I. Valdrá la pena, Brasilia te
fascinará. Trata de que tu vuelo llegue por la tarde, a eso de las 5:30; el sol
alumbrará la ciudad desde el oeste y te ayudará a avivar los colores de las
fotos que tomarás desde el avión. Siéntate en la ventana derecha, delante de
las alas, verás la ciudad como la describen los libros de arquitectura moderna
y las agencias de turismo: una garza gigante con las alas extendidas; como el
picaflor de las líneas de Nazca, diría yo. La plaza de los tres poderes será la
cabeza; la avenida Monumental que une los Ministerios, el cuerpo; las viviendas
de los empleados públicos, las alas: un ave de cemento en medio del verde
bosque. El avión se ladeará hacia el sur en busca del aeropuerto y el espejo de
agua del lago norte, un lago artificial a manera de cerco acuático, concebido
en el Siglo XIX y construido en los cincuentas junto con la ciudad, y también
con forma de ave, aparecerá bajo tus pies. Verás con tus propios ojos cómo se
construye una urbe en medio de la selva, cómo se construye todo desde la nada,
cómo se muda una capital. Verás el edificio de la Universidad como la
sonrisa de una carita feliz; el Teatro Nacional, gigante, cónico y truncado
como una pirámide moche; el Puente Juscelino ondulando sus estructuras sobre el
lago como una lombriz blanca. ¡Ta´ qué locos estos brasileños!, dirás.
II. Alquila un auto. La ciudad ha sido diseñada para funcionar como una
factoría del Estado: rascacielos burocráticos, anchas y largas avenidas,
extensos parques: movilizarse caminando te reventaría los pies. Alquila un auto
con tus amigos. Te matarás de risa tirando monedas y pidiendo deseos en la
fuente del Palacio de La Alborada, la casa donde vive la presidenta
brasileña, y te darás cuenta que con tantas monedas que hay en el fondo alguien
del Estado se toma una caipirinha en tu nombre. Reirás comparando al Museo
Guimaraes con los anillos de Saturno; la Torre Digital, apuntado al
cielo desde el lomo de un cerro, flaco y alto con ramas, con una mata gigante
de maíz; te sentirás una hormiga en la plaza de los tres poderes, pero como
estarás con tus amigos eso no importará. Recuerda: viajar es convivir. Por eso es
importante que viajes con tus amigos. Con tus patas, quiero decir; los
verdaderos, los de toda la vida, los que te conocen años de años y te soportan,
te perdonan los errores y los defectos; no los amigos de última hora, mucho
menos amigos virtuales ni ciber amigos, recuerda: la amistad es como el vino:
requiere de años y años para que valga la pena. Nada se compara a explorar una
nueva ciudad al lado de tu manada, de la gente que ve el mundo como tú.
III. No te
angusties si viajas solo. Sin una mujer, sin una pareja, quiero decir. Puede
que las discotecas, los bares, los restaurantes sean más oscuros de lo que son
sin el cabello de la mujer de tu mala suerte al lado, sin su perfume
acedándote la cara, sin su cintura encajando en tus manos; puede que te acuerdes de los viajes que hiciste con ella y la cama
se convierta en un estadio vacío o que las noches sean más largas sin su cuerpo acodado a
tu derecha, sin su respiración acompasando los minutos. Puede ser. Puede que
envidies a tus amigos que sí han viajado con sus parejas. Pero no te
apenes. Ve a la Catedral Metropolitana, camina sus rincones.
Bajo el domo de cristales, las brasileñas se ven más hermosas de lo que son. Te
enamorarás de una de ellas. Bautízala con el nombre de mujer que más te gusta e
imagina que eres el personaje de una película norteamericana; una en que el
ladrón de bancos ha dado el golpe de su vida y huye al Brasil a darse la gran
vida con el botín. Verás que los escritores, los productores de la película no
exageraban. A la salida, compra un polo para el recuerdo, uno que diga: «Estive
em Brasilia e lembrei de vocé». Valdrá la pena, lo celebrarás. Como celebrarás
a fin de mes cuando llegue el consumo de la tarjeta de crédito. De la que me
libré, pensarás y ya no te importará tanto que la mujer de tu mala suerte no
escriba, no llame, que ya no ni se acuerde de ti.
IV. Para
regresar, ve al aeropuerto a las dos mañana. Hazme caso, todo tiene su porqué.
Sentirás frío, pero después de haber andado por las punas del Perú, ese frió
será un chiste. Siéntate en las ventanas del ala izquierda. El avión irá al
sur, a Sao Paulo, en su afán de volver a Lima. A esa hora, afuera todo será una
negra oscuridad. Excepto las luces de baliza y una “estrella” mañanera, que en
realidad es Venus, nada más brillará en el espacio. Estarás cansado, con la
mala noche, con la resaca del viaje, pero no te duermas. Ya te dije: todo tiene
su porqué. Mantén los ojos abiertos viendo la negra oscuridad de la que te
hablo. Cuando menos lo esperes, aparecerá una línea azulina en medio de ella.
Una línea que poco a poco dibujará un arco plano como el arco de un violín, de
colores como el arco iris, un arco que luego se volverá rojo, luego naranja y
luego amarillo; un arco que empezará siendo un hilo, luego un río y luego un mar.
El Sol aparecerá por el este y la oscuridad se habrá ido. Acuérdate bien de ese
momento: te servirá de mucho cuando, en Lima, ya de regreso en la realidad, una
de esas noches, te caiga encima un problema, o se te bajen las pilas, o te
pongas down. Hazme caso: esa imagen te ayudará.
Noto una melancolía amorosa en tus escritos. Crees que así como Miller, podrás encontrar a tu Marylin peruana?
ResponderEliminar=)
Saludos,
El amor, lo mismo que los viajes inolvidables, RR, empieza con curiosidad y termina en melancolía. No sé si consiga mi Marylin peruana, pero lo mismo que Colin Clark, con una semana con ella me doy por bien servido.
ResponderEliminarEl amor, lo mismo que los viajes inolvidables, RR, empieza con curiosidad y termina en melancolía. No sé si consiga mi Marylin peruana, pero lo mismo que Colin Clark, con una semana con ella me doy por bien servido.
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