Convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo.
Jorge Luis Borges, “Arte poética”
El auto ingresó al cementerio Chacarita, en Buenos Aires, y se estacionó ante el pabellón de Nuestra Señora de La Merced. Enfrente, los mausoleos del Panteón de Actores, elegantes, barrocos, clásicos, se extendían como una ciudad enana y fantasmal y contrastaban con la altura y enormidad del edificio de tres pisos y techo a dos aguas al que nos disponíamos a ingresar. Mario, su familia argentina y yo descendimos del auto cuidando el ramo de flores que traíamos con nosotros e ingresamos al pabellón como quien ingresa a un edificio de departamentos. Tras la puerta, una colmena de nichos apareció. Unos sobre otros, unos al lado de otros, las paredes de lápidas con el nombre de difuntos se extendían a ambos lados del pasadizo en un largo y solitario túnel alumbrado por la luz artificial de fluorescentes. Atravesamos el pasadizo, ascendimos al segundo piso y llegamos ante el sepulcro de la Vivi. Un manojo de flores en el florero denotaba que alguien más había estado ahí antes que nosotros. «Seguro que fue una de sus amigas», dijo la mamá de la Vivi. «Y, seguro que sí», dijo el papá. La hermana de la Vivi acomodó las flores, limpió la lápida y agregó el ramo que traíamos con nosotros. «Todo el mundo la quería», dijo Mario. «Lo imagino», dije yo. Mario peruano y la Vivi argentina, ambos nikkeis, se habían conocido en Japón, se habían enamorado en la Universidad de Osaka, pero, hijos al fin de esta Latinoamérica mestiza, habían decidido regresar y se establecieron en Buenos Aires. La muerte llegó años más tarde, pero no pudo separarlos.
Rezamos. Rezar que, en mi caso, desde mi ateísmo, quiere decir monologar con mis muertos: mi padre, mi abuelo, mi tío Máximo. Hay muertos que siguen acompañándonos en los lugares donde aprendimos a quererlos. En los momentos en que requiero de una compañía celestial, cuando ando en busca de la explicación que no hallo en este mundo, recurro a la voz interior que habita en mí y me conecto con ellos. Les hablo y les hablo como si en verdad me escucharan, como si en verdad estuvieran vivos. Monologué en silencio también con la Vivi. Le dije que Mario y yo estábamos en Buenos Aires esperando a Marco y que en un par de días, los tres estaríamos en La Plata, tu ciudad natal, querida Vivi; nos alojaremos en tu casa e iremos al concierto de U2, ¡en las dos fechas que ofrecerá la banda! Imaginé a la Vivi sonriendo, diciendo: «Ay, Uli, ustedes son… ¿Todos los peruanos son así de musicales o solo los huancaínos?». Recordé la historia que Mario, hace un tiempo, a la luz de unas cervezas, me había contado. Él estaba en Panamá por trabajo y la Vivi en Buenos Aires, también por trabajo y, en las tantas conversaciones telefónicas que sostenían a diario, ella le había pedido que le leyera unas páginas de “Ojos de pez abisal” para imaginar que estaban otra vez juntos en el Japón, para imaginar cómo era el Huancayo donde Mario había nacido, la Lima norte donde había vivido, ese Perú que, años después, conocería, por unas semanas. Aquello me alegró mucho, Vivi; me hizo muy feliz oír semejante historia. No hay momento más feliz para nosotros los escritores que cuando un lector nos cuenta la historia que ha vivido como si realmente hubiera acontecido. Ojalá hubieras conocido Huancayo para mostrarte, para hablarte de Ticlio, la laguna Huacracocha, el puente Matachico tanto que te gustó la novela… «Mucho frío en Buenos Aires, eh», me dijo el papá de la Vivi en medio de mis elucubraciones. «En Lima estamos igual», respondí. «Mirá que tenemos que ganarle a Colombia, eh», agregó luego. «Y a Ecuador», dije yo para corresponder la solidaridad del “tenemos” referida a la obligación que tenía la selección peruana de fútbol de ganarle a los colombianos en Lima y luego a Ecuador de visitante si queríamos clasificar directo al Mundial 2018. «Mario, llévalo a Ulises a ver a Cerati», dijo en ese momento el padre de la Vivi. ¿Cerati?, dije yo. «El nicho de Cerati está aquí a la vuelta», dijo Mario. «¿En serio?», respondí incrédulo. No tenía idea de aquello. «Sí», replicó Mario. «En un rato vamos para que lo conozcas». En cortos minutos estábamos frente al sepulcro de Gustavo. El nombre en la lápida, el 11.08.1959 de la fecha de su nacimiento, el 04.09.2014, del día su muerte y los varios ramos de flores al lado, así lo demostraban. Le hablé también a Gustavo. Unas cortas y rápidas palabras, por supuesto. ¿Qué iba a estar yo distrayéndolo con mis cosas? Hola, Gustavo, le dije. Vengo de Lima, Perú. Nada, solo quería agradecerte por haberme acompañado tantas veces y por seguir acompañándome con tus canciones. Nada, solo eso, le dije y me despedí con una ojigi mental. Una teineirei. Esa reverencia de inclinar el dorso en cuarenta y cinco grados con la que los japoneses expresan un profundo respeto y un enorme agradecimiento.
