jueves, 16 de julio de 2026

La última lección de piano

Foto: archivo personal

Esto no va a salir bien, auguré al tomar asiento frente al teclado y observar que en aula de música yo era el único alumno veinteañero y los demás, niños que no pasaban de los diez. Esto no va a salir bien, me repetí cuando un par de minutos después, ingresó la profesora, acalló la conversación de todos con su sola presencia y fijó la mirada en mí como preguntando, qué hacía yo ahí si estaba escrito por todos lados que los padres debían esperar a sus hijos afuera de la academia. Esto no va a salir bien, me volví a decir cuando el aula se llenó de un rumor de sorpresa luego de presentarme y explicar que no era un padre de familia sino un alumno y que estaba ahí también para aprender a tocar el piano. Esto no va a salir bien, vaticiné, cuando unos minutos después, la profesora llegó hasta a mí y en el primer ejercicio, comprobó que mis dedos no sabían nada de la escala do mayor y que el único conocimiento de teoría musical que traía conmigo era el rasgueo de acordes de guitarra que sugerían los manuales Funky.

       Nico se convirtió en mi primer amigo. Me demostró sus dotes musicales. Nico que en realidad se llamaba Nicolás, pero que prefería que lo llamaran Nico a secas porque su segundo nombre le disgustaba mucho más; Nico que tenía nueve años, iba en el quinto mes en la academia, en cuarto año de primaria en la escuela y de grande quería ser ingeniero electrónico como su papá; Nico que al igual que yo, había aprovechado las ofertas navideñas de aquel 1999 del que les hablo, en las tiendas Hiraoka, para agenciarse de un teclado Casio; en mi caso, un CTK-811-EX, con cinco octavas, 140 sonidos de presets, pitcher bent y lectora de diskets para reproducir archivos Midi; Nico que de arranque me tuteó, olvidó los veinte años que le adelantaba en este mar de lágrimas y; es fácil, Ulises, vas a ver, sigue tus oídos nomás; me apuntaló a continuar el intento, me aconsejó el modo de adivinar el tempo de las canciones y leer las primeras notas en partituras.

      Esto va estar bacán, me dije en la segunda clase, el siguiente sábado por la mañana, cuando Helena, la profesora; Helena con H, como lo acentuó al presentarse; tomó revista de la primera tarea que me había dejado y comprobó que mis dedos ahora podían pasar la segunda octava con la escala do mayor casi sin errores; pero sobre todo, cuando sonrió al observar cómo Nico; metódico y acompasado, rítmico y riguroso; paseó los diez dedos sobre el teclado como un ciego leyendo braille y nos regaló a todos la oleada de colores sonoros del Himno a la Alegría de Beethoven. Unas semanas más y tocaré así; bromee tras el final de Nico, seguro de hacerla sonreír, seguro de que achinaría de nuevo aquellos ojitos orientales y que denotaban sus evidentes ancestros chinos o quizá japoneses; seguro de que me regalaría otra vez el paisaje níveo y tachonado de minúsculas pecas de su carita a lo Lucy Liu. Eso esperamos, señor Gutiérrez, respondió ella, sin ninguna sonrisa, sin ningún gesto que denotara algo más que la comunicación vertical de una profesora y su alumno, insistiendo en el usted a pesar de que, todo indicaba, éramos más o menos de la misma edad; el apático usted que no abandó en las siete clases en que fui su alumno.

      ¡Aquí, Ulises, aquí!, llamó Nico con las manos al verme de pie en la puerta del aula, con veinte minutos de retrazo, señalando el lugar que me había guardado a su lado, el día de mi última clase. ¿Qué te pasó?, indagó interesado en la razón de mi tardanza. Me quedé dormido. Anoche amanecí en la fiesta de un amigo, le confesé. Se nota, me dijo. Tienes los ojos rojos y hueles a chicle Adams con cerveza, sentenció, haciendo añicos mi camuflaje. Cuando tengas mi edad, entenderás, se me ocurrió excusarme y ahí, practicando otra vez la escala mayor, interpretando mis primeros do, re, mi, fa, sol, en el pentagrama, se me ocurrió en un momento observar a Helena con ojos de pianista, con ojos de músico. Mirar sus ojos chinitos, sus pecas, su rostro de piel aporcelanada y ahí fue cuando Nico preguntó si me gustaba la profesora. Sí, le respondí. Igualita a Lucy Liu, ¿sí o no? Sí, dijo él. No sé si consiente de saber quién era Lucy Liu y ahí fue también que Nico, haciendo valer la máxima de que sólo los niños y los locos dicen la verdad, levantó la mano y gritó: ¡profesora!, ¡profesora!, ¡dice Ulises que usted le gusta! ¡Wuuu!, gritó en coro el resto de la clase, dejando en claro su aprobación a la pareja en ciernes. Aprobación que no sirvió de nada porque minutos después, Helena, como quien no quiere la cosa, como quien va revisando el avance de cada alumno, llegó hasta a mí, pidió que hiciera el ejercicio y me borró la sonrisa de un certero plumazo. Qué mal, señor Gutiérrez, dijo sin rodeos al notar mis ojos rojos y mi olor chicle adams con cerveza; qué pésimo ejemplo le da usted a los niños, sentenció, sin importarle que mis dedos hacían su mejor trabajo en la segunda octava de la escala mayor del do. Yo que nunca serví de ejemplo de nada, yo que no quería ser un mal ejemplo a seguir, no pude con la vergüenza y no regresé más a la clases.

       Quizá si hubiera faltado a mi última clase de piano, habría aprendido a tocar el piano. Quizá si no hubiera amanecido con Los Grillos de Medianoche en una fiesta de rock con los amigos, allá en Los Olivos; quizá si me hubiera quedado en casa a dormir de corrido y recuperarme de la mala noche; quizá habría aprendido a tocar el piano y ahora mismo quitaría el protector al CTK-811-EX que hace de mesa en una esquina de mi dormitorio y me pondría a tocar Just the way you are, de Billy Joel, por ejemplo. Pero, no; aquel día a mí me dio por levantarme de la cama, darme un baño e ir a clase. A mí me dio por ir a ver el rostro de Helena otra vez.

lunes, 13 de julio de 2026

Teineirei, dos visitas en el cementerio de Chacarita

Foto: archivo personal

Convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo.

Jorge Luis Borges, “Arte poética”

 


El auto ingresó al cementerio Chacarita, en Buenos Aires, y se estacionó ante el pabellón de Nuestra Señora de La Merced.Fo Enfrente, los mausoleos del Panteón de Actores, elegantes, barrocos, clásicos, se extendían como una ciudad enana y fantasmal y contrastaban con la altura y enormidad del edificio de tres pisos y techo a dos aguas al que nos disponíamos a ingresar. Mario, su familia argentina y yo descendimos del auto cuidando el ramo de flores que traíamos con nosotros e ingresamos al pabellón como quien ingresa a un edificio de departamentos. Tras la puerta, una colmena de nichos apareció. Unos sobre otros, unos al lado de otros, las paredes de lápidas con el nombre de difuntos se extendían a ambos lados del pasadizo en un largo y solitario túnel alumbrado por la luz artificial de fluorescentes. Atravesamos el pasadizo, ascendimos al segundo piso y llegamos ante el sepulcro de la Vivi. Un manojo de flores en el florero denotaba que alguien más había estado ahí antes que nosotros. «Seguro que fue una de sus amigas», dijo la mamá de la Vivi. «Y, seguro que sí», dijo el papá. La hermana de la Vivi acomodó las flores, limpió la lápida y agregó el ramo que traíamos con nosotros. «Todo el mundo la quería», dijo Mario. «Lo imagino», dije yo. Mario peruano y la Vivi argentina, ambos nikkeis, se habían conocido en Japón, se habían enamorado en la Universidad de Osaka, pero, hijos al fin de esta Latinoamérica mestiza, habían decidido regresar y se establecieron en Buenos Aires. La muerte llegó años más tarde, pero no pudo separarlos.

           Rezamos. Rezar que, en mi caso, desde mi ateísmo, quiere decir monologar con mis muertos: mi padre, mi abuelo, mi tío Máximo. Hay muertos que siguen acompañándonos en los lugares donde aprendimos a quererlos. En los momentos en que requiero de una compañía celestial, cuando ando en busca de la explicación que no hallo en este mundo, recurro a la voz interior que habita en mí y me conecto con ellos. Les hablo y les hablo como si en verdad me escucharan, como si en verdad estuvieran vivos. Monologué en silencio también con la Vivi. Le dije que Mario y yo estábamos en Buenos Aires esperando a Marco y que en un par de días, los tres estaríamos en La Plata, tu ciudad natal, querida Vivi; nos alojaremos en tu casa e iremos al concierto de U2, ¡en las dos fechas que ofrecerá la banda! Imaginé a la Vivi sonriendo, diciendo: «Ay, Uli, ustedes son… ¿Todos los peruanos son así de musicales o solo los huancaínos?». Recordé la historia que Mario, hace un tiempo, a la luz de unas cervezas, me había contado. Él estaba en Panamá por trabajo y la Vivi en Buenos Aires, también por trabajo y, en las tantas conversaciones telefónicas que sostenían a diario, ella le había pedido que le leyera unas páginas de “Ojos de pez abisal” para imaginar que estaban otra vez juntos en el Japón, para imaginar cómo era el Huancayo donde Mario había nacido, la Lima norte donde había vivido, ese Perú que, años después,  conocería, por unas semanas. Aquello me alegró mucho, Vivi; me hizo muy feliz oír semejante historia. No hay momento más feliz para nosotros los escritores que cuando un lector nos cuenta la historia que ha vivido como si realmente hubiera acontecido.  Ojalá hubieras conocido Huancayo para mostrarte, para hablarte de Ticlio, la laguna Huacracocha, el puente Matachico tanto que te gustó la novela… «Mucho frío en Buenos Aires, eh», me dijo el papá de la Vivi en medio de mis elucubraciones. «En Lima estamos igual», respondí. «Mirá que tenemos que ganarle a Colombia, eh», agregó luego. «Y a Ecuador», dije yo para corresponder la solidaridad del “tenemos” referida a la obligación que tenía la selección peruana de fútbol de ganarle a los colombianos en Lima y luego a Ecuador de visitante si queríamos clasificar directo al Mundial 2018. «Mario, llévalo a Ulises a ver a Cerati», dijo en ese momento el padre de la Vivi. ¿Cerati?, dije yo. «El nicho de Cerati está aquí a la vuelta», dijo Mario. «¿En serio?», respondí incrédulo. No tenía idea de aquello. «Sí», replicó Mario. «En un rato vamos para que lo conozcas». En cortos minutos estábamos frente al sepulcro de Gustavo. El nombre en la lápida, el 11.08.1959 de la fecha de su nacimiento, el 04.09.2014, del día su muerte y los varios ramos de flores al lado, así lo demostraban. Le hablé también a Gustavo. Unas cortas y rápidas palabras, por supuesto. ¿Qué iba a estar yo distrayéndolo con mis cosas? Hola, Gustavo, le dije. Vengo de Lima, Perú. Nada, solo quería agradecerte por haberme acompañado tantas veces y por seguir acompañándome con tus canciones. Nada, solo eso, le dije y me despedí con una ojigi mental. Una teineirei. Esa reverencia de inclinar el dorso en cuarenta y cinco grados con la que los japoneses expresan un profundo respeto y un enorme agradecimiento.