sábado, 4 de julio de 2026

Catarata


Dulce animal, tiernísima bestia que te repliegas en el olvido para asaltarme siempre.
Blanca Varela


Viajaba en el autobús leyendo una novela. El protagonista se enfrascaba en una discusión política con su oponente y la escena lo había absorbido por completo. El bus se detuvo de pronto con un leve sacudón. La inercia lo obligó a detener la lectura y en un acto reflejo, se protegió del golpe con una mano. Levantó la mirada para ver quién abordaba. Espigada, saco, falda negra hasta las rodillas, ballerinas en los pies, el bolso en un hombro; cabello color chocolate, encrespado, largo hasta la cintura, húmedo, como si recién se acabara de pasar la toalla. Parecía una empleada bancaria camino al trabajo. Cerró el libro. “Qué bonita”, pensó. La mujer avanzó, recorrió el autobús con la mirada para escoger dónde sentarse; el bus casi ocupado, pocos asientos libres. “Siéntate aquí, siéntate aquí”, rogó dentro suyo; la mujer pareció escuchar el ruego y caminó en dirección al encuentro, pero escogió el asiento anterior a él; acomodó el bolso sobre su regazo, recogió su cabellera y la liberó sobre su pecho como quien libera una chalina. Continuó observándola. Ni tan fijo que pareciera un fisgón, ni tan alejado que pareciera indiferente. ¿Cómo se llamará? ¿Qué edad tendrá? ¿En qué trabajará? La mujer giró el rostro. Disculpa, le dijo; ¿puedo pasar mi cabello por detrás del espaldar? El del libro enmudeció ante la inesperada pregunta y porque no le quedaba claro a qué se refería con aquello de pasar el cabello por detrás del espaldar. Tengo el cabello húmedo y terminaré mojándome la espalda, ¿te molestaría si paso mi cabello por el espaldar para que se seque? No, por supuesto que no, respondió él y se quedó observando su boca. Tres pequeños lunares le coronaban los labios como puntos suspensivos. La mujer sonrió en agradecimiento, reunió la cabellera en una cola y la soltó detrás del espaldar; las hebras chocolate, ondeadas, largas, quedaron delante de él como una pequeña catarata. Le inundó entonces el recuerdo de una cabellera parecida, unos lunares parecidos, una boca parecida, un perfume parecido y en su cabeza, como si llevara puesto unos audífonos, comenzó a sonar esta canción.

domingo, 14 de febrero de 2016

La esquina


Esta historia me la contó mi hermano, hace algún tiempo. Estaba él en el cruce de Aviación y Javier Prado, al pie de la estación del tren eléctrico, esperando la llegada de un amigo, cuando reparó que en la acera de enfrente, entre la multitud que a esa hora atiborraba el paradero de autobuses de la Biblioteca Nacional, un hombre ciego iba y venía por la acera, iba y venía por la acera tanteando el suelo con un bastón. Parecía querer cruzar la avenida y no podía. Se sorprendió que nadie lo notara y que nadie lo asistiera. Entonces mi hermano cruzó la avenida, se acerco al hombre y le preguntó si necesitaba ayuda. No, gracias, le respondió el hombre y le dijo que lo que ocurría era que estaba inquieto porque hacía rato que esperaba a una mujer y esta no llegaba. ¿Me harías un favor?, le preguntó. Claro, dijo mi hermano. ¿Podrías fijarte, así como quien no quiere la cosa, si no anda por aquí cerca una mujer ciega también caminando por ahí con un bastón en la mano? Entonces mi hermano buscó, buscó, buscó a la mujer entre los ríos de gente que fluían presurosos por Aviación, Javier Prado y la estación del tren eléctrico y no, no halló a nadie. Lo siento, no veo a la persona que describes, le dijo con pena. Bueno, ya llegará, respondió el hombre y luego cada quien volvió a lo suyo. Cinco, diez, quince minutos pasaron hasta que mi hermano, desde la vereda de enfrente otra vez, vio como una mujer ciega con tiento negro apareció por detrás de la Biblioteca Nacional y tanteando tanteando, caminando caminando, se abrió paso entre la gente y llegó hasta el hombre ciego que iba y venía, iba venía con un bastón. Vio que se besaron. Vio que hablaron unos segundos y que luego se fueron caminando tomados de la mano por Aviación. Y hoy que pasé por San Borja y el semáforo me detuvo por unos minutos en aquella esquina, me acordé de la historia y busqué entre la gente una pareja de ciegos caminando juntos, tanteando el mundo con un bastón. Y no, no había.

viernes, 9 de octubre de 2015

Volar

Me invitaron a leerles cuentos, a hablarles de literatura. Entré al aula, los saludé, les dije que era colcabambino como ellos, que mi casa era aquel caserón de cancas y huerto verde que aun se mantiene de pie en la bajada a Campo Armiño, que había estudiado en el colegio Mayolo y que después me había ido a estudiar a Huancayo, a Lima y que alguna vez termine escribiendo en una isla al sur del Japón. Cierren sus ojos, les dije, ciérrenlos, pónganse cómodos e imaginen esta historia que les voy a contar. Entonces les leí:
Tres, dos, uno: ¡Ignición!, gritó la voz del abuelo por los audífonos. Un fuego rojo y denso comenzó a salir por las toberas, un fuego que se transformaba en un torrente de vapor turbulento que inundaba los alrededores. El terremoto de la nave rompiendo la inercia empezó a sacudirlo todo, las fuerzas de reacción apretujaron tu cuerpo, la nave levitó, aceleró y entonces, desde la cima pelada del cerro Plazapata, el Quillincho I despegó con dirección a la Luna. Te asomaste, pudiste ver el pueblo bajo tus pies. Colcabamba lucía como un estadio gigante y vacío, una hoyada cubierta de cultivos de habas, papa, maíz; las chacras eran alfombras a cuadros, retazos marrones, verdes, amarillos, cerros salpicados de árboles y diminutas casas de adobe y tejados de arcilla. Viste el río Colcabamba atravesando el valle de Pilcos, desembocando en el Mantaro, uniéndose luego al Apurímac, al Ene, sumándose al Perené, abriéndose paso en la selva con un camino cada vez más ancho en busca del Atlántico. A medida que la nave ascendía, viste esos ríos como hilos plateados que agrietaban una maqueta gigante del Perú: costas amarillas, sierras marrones, selvas verdes, como en tus libros de geografía. El día era diáfano y soleado. Observaste el Océano Pacífico acariciando la costa peruana con una espuma blanca, el perfil de guacamayo de la península de Guayas en Ecuador, la cóncava costa colombiana y la cintura de hormiga de Panamá; reconociste el apéndice colgado de Florida, la tripa de Cuba y Puerto Rico, el codo empinado de la península de Yucatán en México. Hasta que te fue imposible distinguir las costas de los mares. La tierra comenzó a tomar, poco a poco, la forma de un balón, un amasijo esférico, blanco, verde y azul, delante de un fondo negro; un fondo que terminó por imponerse hasta convertirlo todo en oscuridad. El terremoto terminó entonces. Los ruidos cesaron, el movimiento de la nave pasó a ser tan suave como la tranquilidad que sucede al despegue de un avión. ¿Estás bien?, te preguntó el abuelo. Dentro de la escafandra de cristal, reconociste sus párpados ajados, sus ojos de chino feliz. Sí, abuelito, respondiste. Trata de hablar lo menos posible, te indicó; debemos ahorrar oxígeno. Ahora el viaje será largo, pero tranquilo, no te asustes si sólo ves oscuridad. La oscuridad se lleno entonces de estrellas, tan al alcance de las manos que sentías tocarlas. Reconociste esa imagen. Era el mismo cielo negro e iridiscente que recordabas haber visto el año anterior, cuando atravesamos a medianoche las punas de Pampas, viajando sobre el camión del tío Máximo camino a Huancayo. Cerraste los ojos y los volviste a abrir. Tu cuerpo se sentía como una burbuja atrapada en el agua, queriendo ascender. Soltaste el cinturón de seguridad que te ataba al asiento y te dejaste llevar por la ingravidez. Tu cuerpo se alivianó como una pluma y quedaste suspendido, flotando, mirando aquel enjambre de luces sin final…
Y hubieran visto sus caras cuando terminé de leer la historia. Las caras de quienes acaban de pasear por un cuento, las caras de quienes acaban de vivir una vida, las caras de quienes acaban de regresar de la Luna. Y hablamos de qué les gustaría estudiar. Y hablamos de literatura, de música, de ingeniería. De sueños, de quechua, de Colcabamba. Y nos reímos. Y nos tomamos esta fotografía.