jueves, 13 de febrero de 2014

Perro estepario

Despierto asustado por los gritos de pánico alrededor. El cansado autobús en el viajo a Colcabamba, ha sucumbido al soroche de  las punas de Pampas, ha hundido las ruedas derechas en el lodo y ha quedado ladeado al borde del abismo. Todos los pasajeros quieren bajar. Gritan, desesperan, apuran como si el bus estuviera ya en caída libre. Desde mi ventana veo que la situación no es tan grave, el abismo es una pendiente de ichu, el fondo unas chacras de papa, así que guardo la calma y termino siendo el último en bajar. La gente se arremolina alrededor del chofer y lo quiere linchar. Reclaman a gritos el error de haber pegado el bus a la cuneta, cuando cualquiera que haya transitado por esas rutas sabe que las lluvias humedecen los bordes de tierra fina, tanto que en ella es fácil encallar. El chofer se disculpa, pero la turba continua gritando. Yo prefiero subir a la orilla del camino para ver mejor las estepas de ichu y frío en las que no camino desde que era niño y surcaba esas carreteras en el camión de mi tío Máximo. Miro el bosque de pinos enanos que nunca se adaptaron a las punas y quedaron liliputienses, los comparo con mis recuerdos; miro el cerro de en frente con la carretera a Huancavelica serpenteando como una culebra de asfalto, los mechones de ichu, el cielo triste del invierno. Pero una imagen llama mi atención. Un perro bayo, lanudo y sucio, aparece en lo alto. Sentado, el animal mira hacia nosotros y parece preguntarse qué diablos hace tanta gente gritando en semejante puna, en semejante frío. Busco a ver si hay otros perros, recordando la noticia que hace semanas leí acerca de perros salvajes que, por estas tierras, habían matado carneros. Pero, no, el perro está solo. Solo sobre la lomada. Permanece así por varios segundos, pero luego se yergue y camina en dirección al autobús. Con la cola alegre desciende la cuesta casi a trancadas y llega caminando hasta el pie del tumulto. No ladra, no gime, no hace ningún ruido. No mueve la cola. Solo observa. Ve al chofer esgrimir disculpas y prometer que en un momento sacará el autobús del fango y continuaremos el viaje; ve a la mujer más gritona amenazar con no volver a viajar nunca más en esta maldita empresa, ve al resto de pasajeros calmarse poco a poco. Pero nadie parece reparar en él. El perro ahora camina entre la gente que se ha arrinconado a un lado de la vía para vigilar el trabajo del chofer. Parece un fantasma, parece invisible, nadie lo llama, nadie lo alimenta, nadie lo espanta. El animal camina, se sienta, camina como un pasajero más hasta que el autobús se mueve, lucha contra las fuerzas de gravedad y sale del fango. Los pasajeros pelean entonces por subir al autobús. Uno a uno ocupan sus lugares, ríen con la casi volcadura que acabamos de pasar y regresan cada quien a lo suyo. Soy el último en subir. El perro ha trepado hasta lo alto del talud de la carretera y desde ahí, sentado, observa cómo el autobús recupera aire y emprende de nuevo el viaje. Me detento en el pasadizo para ver qué más hace. Desde el autobús, el perro se hace cada vez más pequeño, pero permanece sentado en el mismo lugar, mirando hacia nosotros. El autobús avanza y avanza con lentitud. Entonces el perro se yergue y con la cola triste regresa caminando despacio por el mismo camino por donde apareció. 

jueves, 30 de enero de 2014

La casa de cancas.

¿De dónde traían las cancas?, pregunto. Uf, desde arriba, desde San Cristóbal, responde mi madre, mientras me explica cómo fue que construyó mi abuelo la casa en que estamos. Un grupo cortaba las piedras en bloques y otro, los traía al hombro hasta aquí. Entonces imagino lo duro que debió haber sido aquella tarea. Cortar la roca travertina, blanca y porosa como el queso, en ladrillos del tamaño de una caja de frutas; llevarlos desde sus canteras, al hombro, por más de una hora, por caminos de herradura hasta Colcabamba; encajarlos, unos a otros, unirlos con la argamasa de barro para construir aquella casa de habitaciones extensas, paredes altas y ventanas diminutas. El estuco de barro y paja de trigo cubre hoy las paredes, pero la habitación a medio tarrajear en que estoy, todavía deja ver el muro de cancas, su dermis de caliza con restos de plantas fosilizadas. Hojas, tallos, frutos de sabe Dios qué vegetales, qué prehistorias llegadas a esos confines de Huancavelica. Qué loco mi abuelo, pienso. Qué loca la gente de entonces que construía sus casas con aquella piedra para luego cubrirlas con barro y paja. ¿No era mejor ver fósiles de verdad en las paredes de tu casa? ¿No era mejor presumir de ellos? Ojala hubiera una máquina del tiempo para viajar a esa época, pienso. Una máquina que me llevara a mí y mis escuadras al momento en que mi abuelo, hace más de cincuenta años, construía todo aquello. Decirle que había que orientar las ventanas hacía el punto donde nace el sol, hacerlas más grandes, amplias y bajas para ver siempre las montañas azules de La Banda, las nubes lechosas, rollizas y coposas vagando en el cielo; para oír siempre el rumor de pileta de agua del riachuelo que discurre al lado. Que había que nivelar el patio, empedrarlo al estilo portugués para que el agua de lluvia se juntara al centro y fluyera hacia el riachuelo; que había que derribar el muro que divide la casa del huerto, para ver los árboles de palta, ciruelos y guindas desde sus troncos; para ver, para oler la sábana verde de alfalfa, el rojo, amarillo, blanco de los pensamientos; para oír mejor el ship-ship de los chiwacos, el zum-zum de los picachitos, el cri-cri de los chillicos de medianoche. Que había que hacer una puerta por la bajada al estadio para que por ella entraran él, su caballo Elefante y el resto de acémilas sin correr el riesgo de romperse las patas al bajar por escaleras de piedra que amenazan hoy en la entrada. Imagino todo eso ahora que sobre un tablero de triplay, con escuadras y regla «T», dibujo, a la antigua, el plano de la casa para proyectar las mejoras. Mido las longitudes, anchos, alturas; y cada trazo de lápiz sobre el papel, cada acotamiento sobre las paredes, cada replanteo métrico dentro de aquella casa, revive al niño feliz que en ella fui. Una casa de habitaciones gigantes, con un riachuelo y huerto al lado; con árboles, perros, cuyes, patos, caballos. Con papá y mamá y cinco hermanos. Todo para mí. E imagino a mi abuelo mirando con curiosidad lo que dibujo; diciendo, medio en quechua, medio en español aquello que solía responder cada vez que le explicaba algo: A ver, pues, niñito; por algo estarás pisando universidad. Y me imagino a mí también en la nueva casa de cancas. Solo y eremita como él. Leyendo. Escribiendo.

martes, 31 de diciembre de 2013

Chat de año nuevo

Grillete: Habla.
Yo> ¿Qué hay?
Grillete: En que andas?
Yo> Chambeando.
Grillete: 31?
Yo> Pa que veas.
Grillete: En serio, pe, hueveras, en que andas? Tengo un traguito. Habla. 
Yo> No puedo, estoy chambeando en la oficina. Yo, la PC y los planos; más solo que una araña.
Grillete: En serio, pe, hueveras, aquí tengo un roncito recién llegado de Nicaragua que me lo ha traído Cabeza de otro cuerpo.
Yo> Cabeza de otro cuerpo? Qué es de ese huevón. Yo lo hacía chambeando en Panamá.
Grillete: Dice que estaba en Panamá, pero ahí conoció a una nicaragüense, dejó a su flaca panameña y se fue pa Nicaragua. Ven a mi jato y te cuento la última de este pendejo.
Yo>Estoy chambeando, huevón.
Grillete: Qué estás haciendo?
Yo>Unos términos de referencia que tengo que entregar el jueves 2, a primera hora, de lo contrario la gente de Comas me declara la guerra y me quema vivo.  
Grillete: Adivina a quién me la encontré hoy en la mañana en el Megaplaza.
Yo>A quién?
Grillete: A la Barbie superstar. «La de los pies diminutos y los ojos color marrón hachís».   
Yo>Shusha! No jodas! En serio?
Grillete: Todavía te duele, no, huevón.
Yo> No, ni cagando. Si no que igual paltea, pues. No vaya a ser que yo vaya por el Mega y me la encuentre caminando de la mano con el bisexual de su marido y la cagada, nos agarramos a trompadas. Qué te dijo? Estaba sola? Te preguntó por mí?
Grillete: Sí, me preguntó por ti.
Yo> Qué dice?
Grillete: Ven a mi jato y te lo cuento.
Yo> Estoy trabajando, huevón, no entiendes?
Grillete: Se nota que no es feliz.
Yo> Uy, shusha! Por qué dices eso?
Grillete: Ven a mi jato y te cuento.
Yo> Puedo estar ahí como en dos horas.
Grillete: No jodas, pues; ven ahorita. Más tarde viene mi flaca, viene la familia, llega medianoche, ¡llega el 2014!

Yo> Estas ahí?
Grillete: Sí, lo que pasa es que acaba de llegar Cabeza de otro cuerpo. Dice que vengas ahorita para que te dé tu botella de ron nicaragüense también. Pa quemes la saladera, dice. Pa resetearte la suerte. En vez de cuy, te pasamos el ron, dice (así habla ahora el huevón, se cree centro americano). Ha venido con el Loco. Esto se va armar, huevón, ven. Sabes cómo le dicen ahora a Cabeza de otro cuerpo?    
Yo> Cómo le dicen?
Grillete: Ven a mi jato y te lo cuento.
Yo> Oe , huevón, a propósito, tú sabes algo de una empresa que hace levantamientos topográficos usando drones? Puro pelo me dijo que tú habías estado en la demostración que hicieron el otro día en El Agustino. Tienes su tarjeta?
Grillete: A quien le interesa la topografía en año nuevo, huevón. Ya apaga tu compu y ven para acá….Cabeza de otro cuerpo ya sacó la guitarra y está tocando «The winner takes it all». Y después dice que se va a mandar con «Claro que sé perder». Sin alusiones personales, dice.
Yo> Lo que pasa es que dice que con el dron, levantas 3 km2 en 10 minutos. Te hace curvas de nivel, perfiles, todo lo que quieras. 700 cocos nada más. Sería bacán poner ese servicio en mis términos de referencia.
Grillete: Dice el Loco que ya leyó tu novela y que te va demandar por derechos de autor…Dice que ahora tiene una historia mejor que contarte, para tu próximo libro. Una historia que sí es de verdad, dice.  
Yo> En serio, pe hueveras, sabes algo de los drones?
Grillete: Aquí no tenemos drones, pero tenemos rones.
Yo> Sabes o sabes?
Grillete: Ven a mi jato y te lo cuento.

Grillete: Estas ahí?....Este huevón.
Grillete: Oeeeeeeeeeeeee.
Grillete: ¿Estás viniendo? Todo era una joda, huevón. Yo también estoy chambeando.

Grillete: No, mentira. Aquí estamos. O no estamos? Oe… bueno, por si no nos vemos, Feliz 2014, pe, hueveras. Te mando un abrazo. Tú sabes que eres mi pata… sabes, ¿no? O no sabes. Bueno, si no sabes, ven a mi jato y te cuento. 

sábado, 14 de diciembre de 2013

Me encontré con alguien y me quedé conversando

Mamá sale a hacer compras al mercado. A su edad no está para esas tareas, pero ella insiste en que morirá haciéndolo. A dos cuadras de casa, ve a una mujer de polleras dobles y trenzas canas, sentada a un costado de la vereda, pegada a un pequeño jardín. La ha visto desde que dio vuelta la esquina y le ha llamado la atención la quietud con que la mujer recibe el sol y por eso se acerca a ella. No deberías solearte tanto, le dice mi mamá en quechua. La mujer la mira con desconfianza y toma su sombrero. Aquí el sol hace daño, continua mi mamá en quechua, te puedes quemar. La mujer se yergue con dificultad. Estoy parada, nomás, responde también en quechua. Entonces le cuenta su vida. Está en Lima desde hace dos semanas, su hija la ha traído desde un pueblo de Abancay para hacerla ver en el hospital porqué está enferma y no saben qué tiene. No entiende español, sólo habla quechua y por eso no puede comunicarse con nadie. No puede hablar con su nieto, ni con su yerno, ni con su hija, ni con nadie porque todos sólo hablan español y todo el día andan afuera de la casa, trabajando, estudiando y la dejan sola. No vayas a abrirle la puerta a nadie, le han advertido; no vayas a conversar con nadie. Pero hoy no ha soportado más y ha juntado la puerta y salido un ratito a la calle para solearse un poquito nomás. Mi mamá le cuenta que ella viene de Huancavelica, de Colcabamba, un pueblo cerca al río Mantaro. La mujer le dice que de donde ella viene también hay un río y que extraña mucho a su pueblo, que no se acostumbra y que en Lima ella no podría vivir nunca. He vendido todo mi ganado para venir a curarme y me he quedado sin nada, cuenta llorando. Ni cuyes ya tengo. No llores, le dice mi mamá. Tengo miedo, le confiesa, no sé qué es lo que tengo; hace días que no puedo dormir. Rézale a Dios, le aconseja mi mamá. En las noches, cuando estás así, rézale a Dios, habla con él, cuéntale todo lo que te pasa. Yo también, hace años estuve mal, pero aquí me curaron. No llores. No puedo ir a ningún lado, dice la mujer. Ni rezar puedo porque mi hija aquí se ha vuelto evangelista y dice que Corazón de Jesús no existe. La iglesia de San Columbano está aquí cerca, le dice mi mamá y le señala la cruz de la iglesia que se cuela por entre las azoteas del mercado. Sí quieres, el domingo podemos ir. La mujer deja de llorar. Pensé que ya nunca iba a hablar con nadie más, dice ahora riendo. 
Mamá llega a casa. Usualmente tarda media hora en regresar del mercado, pero hoy ha transcurrido más de hora y media y ya me tenía preocupado. ¿Qué paso, mami?, le pregunto. Me encontré con alguien y me quedé conversando, me dice y me cuenta la historia. Corre a encender la cocina al terminarla. Yo corro a encender la laptop para escribirla.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Un nuevo reality

Se me ocurre un nuevo reality. Los participantes, hombres y mujeres, agrupados en dos equipos, todos ellos guapos, guapas, buen cuerpo, sonrisa perfecta y todo eso, modelos que le dicen, pasan seis meses en un set de televisión preparándose para ingresar a la universidad. Digamos que a la UNI. Digamos nomás. Seis meses intensivos de geometría, álgebra, física y química. Obvio, gana el equipo que más cachimbos tenga. O por último, gana el que ingresa a la universidad. Se permiten parejas (de estudio, se entiende). Se permite que chapen entre ellos, que tengan relaciones, que tengan hijos, que los ampayen con otro. Lo que sea, todo con el fin de lograr el objetivo (tampoco nos vamos a poner cucufatos, ¿no?, total cada loco con su tema) En el ínterin, lo mismo que en otros programas, cámaras ocultas de los participantes quemando cerebro, entrando en trompo, delirando entre sueños de tanto estudiar. Entrevistas a los familiares y amigos. Imágenes de padres orgullosos, conmovidos con el esfuerzo de sus cachorros; bromas y anécdotas de los amigos y vecinos para demostrar que los participantes no son cualquier chancay, sino que pasaron un riguroso y exigente casting, pues. Que los participantes compartan habitación, todos en fila, como reclutas en una barraca. Que convivan día y noche, estudie y estudie, practique y practique, de la mano de su personal trainer, su sensei científico, mismo «La Voz», compartiendo tips, resolviendo exámenes pasados y, de vez en cuando, rajando de fulano o de mengano, como en la vida real pues, ¿no? A la hora de las pruebas, en vivo y en directo y en high definition, por supuesto, torta en la cara para el que no encuentre la ecuación de la recta, come vísceras crudas el que confunde la tercera ley de la termodinámica con «a la tercera va la vencida», pierde el pelo a punta de tijerazos el que no sabe el valor de pi o la constante de gravedad. Una voz en off (de alguien que sabe lo que dice, se supone) corrige, también en vivo y en directo, los errores. No pues, papito, así no se traza una bisectriz; no, hijita, el símbolo del potasio es  «k», no «Po». Cosas así. Salta de alegría y mueve el poto para la audiencia, el primero que logra demostrar la fórmula del anillo bencénico, por ejemplo; baila como un mono y hace gestos de primate, el primero que aplica bien el teorema de Poncelet; saca la lengua a la cámara y saca cachitas a los demás, el primero que resuelve una ecuación de tercer grado sin aplicar matrices. O mejor aún, un viaje de cinco días de sol, playa y tragos, a Punta Cana, all included, para el primero que resuelva el examen de admisión 1988 que, según algunos, fue el examen más tranca de todos los tiempos. Pruebas así. Cosas así. Digo, de paso los televidentes, niños, jóvenes y no tan jóvenes, también aprenden un poquito de matemáticas, ¿no? Aunque sea lo suficiente como para que la gente reciba bien el vuelto del mercado. O para ver si así el Perú deja los últimos lugares de las pruebas internacionales PISA. Digo, es una idea nomás.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Donde bebe agua el gavilán

Camino en dirección al manantial de Ancapaupiana. El mismo camino que recorría con mi madre y mis hermanas cuando íbamos a lavar la ropa. En casa teníamos agua potable, pero mamá prefería lavar en Ancapaupiana. ¿Por qué, ma? ¿Por qué tenemos que ir hasta allá si podemos lavar las ropas en casa? Porque es diferente, pues, hijo, Ancapaupiana es un puquio. Y sí pues, Ancapapaupiana era un puquio. Y no cualquier puquio: Ancapaupiana, «donde bebe agua el gavilán». No recorro estos pasos desde que era un niño, pero parece que lo hubiese hecho ayer. La casa de barro ocre de mama Defe y su pequeño corral de cerdos siguen marcando el inicio del camino desde la carretera a Tocas, las peñas color azafrán cortadas como escalones de piedra siguen empinándose hacia la cumbre; el sendero de álamos, el bosque de eucaliptos, los arbusto de chilca, siguen señalando la ruta a seguir. Pero ya no está la acequia por la que bajaban las aguas de aquel manantial. El pequeño torrente ya no existe. Un sendero de tierra roja ocupa ahora su lugar. Desde que las aguas son captadas en el mismo ojo de agua, desde hace varios años, y guardadas en un estanque de concreto para abastecer al barrio de Virgen del Carmen, el agua ya no baja por este lado de Colcabamba. Es un sentimiento raro. No ver la acequia, no escuchar el rumor del agua saltando las piedras, me deja un sentimiento de ausencia. Pero sigo caminando. No hay nadie, sólo los mismos álamos, las mismas piedras en que tendíamos la ropa para secarse al sol. ¿Para qué habría que ir a un manantial que ya no sirve? Camino. Asciendo por el sendero cada vez más empinado. Miro al cielo no hay gavilanes volando. No he visto ninguno hoy, pero cuando era niño, los veía con frecuencia. Marrones y solitarios planeaban en círculos en lo alto y se posaban aquí. Aquí, entre las rocas y los tunales. ¿Por qué un manantial en un cerro tan seco?, me pregunto y miro las cumbres. Solo rocas, tierra roja y espinos silvestres. ¿Qué hacía una vena de agua dulce entre un manto de roca ígnea? Asciendo y asciendo hasta que encuentro el tanque. Una cuba rectangular de cemento adosado al camino. Me acerco. Debe tener unos diez metros cúbicos, me digo a ojo de buen ingeniero sanitario. Lo reviso, lo analizo, lo ausculto. Toda la estructura está cubierta; la tapa de inspección, bloqueada, pero adentro se oye el sonido del agua cayendo al espejo. Un sonido, agudo, gutural, amplificado por el eco del vacío. Encuentro la línea de aducción, la línea que alimenta el reservorio. Su dermis ploma de plástico aflora de la tierra roja como una piel mal oculta. La palpo. El gorgoteo en el interior delata la trayectoria del agua fluyendo y sigo el ruido hasta llegar al ojo de agua. Lo reconozco. Reconozco el camino de rocas por donde antes fluía el agua del manantial, el tazón natural de piedra en que nos bañábamos los niños y las madres lavaban la ropa. Está seca, pero todavía tienen la superficie pulida por los miles de años del agua desgastándola. Me aproximo. Un cerco de alambre de púas resguarda la toma. Una pared de piedra y cemento cubre el ojo del manantial. Es la manera como, en la UNI, me enseñaron a captar un manantial, pero no poder ver el ojo, me entristece. Como no poder los ojos de un rostro querido al que uno no ve muchos años. Doy vuelta al lugar. Una vena raquítica escapa de la toma y fluye al natural como antes lo hacía todo el torrente. Un hilo de agua, apenas. Menos que el caudal de un caño abierto. Pero sigo la vena, el cerco de rakirakis que separan de las rocas hasta encontrarla estancada en una poza enana. Entonces sumerjo mis manos y bebo el agua dulce. La bebo como si fuera un gavilán.

lunes, 28 de octubre de 2013

Colcabamba

En Colcabamba, éramos una manada de cinco: Jhony, Charango, Humberto, Arón y yo. A un silbido en clave, salíamos de nuestras casas, nos encontrábamos en la subida de la carretera a Tocas y salíamos a explorar nuestro pequeño mundo, de Waychao a Tocas; de los Amarus de San Cristóbal hasta el río Mantaro. Por estos meses abundaban los choclos, entonces nos íbamos a robar cañas a las chacras de tierra roja que habían en el camino al manantial de Moccomocco; unas cañas moradas, largas, rajadas en el tallo, dulces como la caña de azúcar. Entrábamos a las chacras, rompíamos el tallo, botábamos el choclo, y nos íbamos a la pampa del estadio a tirarnos de panza, mascando la pulpa hasta que nos duelan las mandíbulas. Y ahí nos quedábamos. Primero viendo cómo el bagazo que tirábamos al río surfeaba las olas, los meandros y luego se perdía en el túnel del puente camino al Mantaro. Después, panza arriba, para ver si algún avión mudo se aparecía en el cielo, arriba en lo alto, cruzando las nubes con su panza plateada con dirección quién sabe a dónde. Después otra vez panza abajo, viendo los cerros de la banda, la bajada a Campo Armiño, la carretera a Tocas, la carretera a Huancayo: las cuatro vías por las que uno dejaba el pueblo, compitiendo a ver quién tenía la vista de un quillincho y podía ubicar los camiones que a lo lejos, en las carreteras que dibujan zetas en los cerros, se perdían en el horizonte. Cientos de veces. Reunirnos, robar cañas, tirarnos panza arriba, hablar de lo que sea. Reírnos. Matarnos de risa. Ciento de veces observando los horizontes. Pero nadie hablaba de irse. 
No recuerdo quien se fue primero. Creo que fui yo. El hecho que a los pocos años la manada ya no existía. Con la adolescencia, la juventud; por estudios, por trabajo, por necesidad, todos nos fuimos y nadie se quedó en Colcabamba. Estábamos condenados a irnos porque, como alguien en la residencia universitaria de la UNI me dijo alguna vez, en el Perú, los pueblos existen para nacer, crecer y luego irse; y las ciudades, para seguir creciendo y morir en ella. O morir en el intento. Pero también alguien, un colcabambino, una vez, en una de las presentaciones de «The Cure en Huancayo», en Huancayo, en la firma de libros, me dijo que había leído «La despedida», un cuento en el que el personaje se va Colcabamba, y me dijo que, en el caso de Colcabamba, había que irse de aquel pueblo para hablar de ella, para que alguien supiera que existe. Pero que un día había que volver. Por eso, mañana que estaré de vacaciones, viajaré a Colcabamba. Regresaré como regresa el Zancudo a Samaylla en «Ojos de pez abisal»: en el día de los muertos. Iré al manantial de Moccomocco, a las chacras de tierra roja, robaré una caña y me tiraré panza arriba en la curva de Cóndormocco, mirando el cielo. Con la música de mi iPod a todo volumen, echando de menos a algunas mujeres, buscando, entre las nubes, la panza plateada de algún avión.
Foto:archivo personal.