Dulce animal, tiernísima bestia que te repliegas en el olvido para asaltarme siempre.
Blanca Varela
Viajaba en el autobús leyendo una novela. El protagonista se enfrascaba en una discusión política con su oponente y la escena lo había absorbido por completo. El bus se detuvo de pronto con un leve sacudón. La inercia lo obligó a detener la lectura y en un acto reflejo, se protegió del golpe con una mano. Levantó la mirada para ver quién abordaba. La observó. Espigada, saco, falda negra hasta las rodillas, ballerinas en los pies, el bolso en un hombro; cabello color chocolate, encrespado, largo hasta la cintura, húmedo, como si recién se acabara de pasar la toalla; piel canela, labios rojo ladrillo. Parecía una empleada bancaria camino al trabajo. Cerró el libro. “Qué bonita”, pensó. La mujer avanzó, recorrió el autobús con la mirada para escoger dónde sentarse; el bus casi ocupado, pocos asientos libres. “Siéntate aquí, siéntate aquí”, rogó dentro suyo; la mujer pareció escuchar el ruego y caminó en dirección al encuentro, pero escogió el asiento anterior a él; acomodó el bolso sobre su regazo, recogió su cabellera y la liberó sobre su pecho como quien libera una chalina. Continuó observándola. Ni tan fijo que pareciera un fisgón, ni tan alejado que pareciera indiferente. ¿Cómo se llamará? ¿Qué edad tendrá? ¿En qué trabajará? La mujer giró el rostro. Disculpa, le dijo; ¿puedo pasar mi cabello por detrás del espaldar? El del libro enmudeció ante la inesperada pregunta y porque no le quedaba claro a qué se refería ella con aquello de pasar el cabello por detrás del espaldar. Tengo el cabello húmedo y terminaré mojándome la espalda, ¿te molestaría si paso mi cabello por el espaldar para que se seque? No, por supuesto que no, respondió él y se quedó observando su boca. Tres pequeños lunares le coronaban los labios con ternura. La mujer sonrió en agradecimiento, reunió la cabellera en una cola de caballo y la liberó detrás del espaldar; las hebras color chocolate, ondeadas, largas, quedaron delante de él como una pequeña catarata. Le inundó entonces el recuerdo de una cabellera parecida, unos lunares parecidos, una boca parecida, un perfume parecido y en su cabeza, como si llevara puesto unos audífonos, comenzó a sonar esta canción.
