sábado, 30 de marzo de 2013

Ternitos

No habían vendido nada en todo el día. Desde que habían llegado a La Oroya, desde que el bus los había dejado a un costado de la carretera a Lima y se habían instalado en un rincón pedregoso y no reclamado de la feria dominical para vender su mercancía como el resto de ambulantes, la mala suerte los había señalado. El mantel de plástico tendido sobre el suelo seguía igual. Los ternos enanos mostrados sobre él, las pequeñas corbatas michi, las camisas liliputienses dobladas dentro de sus bolsos, seguían dorándose al sol desde la mañana. Ma, tengo hambre, dijo mi hermano. Espérate, hijito, ahorita vendemos algo y almorzaremos, dijo mi madre. Pero, no, nadie en La Oroya quería comprar ternos para niños. ¡Lleve los ternitos, casera!, pregonó mi madre. Nadie se detuvo. ¡Ternitos!, continuó, ¡ternitos!, hasta el cansancio. ¿Qué hora es, casero?, preguntó luego mi madre a un transeúnte. Más de las tres, le respondió. Al rato, el vendedor de lado empezó a desarmar su carpa. El del costado, también. ¿Ma, y ahora cómo vamos a regresar?, preguntó mi hermano. Un ratito más, hijo, dijo mi madre, algo venderemos. ¡Ternitos!, volvió a insistir, ¡ternitos! Una mujer de polleras se detuvo. ¿A cómo, los ternitos, casera?, preguntó. A tres millones, casera, respondió mi madre. No, qué va, dijo la mujer sin tocar las prendas. A dos millones ochocientos, se lo puedo dejar, retrucó mi madre fingiendo tranquilidad. No, qué va, muy caro, pues. A dos millones quinientos, ya. No, mamá, gracias. La mujer comenzó a caminar.  No seas mala, le dijo mi madre, cómprame algo. No he vendido nada en todo el día. Tengo que llevar a mi hijo a Huancayo y no tengo plata para regresar. La mujer miró a mi madre. A los ojos. Directo a los ojos y reconoció a otra madre. Preguntó por otro terno enano y lo compró.

¡Me dieron la visa!, grita mi madre al recibirme en casa. Qué bueno, ma, respondo feliz por ella. Me cuenta los detalles de la entrevista en la Embajada Norteamericana, mientras me sirve la cena. Hace planes, como una niña que va a hacer el primer viaje de su vida. Ahora podrá volar hasta Pensilvania y ver a su hijo graduarse de doctor en hidráulica en la Universidad de Pittsburgh. Me acuerdo de la historia de los ternitos que una vez me contó mi hermano evocando el hambre de los ochentas. Quiero recordarle aquella historia para resonarle que la vida da vueltas, que su esfuerzo por educar y mantener a sus seis hijos valió la pena. Pero ella sigue hablando de lo contenta que está. Llora. Me guardo la historia. Prefiero que llore de felicidad a que  recuerde ternitos.

3 comentarios:

  1. El esfuerzo de los padres jamas se podrá comparar con nada, es inagotable.

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  2. Felicitaciones Uli. Sigue escribiendo, un abrazo!

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