Despierto
asustado por los gritos de pánico alrededor. El cansado autobús en el viajo a
Colcabamba, ha sucumbido al soroche de
las punas de Pampas, ha hundido las ruedas derechas en el lodo y ha
quedado ladeado al borde del abismo. Todos los pasajeros quieren bajar. Gritan,
desesperan, apuran como si el bus estuviera ya en caída libre. Desde mi ventana
veo que la situación no es tan grave, el abismo es una pendiente de ichu, el
fondo unas chacras de papa, así que guardo la calma y termino siendo el último
en bajar. La gente se arremolina alrededor del chofer y lo quiere linchar. Reclaman
a gritos el error de haber pegado el bus a la cuneta, cuando cualquiera que
haya transitado por esas rutas sabe que las lluvias humedecen los bordes de
tierra fina, tanto que en ella es fácil encallar. El chofer se disculpa, pero
la turba continua gritando. Yo prefiero subir a la orilla del camino para ver
mejor las estepas de ichu y frío en las que no camino desde que era niño y surcaba
esas carreteras en el camión de mi tío Máximo. Miro el bosque de pinos enanos
que nunca se adaptaron a las punas y quedaron liliputienses, los comparo con
mis recuerdos; miro el cerro de en frente con la carretera a Huancavelica
serpenteando como una culebra de asfalto, los mechones de ichu, el cielo triste
del invierno. Pero una imagen llama mi atención. Un perro bayo, lanudo y sucio,
aparece en lo alto. Sentado, el animal mira hacia nosotros y parece preguntarse
qué diablos hace tanta gente gritando en semejante puna, en semejante frío. Busco
a ver si hay otros perros, recordando la noticia que hace semanas leí acerca de perros salvajes que, por estas tierras, habían matado carneros. Pero, no, el
perro está solo. Solo sobre la lomada. Permanece así por varios segundos, pero
luego se yergue y camina en dirección al autobús. Con la cola alegre desciende
la cuesta casi a trancadas y llega caminando hasta el pie del tumulto. No
ladra, no gime, no hace ningún ruido. No mueve la cola. Solo observa. Ve al
chofer esgrimir disculpas y prometer que en un momento sacará el autobús del fango
y continuaremos el viaje; ve a la mujer más gritona amenazar con no volver a
viajar nunca más en esta maldita empresa, ve al resto de pasajeros calmarse
poco a poco. Pero nadie parece reparar en él. El perro ahora camina entre la
gente que se ha arrinconado a un lado de la vía para vigilar el trabajo del
chofer. Parece un fantasma, parece invisible, nadie lo llama, nadie lo
alimenta, nadie lo espanta. El animal camina, se sienta, camina como un
pasajero más hasta que el autobús se mueve, lucha contra las fuerzas de
gravedad y sale del fango. Los pasajeros pelean entonces por subir al autobús.
Uno a uno ocupan sus lugares, ríen con la casi volcadura que acabamos de pasar y
regresan cada quien a lo suyo. Soy el último en subir. El perro ha trepado hasta
lo alto del talud de la carretera y desde ahí, sentado, observa cómo el autobús
recupera aire y emprende de nuevo el viaje. Me detento en el pasadizo para ver
qué más hace. Desde el autobús, el perro se hace cada vez más pequeño, pero
permanece sentado en el mismo lugar, mirando hacia nosotros. El autobús avanza
y avanza con lentitud. Entonces el perro se yergue y con la cola triste regresa
caminando despacio por el mismo camino por donde apareció.
jueves, 13 de febrero de 2014
jueves, 30 de enero de 2014
La casa de cancas.
¿De
dónde traían las cancas?, pregunto. Uf, desde arriba, desde San Cristóbal,
responde mi madre, mientras me explica cómo fue que construyó mi abuelo la casa
en que estamos. Un grupo cortaba las piedras en bloques y otro, los traía al
hombro hasta aquí. Entonces imagino lo duro que debió haber sido aquella tarea.
Cortar la roca travertina, blanca y porosa como el queso, en ladrillos del
tamaño de una caja de frutas; llevarlos desde sus canteras, al hombro, por más
de una hora, por caminos de herradura hasta Colcabamba; encajarlos, unos a otros,
unirlos con la argamasa de barro para construir aquella casa de habitaciones
extensas, paredes altas y ventanas diminutas. El estuco de barro y paja de
trigo cubre hoy las paredes, pero la habitación a medio tarrajear en que estoy,
todavía deja ver el muro de cancas, su dermis de caliza con restos de plantas fosilizadas.
Hojas, tallos, frutos de sabe Dios qué vegetales, qué prehistorias llegadas a
esos confines de Huancavelica. Qué loco mi abuelo, pienso. Qué loca la gente de
entonces que construía sus casas con aquella piedra para luego cubrirlas con barro
y paja. ¿No era mejor ver fósiles de verdad en las paredes de tu casa? ¿No era
mejor presumir de ellos? Ojala hubiera una máquina del tiempo para viajar a esa
época, pienso. Una máquina que me llevara a mí y mis escuadras al momento en
que mi abuelo, hace más de cincuenta años, construía todo aquello. Decirle que
había que orientar las ventanas hacía el punto donde nace el sol, hacerlas más
grandes, amplias y bajas para ver siempre las montañas azules de La Banda, las
nubes lechosas, rollizas y coposas vagando en el cielo; para oír siempre el
rumor de pileta de agua del riachuelo que discurre al lado. Que había que
nivelar el patio, empedrarlo al estilo portugués para que el agua de lluvia se
juntara al centro y fluyera hacia el riachuelo; que había que derribar el muro
que divide la casa del huerto, para ver los árboles de palta, ciruelos y guindas
desde sus troncos; para ver, para oler la sábana verde de alfalfa, el rojo,
amarillo, blanco de los pensamientos; para oír mejor el ship-ship de los
chiwacos, el zum-zum de los picachitos, el cri-cri de los chillicos de
medianoche. Que había que hacer una puerta por la bajada al estadio para que
por ella entraran él, su caballo Elefante y el resto de acémilas sin correr el
riesgo de romperse las patas al bajar por escaleras de piedra que amenazan hoy en
la entrada. Imagino todo eso ahora que sobre un tablero de triplay, con
escuadras y regla «T», dibujo, a la antigua, el plano de la casa para proyectar
las mejoras. Mido las longitudes, anchos, alturas; y cada trazo de lápiz sobre
el papel, cada acotamiento sobre las paredes, cada replanteo métrico dentro de aquella
casa, revive al niño feliz que en ella fui. Una casa de habitaciones gigantes,
con un riachuelo y huerto al lado; con árboles, perros, cuyes, patos, caballos.
Con papá y mamá y cinco hermanos. Todo para mí. E imagino a mi abuelo mirando con
curiosidad lo que dibujo; diciendo, medio en quechua, medio en español aquello
que solía responder cada vez que le explicaba algo: A ver, pues, niñito; por
algo estarás pisando universidad. Y me imagino a mí también en la nueva casa de
cancas. Solo y eremita como él. Leyendo. Escribiendo.
martes, 31 de diciembre de 2013
Chat de año nuevo
Yo> ¿Qué hay?
Grillete: En que andas?
Yo> Chambeando.
Grillete: 31?
Yo> Pa que veas.
Grillete: En serio, pe, hueveras,
en que andas? Tengo un traguito. Habla.
Yo> No puedo, estoy
chambeando en la oficina. Yo, la PC
y los planos; más solo que una araña.
Grillete: En serio, pe, hueveras,
aquí tengo un roncito recién llegado de Nicaragua que me lo ha traído Cabeza de
otro cuerpo.
Yo> Cabeza de otro cuerpo? Qué
es de ese huevón. Yo lo hacía chambeando en Panamá.
Grillete: Dice que estaba en Panamá,
pero ahí conoció a una nicaragüense, dejó a su flaca panameña y se fue pa Nicaragua. Ven
a mi jato y te cuento la última de este pendejo.
Yo>Estoy chambeando, huevón.
Grillete: Qué estás haciendo?
Yo>Unos términos de referencia
que tengo que entregar el jueves 2,
a primera hora, de lo contrario la gente de Comas me declara
la guerra y me quema vivo.
Grillete: Adivina a quién me la
encontré hoy en la mañana en el Megaplaza.
Yo>A quién?
Grillete: A la Barbie superstar. «La
de los pies diminutos y los ojos color marrón hachís».
Yo>Shusha! No jodas! En
serio?
Grillete: Todavía te duele, no,
huevón.
Yo> No, ni cagando. Si no que
igual paltea, pues. No vaya a ser que yo vaya por el Mega y me la encuentre caminando
de la mano con el bisexual de su marido y la cagada, nos agarramos a trompadas.
Qué te dijo? Estaba sola? Te preguntó por mí?
Grillete: Sí, me preguntó por ti.
Yo> Qué dice?
Grillete: Ven a mi jato y te lo
cuento.
Yo> Estoy trabajando, huevón,
no entiendes?
Grillete: Se nota que no es feliz.
Yo> Uy, shusha! Por qué dices
eso?
Grillete: Ven a mi jato y te
cuento.
Yo> Puedo estar ahí como en
dos horas.
Grillete: No jodas, pues; ven
ahorita. Más tarde viene mi flaca, viene la familia, llega medianoche, ¡llega
el 2014!
Yo> Estas ahí?
Grillete: Sí, lo que pasa es que
acaba de llegar Cabeza de otro cuerpo. Dice que vengas ahorita para que te dé
tu botella de ron nicaragüense también. Pa quemes la saladera, dice. Pa
resetearte la suerte. En vez de cuy, te pasamos el ron, dice (así habla ahora
el huevón, se cree centro americano). Ha venido con el Loco. Esto se va armar,
huevón, ven. Sabes cómo le dicen ahora a Cabeza de otro cuerpo?
Yo> Cómo le dicen?
Grillete: Ven a mi jato y te lo
cuento.
Yo> Oe , huevón, a propósito,
tú sabes algo de una empresa que hace levantamientos topográficos usando drones?
Puro pelo me dijo que tú habías estado en la demostración que hicieron el otro
día en El Agustino. Tienes su tarjeta?
Grillete: A quien le
interesa la topografía en año nuevo, huevón. Ya apaga tu compu y ven para acá….Cabeza
de otro cuerpo ya sacó la guitarra y está tocando «The winner takes it all». Y después
dice que se va a mandar con «Claro que sé perder». Sin alusiones personales,
dice.
Yo> Lo que pasa es que dice
que con el dron, levantas 3 km2 en 10 minutos. Te hace curvas de nivel,
perfiles, todo lo que quieras. 700 cocos nada más. Sería bacán poner ese
servicio en mis términos de referencia.
Grillete: Dice el Loco que ya leyó
tu novela y que te va demandar por derechos de autor…Dice que ahora tiene una
historia mejor que contarte, para tu próximo libro. Una historia que sí es de
verdad, dice.
Yo> En serio, pe hueveras,
sabes algo de los drones?
Grillete: Aquí no tenemos drones,
pero tenemos rones.
Yo> Sabes o sabes?
Grillete: Ven a mi jato y te lo
cuento.
Grillete: Estas ahí?....Este
huevón.
Grillete: Oeeeeeeeeeeeee.
Grillete: ¿Estás viniendo? Todo era
una joda, huevón. Yo también estoy chambeando.
Grillete: No, mentira. Aquí
estamos. O no estamos? Oe… bueno, por si no nos vemos, Feliz 2014, pe, hueveras. Te mando un
abrazo. Tú sabes que eres mi pata… sabes, ¿no? O no sabes. Bueno, si no sabes,
ven a mi jato y te cuento.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Me encontré con alguien y me quedé conversando
Mamá
sale a hacer compras al mercado. A su edad no está para esas tareas, pero ella
insiste en que morirá haciéndolo. A dos cuadras de casa, ve a una mujer de
polleras dobles y trenzas canas, sentada a un costado de la vereda, pegada a un
pequeño jardín. La ha visto desde que dio vuelta la esquina y le ha llamado la
atención la quietud con que la mujer recibe el sol y por eso se acerca a ella.
No deberías solearte tanto, le dice mi mamá en quechua. La mujer la mira con
desconfianza y toma su sombrero. Aquí el sol hace daño, continua mi mamá en
quechua, te puedes quemar. La mujer se yergue con dificultad. Estoy parada,
nomás, responde también en quechua. Entonces le cuenta su vida. Está en Lima
desde hace dos semanas, su hija la ha traído desde un pueblo de Abancay para
hacerla ver en el hospital porqué está enferma y no saben qué tiene. No
entiende español, sólo habla quechua y por eso no puede comunicarse con nadie.
No puede hablar con su nieto, ni con su yerno, ni con su hija, ni con nadie
porque todos sólo hablan español y todo el día andan afuera de la casa,
trabajando, estudiando y la dejan sola. No vayas a abrirle la puerta a nadie, le
han advertido; no vayas a conversar con nadie. Pero hoy no ha soportado más y
ha juntado la puerta y salido un ratito a la calle para solearse un poquito nomás.
Mi mamá le cuenta que ella viene de Huancavelica, de Colcabamba, un pueblo cerca al río
Mantaro. La mujer le dice que de donde ella viene también hay un río y que
extraña mucho a su pueblo, que no se acostumbra y que en Lima ella no podría
vivir nunca. He vendido todo mi ganado para venir a curarme y me he quedado sin
nada, cuenta llorando. Ni cuyes ya tengo. No llores, le dice mi mamá. Tengo
miedo, le confiesa, no sé qué es lo que tengo; hace días que no puedo dormir.
Rézale a Dios, le aconseja mi mamá. En las noches, cuando estás así, rézale a
Dios, habla con él, cuéntale todo lo que te pasa. Yo también, hace años estuve
mal, pero aquí me curaron. No llores. No puedo ir a ningún lado, dice la mujer.
Ni rezar puedo porque mi hija aquí se ha vuelto evangelista y dice que Corazón
de Jesús no existe. La iglesia de San Columbano está aquí cerca, le dice mi
mamá y le señala la cruz de la iglesia que se cuela por entre las azoteas del
mercado. Sí quieres, el domingo podemos ir. La mujer deja de llorar. Pensé que
ya nunca iba a hablar con nadie más, dice ahora riendo.
Mamá
llega a casa. Usualmente tarda media hora en regresar del mercado, pero hoy ha
transcurrido más de hora y media y ya me tenía preocupado. ¿Qué paso, mami?, le
pregunto. Me encontré con alguien y me quedé conversando, me dice y
me cuenta la historia. Corre a encender la cocina al terminarla. Yo corro a encender
la laptop para escribirla.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Un nuevo reality
Se me ocurre un nuevo reality. Los participantes, hombres y mujeres, agrupados en dos
equipos, todos ellos guapos, guapas, buen cuerpo, sonrisa perfecta y todo eso, modelos
que le dicen, pasan seis meses en un set de televisión preparándose para
ingresar a la universidad. Digamos que a la UNI. Digamos nomás. Seis meses intensivos
de geometría, álgebra, física y química. Obvio, gana el equipo que más
cachimbos tenga. O por último, gana el que ingresa a la universidad. Se
permiten parejas (de estudio, se entiende). Se permite que chapen entre ellos,
que tengan relaciones, que tengan hijos, que los ampayen con otro. Lo que sea,
todo con el fin de lograr el objetivo (tampoco nos vamos a poner cucufatos,
¿no?, total cada loco con su tema) En el ínterin, lo mismo que en otros programas,
cámaras ocultas de los participantes quemando cerebro, entrando en trompo, delirando
entre sueños de tanto estudiar. Entrevistas a los familiares y amigos. Imágenes
de padres orgullosos, conmovidos con el esfuerzo de sus cachorros; bromas y anécdotas
de los amigos y vecinos para demostrar que los participantes no son cualquier
chancay, sino que pasaron un riguroso y exigente casting, pues. Que los participantes compartan habitación, todos en
fila, como reclutas en una barraca. Que convivan día y noche, estudie y estudie,
practique y practique, de la mano de su personal
trainer, su sensei científico, mismo
«La Voz», compartiendo tips,
resolviendo exámenes pasados y, de vez en cuando, rajando de fulano o de
mengano, como en la vida real pues, ¿no? A la hora de las pruebas, en vivo y en
directo y en high definition, por
supuesto, torta en la cara para el que no encuentre la ecuación de la recta,
come vísceras crudas el que confunde la tercera ley de la termodinámica con «a
la tercera va la vencida», pierde el pelo a punta de tijerazos el que no sabe
el valor de pi o la constante de gravedad. Una voz en off (de alguien que sabe lo que dice, se supone) corrige, también en
vivo y en directo, los errores. No pues, papito, así no se traza una bisectriz;
no, hijita, el símbolo del potasio es
«k», no «Po». Cosas así. Salta de alegría y mueve el poto para la audiencia,
el primero que logra demostrar la fórmula del anillo bencénico, por ejemplo; baila
como un mono y hace gestos de primate, el primero que aplica bien el teorema de
Poncelet; saca la lengua a la cámara y saca cachitas a los demás, el primero
que resuelve una ecuación de tercer grado sin aplicar matrices. O mejor aún, un
viaje de cinco días de sol, playa y tragos, a Punta Cana, all included, para el primero que resuelva el examen de admisión
1988 que, según algunos, fue el examen más tranca de todos los tiempos. Pruebas
así. Cosas así. Digo, de paso los televidentes, niños, jóvenes y no tan jóvenes,
también aprenden un poquito de matemáticas, ¿no? Aunque sea lo suficiente como
para que la gente reciba bien el vuelto del mercado. O para ver si así el Perú deja
los últimos lugares de las pruebas internacionales PISA. Digo, es una idea
nomás.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Donde bebe agua el gavilán
Camino en dirección al manantial de Ancapaupiana. El
mismo camino que recorría con mi madre y mis hermanas cuando íbamos a lavar la
ropa. En casa teníamos agua potable, pero mamá prefería lavar en Ancapaupiana.
¿Por qué, ma? ¿Por qué tenemos que ir hasta allá si podemos lavar las ropas en
casa? Porque es diferente, pues, hijo, Ancapaupiana
es un puquio. Y sí pues, Ancapapaupiana era un puquio. Y no cualquier puquio: Ancapaupiana, «donde bebe agua el gavilán». No recorro estos pasos desde que
era un niño, pero parece que lo hubiese hecho ayer. La casa de barro ocre de
mama Defe y su pequeño corral de cerdos siguen marcando el inicio del camino desde
la carretera a Tocas, las peñas color azafrán cortadas como escalones de piedra
siguen empinándose hacia la cumbre; el sendero de álamos, el bosque de
eucaliptos, los arbusto de chilca, siguen señalando la ruta a seguir. Pero ya
no está la acequia por la que bajaban las aguas de aquel manantial. El pequeño
torrente ya no existe. Un sendero de tierra roja ocupa ahora su lugar. Desde
que las aguas son captadas en el mismo ojo de agua, desde hace varios años, y guardadas
en un estanque de concreto para abastecer al barrio de Virgen del Carmen, el
agua ya no baja por este lado de Colcabamba. Es un sentimiento raro. No ver la
acequia, no escuchar el rumor del agua saltando las piedras, me deja un
sentimiento de ausencia. Pero sigo caminando. No hay nadie, sólo los mismos
álamos, las mismas piedras en que tendíamos la ropa para secarse al sol. ¿Para
qué habría que ir a un manantial que ya no sirve? Camino. Asciendo por el
sendero cada vez más empinado. Miro al cielo no hay gavilanes volando. No he
visto ninguno hoy, pero cuando era niño, los veía con frecuencia. Marrones y solitarios
planeaban en círculos en lo alto y se posaban aquí. Aquí, entre las rocas y los
tunales. ¿Por qué un manantial en un cerro tan seco?, me pregunto y miro las
cumbres. Solo rocas, tierra roja y espinos silvestres. ¿Qué hacía una vena de
agua dulce entre un manto de roca ígnea? Asciendo y asciendo hasta que
encuentro el tanque. Una cuba rectangular de cemento adosado al camino. Me
acerco. Debe tener unos diez metros cúbicos, me digo a ojo de buen ingeniero sanitario.
Lo reviso, lo analizo, lo ausculto. Toda la estructura está cubierta; la tapa
de inspección, bloqueada, pero adentro se oye el sonido del agua cayendo al
espejo. Un sonido, agudo, gutural, amplificado por el eco del vacío. Encuentro
la línea de aducción, la línea que alimenta el reservorio. Su dermis ploma de
plástico aflora de la tierra roja como una piel mal oculta. La palpo. El
gorgoteo en el interior delata la trayectoria del agua fluyendo y sigo el ruido
hasta llegar al ojo de agua. Lo reconozco. Reconozco el camino de rocas por
donde antes fluía el agua del manantial, el tazón natural de piedra en que nos
bañábamos los niños y las madres lavaban la ropa. Está seca, pero todavía
tienen la superficie pulida por los miles de años del agua desgastándola. Me aproximo.
Un cerco de alambre de púas resguarda la toma. Una pared de piedra y cemento
cubre el ojo del manantial. Es la manera como, en la UNI, me enseñaron a captar
un manantial, pero no poder ver el ojo, me entristece. Como no poder los ojos
de un rostro querido al que uno no ve muchos años. Doy vuelta al lugar. Una
vena raquítica escapa de la toma y fluye al natural como antes lo hacía todo el
torrente. Un hilo de agua, apenas. Menos que el caudal de un caño abierto. Pero
sigo la vena, el cerco de rakirakis que separan de las rocas hasta encontrarla
estancada en una poza enana. Entonces sumerjo mis manos y bebo el agua dulce. La
bebo como si fuera un gavilán.
lunes, 28 de octubre de 2013
Colcabamba
En
Colcabamba, éramos una manada de cinco: Jhony, Charango, Humberto, Arón y yo. A
un silbido en clave, salíamos de nuestras casas, nos encontrábamos en la subida
de la carretera a Tocas y salíamos a explorar nuestro pequeño mundo, de Waychao
a Tocas; de los Amarus de San Cristóbal hasta el río Mantaro. Por estos meses
abundaban los choclos, entonces nos íbamos a robar cañas a las chacras de
tierra roja que habían en el camino al manantial de Moccomocco; unas cañas
moradas, largas, rajadas en el tallo, dulces como la caña de azúcar. Entrábamos
a las chacras, rompíamos el tallo, botábamos el choclo, y nos íbamos a la pampa
del estadio a tirarnos de panza, mascando la pulpa hasta que nos duelan las
mandíbulas. Y ahí nos quedábamos. Primero viendo cómo el bagazo que tirábamos
al río surfeaba las olas, los meandros y luego se perdía en el túnel del puente
camino al Mantaro. Después, panza arriba, para ver si algún avión mudo se
aparecía en el cielo, arriba en lo alto, cruzando las nubes con su panza plateada
con dirección quién sabe a dónde. Después otra vez panza abajo, viendo los
cerros de la banda, la bajada a Campo Armiño, la carretera a Tocas, la
carretera a Huancayo: las cuatro vías por las que uno dejaba el pueblo,
compitiendo a ver quién tenía la vista de un quillincho y podía ubicar los camiones que a lo lejos, en las
carreteras que dibujan zetas en los cerros, se perdían en el horizonte. Cientos
de veces. Reunirnos, robar cañas, tirarnos panza arriba, hablar de lo que sea. Reírnos.
Matarnos de risa. Ciento de veces observando los horizontes. Pero nadie hablaba
de irse.
No recuerdo quien se fue primero. Creo que fui yo. El hecho que a los pocos años la manada ya no existía. Con la adolescencia, la juventud; por estudios, por trabajo, por necesidad, todos nos fuimos y nadie se quedó en Colcabamba. Estábamos condenados a irnos porque, como alguien en la residencia universitaria de la UNI me dijo alguna vez, en el Perú, los pueblos existen para nacer, crecer y luego irse; y las ciudades, para seguir creciendo y morir en ella. O morir en el intento. Pero también alguien, un colcabambino, una vez, en una de las presentaciones de «The Cure en Huancayo», en Huancayo, en la firma de libros, me dijo que había leído «La despedida», un cuento en el que el personaje se va Colcabamba, y me dijo que, en el caso de Colcabamba, había que irse de aquel pueblo para hablar de ella, para que alguien supiera que existe. Pero que un día había que volver. Por eso, mañana que estaré de vacaciones, viajaré a Colcabamba. Regresaré como regresa el Zancudo a Samaylla en «Ojos de pez abisal»: en el día de los muertos. Iré al manantial de Moccomocco, a las chacras de tierra roja, robaré una caña y me tiraré panza arriba en la curva de Cóndormocco, mirando el cielo. Con la música de mi iPod a todo volumen, echando de menos a algunas mujeres, buscando, entre las nubes, la panza plateada de algún avión.
Foto:archivo personal.
No recuerdo quien se fue primero. Creo que fui yo. El hecho que a los pocos años la manada ya no existía. Con la adolescencia, la juventud; por estudios, por trabajo, por necesidad, todos nos fuimos y nadie se quedó en Colcabamba. Estábamos condenados a irnos porque, como alguien en la residencia universitaria de la UNI me dijo alguna vez, en el Perú, los pueblos existen para nacer, crecer y luego irse; y las ciudades, para seguir creciendo y morir en ella. O morir en el intento. Pero también alguien, un colcabambino, una vez, en una de las presentaciones de «The Cure en Huancayo», en Huancayo, en la firma de libros, me dijo que había leído «La despedida», un cuento en el que el personaje se va Colcabamba, y me dijo que, en el caso de Colcabamba, había que irse de aquel pueblo para hablar de ella, para que alguien supiera que existe. Pero que un día había que volver. Por eso, mañana que estaré de vacaciones, viajaré a Colcabamba. Regresaré como regresa el Zancudo a Samaylla en «Ojos de pez abisal»: en el día de los muertos. Iré al manantial de Moccomocco, a las chacras de tierra roja, robaré una caña y me tiraré panza arriba en la curva de Cóndormocco, mirando el cielo. Con la música de mi iPod a todo volumen, echando de menos a algunas mujeres, buscando, entre las nubes, la panza plateada de algún avión.
Foto:archivo personal.
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