quizá por eso suelen ser solitarios. Y quizá por eso prefieren vivir detrás de los cercos de piedra, a la vera de los caminos. Y quizá por eso, aún en tiempos del whastsapp, los amantes utilizan sus hojas para grabar un último mensaje de amor.
Mensajes de adiós grabados en hojas de álamo, al borde de la carretera a Tocas. En Colcabamba, Huancavelica.