martes, 26 de julio de 2011

We only said goodbye with words

Gracias le doy a la virgen

gracias le doy al señor

porque entre tanto y tanto rigor

y habiendo perdido tanto

no perdí mi amor al canto

ni mi voz como cantor

(La vuelta de Martín Fierro de José Hernández)


Belgrado, Servia, 18 de junio de 2011. Amy Winehouse se bambolea en el escenario como una niña que aprende a caminar. No es Amy tratando de hacer un baile sexi, no, es Amy tratando de mantener el equilibrio, para seguir de pie sobre las tablas, para seguir erguida, para seguir cantando. Suenan los primeros acordes de October Song, pero la banda se detiene porque Amy no puede cantar. El público abuchea. El corista se le acerca y trata de calmarla. Amy lo mira como pidiendo disculpas y le dice algo al oído. El público serbio sigue abucheando. Protesta, silba, rechifla. Suena entonces la entrada de Back to Black y los serbios gritan de emoción. Cantan en coro. Amy trata de subirse al ritmo. Se abraza a si misma como si un frío atroz le quemara la espalda; pega la mirada en sabe dios qué punto del teatro, ensaya unas palabras y canta. Sí, borracha, pero canta. Canta como los desesperados pidiendo auxilio; como los locos caminando desnudos en invierno; como los desahuciados puteando a la muerte. «We only said goodbye with words/I died hundred times», canta. Y llora. Llora porque en un escenario, para los verdaderos cantores, los genios; los que componen, tocan, cantan y trascienden; cantar y llorar es la misma cosa. «We only said goodbye with words/I died hundred times/you go back to her and I go back to black», cantan ahora todos los serbios.

Londres, Inglaterra, viernes 22 de Julio del 2011. Por la noche, Amy ve a su médico para sus chequeos por aquello de tu tratamiento contra el alcoholismo y la droga adicción. El doctor no ve nada anormal y la manda a descansar. Amy va a casa y toca la batería en su habitación; lo suficientemente bien y ruidoso que los vecinos se quejan. Por la mañana siguiente le dice a uno de sus guardias de seguridad que se va a dormir y se despide.

Sábado 23. El cuerpo de Amy ha sido encontrado seis horas después de su muerte por uno de sus guardias. Una fuente policial dijo que no había señal de drogas en su casa de Camden, tal como se suponía en un principio y la primera autopsia realizada a su cuerpo no arroja las razones de su muerte. Quizá sólo nosotros, sus adeptos, los súbditos de su talento y su voz, sabemos que Amy se ha ido al Olimpo; al lado de Hendrix, Morrison, Joplin, Cobain; para hacer lo que sabe hacer como nadie: cantar, cantar y cantar. Sólo nosotros sabemos, Amy, lo que quisiste decir cuando escribiste, cuando cantaste: «We only said goobye with words/I died hundred times».

lunes, 11 de julio de 2011

Para el ingeniero Cuadros

Ingeniero, a usted que dice que le gusta andar escribiendo, a ver si se le ocurren unas palabras para grabarlas en la gota de agua que le vamos a regalar al Ingeniero Cuadros, ahora que nos deja y se va a trabajar a Ate, me dice un compañero de trabajo de un momento a otro. Entonces yo, que más que andar escribiendo, ando pensando, entro en un dilema tremendo porque si para sintetizar uno de los tantos proyectos que manejo en el trabajo, en “Resumen Ejecutivo” que le dicen, me tomo varias hojas y varios días, resulta mil veces complicado abreviar a alguien en unas pocas palabras. Entonces me siento frente al teclado y mientras el cursor late y late como un corazón en la pantalla, me acuerdo de la primera vez que entré a trabajar a esta empresa, allá por 1997, y de la primera vez que mi jefe me envió a coordinar con el Equipo Proyectos. Te vas urgente a La Atarjea y lo buscas al Ingeniero Cuadros para que te explique en qué va lo de «Los Sureños», me dijo mi jefe y me mandó raudo en su camioneta blanca. Recuerdo que mientras viajaba, miraba el plano de Puente Piedra y me preguntaba qué eran todas esas líneas y esos círculos que cortaban las calles de Puente Piedra como hilos de una telaraña para, dice, dotar de agua potable y alcantarillado a pueblos con nombres tan fantasmales como «Fundo Gallinazos», «Los Sureños» porque, por más que uno venga recién salido de la universidad, recién graduado y todo, esos códigos técnicos no dejaban de ser intimidantes porque una cosa era jugar al ingeniero y otra serlo de verdad. El hecho es que llegué a La Atarjea y de arranqué me retuvieron como media hora en la garita porque aún no tenía mi fotocheck y luego el peloteo de aquí y allá porque no conocía a nadie hasta que alguien se apiadó de mí y me llevó al EPy y ante el Ingeniero Cuadros. Dime, socio, me dijo y me ofreció una silla. Entonces le dije que recién había entrado a trabajara al Equipo Técnico Norte y que necesitaba información de las obras generales de Puente Piedra porque teníamos el documento de un congresista que prácticamente nos amenazaba con desollarnos vivos sino le dábamos los servicios a “sus pobladores” y que por el amor de Dios me ayudara porque era mi primer trabajo y yo no sabía ni dónde estaba parado. Entonces sin conocerme, a diferencia de otros que me negaban información, de entre un fajo de fólderes amarrados, sacó un fólder anaranjado y de ellos, a su vez, sacó unos planos; de esos azules, antiguos, dibujados a mano, y en treinta minutos me enseño la hidráulica que mi profesor de mecánica de fluidos no pudo enseñarme en dos ciclos en la UNI. Y así, explicándome y explicándome; socio por aquí, socio por allá, me hizo sentir como si ya llevara años trabajando en él. Y bueno, ahora, después de casi quince años de conocerlo, estoy frente a la computadora sin saber cómo decirle buena suerte en su nuevo puesto de trabajo; y entonces me acuerdo de Joan Manuel Serrat que decía: “voy tratando de crecer y no de sentar cabeza”; y me acuerdo que cuando leí esa frase, no sé por qué me vino a la cabeza la imagen de un chorro de agua juntándose a otro chorro de agua y a otro y a otro hasta que me imaginé un río y luego el mar. Entonces pienso que la vida es como una sucesión de chorros de agua que se van juntando y juntando; y luego creciendo y creciendo hasta convertirse en un río y luego en el mar. Por fin escribo: «Para el Ingeniero Guillermo Cuadros, que lo mismo que el agua, va tratando de crecer y no de sentar cabeza». Mucha suerte en su nuevo trabajo. Firmado, sus compañeros y amigos de siempre.

lunes, 20 de junio de 2011

Recuerdo que una vez estuve enamorado

I.
Mi amiga dice que tiene un amigo que dice que sus padres, en un pueblito de la sierra, cuando jóvenes, se casaron en un matrimonio arreglado. Dice que una vez su mamá le contó que al principio no entendía porqué la obligaban a vivir con un hombre que no conocía y al que no había elegido y que por eso a la primera que pudo, días después de la boda, se escapó. Y dice que el esposo se dio cuenta de la fuga y que corrió tras ella unos cerros hasta que la alcanzó y le rogó que no lo dejara. Qué van a decir de mí mis amigos, mi familia, se van a reír: mira, lo han abandonado. Entonces dice que la mamá se compadeció de él y pensó que a lo mejor debería quedarse unos días hasta conocer un poco a su esposo porque a lo mejor era un hombre bueno, y si resulta que era un hombre malo, se volvía a escapar. Entonces dice que al día siguiente ella salió a pastar las vacas y que él se fue a la chacra; y que en una de esas la mamá sintió que alguien le tiraba piedritas oculto en el matorral y dice que ella se rió cuando se dio cuenta que el de las piedritas era su esposo y que después se acercó a ella y se pusieron a conversar mirando las chacras, los cerros, las vacas. Entonces dice que conversaron, conversaron, conversaron y que poco a poco lo fue conociendo, conociendo, conociendo y que también poco a poco se fue enamorando, enamorando, enamorando y que ya nunca más se quiso escapar.

II.
Mi amigo dice que cuando vino de Huaraz se fue a vivir a Independencia. Y dice que los primeros días su mamá se la pasó buscando vacante en los colegios del norte de Lima y que nadie lo quería recibir porque hace semanas que habían empezado las clases, hasta que al final el único colegio que lo recibió fue uno que estaba a espaldas de la UNI. Entonces dice que para ganarse la vida su mamá puso un restaurante, ahí cerca, y que mi amigo le ayudaba limpiando, barriendo, atendiendo a la gente y que así fue como conoció a unos universitarios que se volvieron sus caseritos y que por eso le enseñaban matemáticas gratis. Y dice que luego se hicieron amigos y que lo llevaron a estudiar a la academia que tenían dentro de la universidad. Dice que de tanto estudiar, estudiar y estudiar mi amigo se fue transformando en el más chancón y que por eso el Director lo mandó a las olimpiadas de matemáticas representando a su colegio. Entonces sus amigos universitarios le enseñaron más y más matemáticas y que mi amigo aprendió, aprendió y ganó las olimpiadas. Y dice que cuando regresó a su colegio y se enteraron de la noticia, todos los alumnos lo llevaron cargado en hombros por el patio como si fuera un santo en procesión. Dice que él recuerda mucho ese momento porque era como si hubiera sido campeón del mundo, como si todo ese mar de cabezas que lo acompañaban hubieran campeonato con él. Pero dice que se acuerda más de ese día porque en una de esas que miraba por aquí, miraba por allá, en medio del mar de caras que lo acompañaban, vio el rostro de una niña que lo miraba diferente. Y dice que desde ese día pensó mucho en esa chica y que luego averiguó quién era, que la buscó y que fue su enamorada. Y dice que al siguiente año él ingreso a la UNI, le siguió ayudando a su mamá en el restaurante y que cinco años después, cuando terminó la universidad, se casó con aquella chica que lo miraba diferente.

III.
Mi otro amigo dice que una vez su pata lo llamó triste porque su enamorada lo había terminado de nuevo. Y dice que él le dijo que se deje de cojudeces porque mujeres hay como cancha y que ya iba encontrar una que de verdad lo quiera. Entonces dice que su pata le dijo para ir al cine porque no quería estar metido en su casa pensando huevadas. Dice que, como era domingo, las calles estaban vacías así que salieron tranquilos en el carro de su pata y cuando estaban pasando por Universitaria vieron dos chicas buenazas paradas en el paradero de San Germán. Dice que su pata le dijo: vamos a levantarnos a ese par de flacas, huevón, y detuvo el carro, pero dice que las chicas se asustaron tanto que se subieron al primer bus que apareció. Entonces dice que su pata bajó del auto y en el parabrisa posterior que estaba empolvadazo de semanas y semanas que no lavaba su carro por andar pensando en su ex, escribió el número de su celular y se puso a perseguir al autobús para que las flacas anotaran el número. Dice que desde San Germán las persiguieron hasta José Granda y que todo el mundo los miraba como si fueran dos borrachos locos en carrera hasta que el autobús dobló por la avenida y se perdió. Y dice que a la media hora una de las flacas llamó al celular y le dijo: oye, qué diablos te pasa, por qué nos persigues si no te conocemos. Entonces dice que su pata le dijo a la flaca que él sí la conocía de un sueño que una vez tuvo de chiquito y que a ella eso no le causó gracia y ahí nomás le colgó. Pero dice que por la noche, ya después del cine y todo eso, su pata la llamó a la flaca y le dijo que le disculpara si se habían asustado, que él no acostumbraba hacer esas locuras, pero que lo había hecho porque ella era muy guapa y que si no hubiera hecho lo que hizo ella nunca hubiera sabido de su existencia. Dice que le invitó a salir para que se conozcan, pero que la flaca no atracó. Entonces dice que su pata, hablando y hablando, le hizo reír y reír hasta que la flaca aceptó; y que a los tres días se encontraron. Y dice que en el encuentro la llevó a cenar y otra vez la hizo reír, reír y reír y que al final de todo, se la chapó.

sábado, 11 de junio de 2011

Realidad

I. Hace días que no quiero saber nada de mi país. La realidad me provoca arcadas. No veo los noticieros, no leo los periódicos, no escucho la radio. He usado ese tiempo para leer parte de los libros que esperaban por mí en el cajón de pendientes. Murakami, Adaui, Thays. Mil historias que sacan de mi esquina, mil historias que me hacen vagar por el mundo, mil historias que suceden lejos del Perú. Y he batido mi propio record: tres libros en de cinco días: la ficción vale tres veces más que la realidad.

II. No puedo escapar del trabajo (de algo tengo que vivir). Los documentos siguen llegando a mi escritorio. Se acumulan, se agravan, se multiplican como conejos. ¡URGENTE! reclama uno que lleva un sello anaranjado en una esquina y, abajo, la firma de mi jefe ordenando: Ulises, “su atención”. Lo leo. Un Congresista traslada el reclamo de unos pobladores que no tiene agua potable en sus casas. Lo de siempre. Nos recrimina, nos interroga, nos pide cuentas. Miro la hora. Yo, en cambio, pido cuentos.

III. La empresa en que trabajo cumple 49 años. No es poca cosa. El presidente del Directorio nos ha citado en las afueras del edificio principal para la ceremonia. 500 empleados frente a la bandera, frente al edificio largo como un contenedor de vidrio negro, frente a una laguna artificial con patos nadando. Cantamos el himno nacional, izamos la bandera. El discurso de ley. Miro los patos. Surcan el espejo de agua como pequeños barcos elegantes. En fila. Lentos, calmos, tiernos. Hace mucho que no nado, pienso. Recuerdo el último cuento que un amigo llevó al taller de narrativa. Escribir, decía un personaje, es como respirar mientras se nada. Metemos la cabeza bajo el agua; braceamos, braceamos, braceamos y cuando se nos acaba el aire sacamos la cabeza para respirar. Hace meses que no nado. Hace semanas que no escribo. Hace días que necesito respirar.

viernes, 27 de mayo de 2011

Billete roto

Siguiente, por favor, grita la cajera y S camina a la ventanilla. Se saludan. ¿En qué lo puedo ayudar?, pregunta ella. Cóbrese la deuda de soles y dólares de ésta boleta, responde S y le acerca el estado de cuenta de su tarjeta de crédito. La mujer digita el teclado y revisa el sistema con la mirada clavada al monitor mientras S le entrega 360 dólares y le aclara que los soles los descargue de la cuenta de ahorros. La mujer comprueba los datos, teclea de nuevo y toma los billetes. Los pone a contra luz, los estira, los somete a un baño ultravioleta, mientras S la observa con atención. El oficio de cajera le recuerda a M y se pregunta qué será de ella ahora que está casada y con hijos. Este billete está roto, dice la cajera e interrumpe sus pensamientos. ¿Cómo que está roto?, retruca S. La cajera le muestra una rajadura en la esquina derecha. Eso no es una rotura, es una arruga, dice S con seriedad, no está dispuesto a aceptar los 100 dólares de regreso. No podemos recibir un billete así, señor, responde la cajera sin desviar la mirada. Discuten. Que sí está roto, que no está roto. Nadie cede hasta que S se da por vencido y recibe el billete de mala gana, refunfuñando que no sirve para discutir con una mujer. Entonces tome el cambio de mi cuenta y complete la deuda, dice mientras piensa en el lío que le va a armar al tipo que le vendió los dólares en la calle. La mujer termina la transacción, mata los bauchers con un sello y se los entrega. ¿Algo más?, pregunta con una sonrisa forzada. S los revisa: el pago de la deuda en soles, la deuda en dólares, el saldo de la cuenta. Nada más, responde y abandona la ventanilla. Camina lento y verifica los números otra vez. Resta, suma, resta. Nota que el saldo final no es el correcto y que la cajera ha olvidado deducir el pago de la deuda en soles. S piensa en regresar a la ventanilla y advertir del error, pero decide caminar en dirección a la salida. Que se joda por malcriada, piensa celebrando la idea de ahorrarse 420 soles. Pero luego recuerda de nuevo a M y la manera como ella lo llamaba por teléfono para sufrir cada vez que no le cuadraba la caja. Se detiene. Piensa en las varias veces que la acompañó a casa del cliente para rogar por el dinero no descontado porque de lo contrario era ella quien debía deducirlo de su sueldo. Se compadece. Regresa a la ventanilla. Un momentito por favor, dice la cajera imaginando que S viene a reclamar algo más. S espera un par de minutos. Todavía con esas, piensa. Espera hasta que la cajera lo llama. S explica el error, pero lo hace tan mal que la cajera no entiende el reclamo. No, señor no hay ningún error. Revise bien, responde S, no quiero que luego tenga problemas. La cajera vuelve a analizar la transacción y repara en el error. Se pone roja. Se toma el rostro con las dos manos. ¡Uy! Qué tonta soy. Sonríe. ¡Uy qué tonta!, vuelve a decir. S sonríe. Muchas gracias, señor, muchas gracias por regresar, agrega aún incrédula con el gesto de S. No hay problema, responde S todavía sonriendo, pensando en lo orgullosa que estaría M de él si viera la escena u oyera la historia, pensando en los mimos, los besos, las noches que ella le daría en recompensa. Pero M está casada y con hijos, pero M ya no está más.

viernes, 13 de mayo de 2011

Yesterday

Qué locura, Loco, te juro que nunca había visto el Monumental con tanta, pero tanta gente. Creo que ni en el Perú-Brasil de las eliminatorias 2008 había tantas personas coreando juntas un nombre, auque, pensándolo bien, mi analogía esta fuera de lugar, ¿no?: el fútbol y la música no tienen nada, absolutamente nada en común; 45,000 almas gritando por un tipo que corre detrás de un balón es un desperdicio, mientras que 45,000 almas gritando delante de un tipo con una guitarra y un micrófono es un milagro. Mira nada más esto, mira como todos cantamos: “you say good bye, I say hello, hello, hello” sin saber nada de inglés. Es que la música, Loco, no tiene idioma y no interesa que esté en arameo, chino o en wajeje; la música es buena o mala, simplemente, y si es buena la tararearemos hasta en la combi. Claro, tú dirás que Mc Cartney no es precisamente el mejor músico del mundo, o como me dijo Ivan Thays, había que estar en este concierto sólo para estar lo más cerca posible del hombre que más cerca estuvo de Jhon Lennon; porque, hay que ser honestos, Lennon era Lennon, Harrison era Harrison y Ringo es Ringo; pero bueno, un beatle es un beatle pues, Loco, y había que hipotecar medio sueldo para ver a un beatle en el Perú.

Pero debiste traer al Adrián, Loco. Para que vea, para que sienta toda esta magia, toda esta energía musical, esta locura colectiva que pocas veces se siente en un estadio tan gigante como este, tan lleno de voces y luces; porque yo creo que el gusto por la música se induce a los hijos y se aprende de los padres o de los que hacen la veces de padres. Yo, por ejemplo, recuerdo bien a mi viejo regodeándose con los boleros de Lucho Barrios, con los waynos de Acomayo, La Estudiantina Andina; había que ver cómo le cambiaba la cara, como se ponía al oír a Javier Solís y hasta gritaba: “llévatela” recordando sabe dios qué amores. Mi viejo era un melómano, Loco, y mi tío Máximo, que también fue como un padre para mí, también lo era. Yo recuerdo a mi tío cantando tangos, boleros, waynos a voz en cuello mientras manejaba su camión y yo adentro, a su lado, viajando con él, viéndolo gigante, hecho mi héroe. Por eso a veces saco a pasear a mi sobrino Oscar que es lo más parecido que tengo a un hijo y lo siento a mi lado mientras conduzco el Elefante Gris y le hago escuchar algo de mi música para ver si algún día él me recuerda como yo recuerdo a mi papá y mi tío Máximo.

Pucha, Loco, ya me puse medio down. No sólo con esos recuerdos, sino con sólo ver a Paul que se sienta al piano y empieza a tocar Eleanor Rigby. Qué melodía más hermosa Qué letras. Qué perfección. Debe ser de las mejores canciones de Paul. Aunque que creo que Mull of Kintyne, es mejor. Aunque hay otras canciones que me traen más recuerdos, de la gente, de los patas de la UNI. A Mario y sus doscientos mil casetes de The Beatles, a Thomas que en la época que estudiábamos y no había ni para el té, pero había para los casetes piratas que nos prestábamos y para las cervezas que nos tomábamos tocando la guitarra y cantando Hey Jude, Yesterday, Somethimg, aunque esta última sea de Harrison, pero un beatle es u beatle, pues Loco.

Pero No more lonely nights, esa sí que me trae malos recuerdos. Y esos sí que son por tu culpa, Loco, por tu culpa, porque fue por tu culpa que yo, allá por el 90, me volví a mandar a A porque tú me dijiste que ella había hablado contigo y que se había dado cuenta de que yo era un buen tipo y que me mande de nuevo nomás y que esta vez si me iba a atracar, y yo como un huevón me volví a mandar, y A, con es vocesita, con esa buena educación que tenía, volvió a decirme que no. Oye, pero el Loco me dijo que ya había hablado contigo, le insistí, y A igualito me choteó. Claro, ahora tú te matas de risa, pero en esos días, Loco, en esos días yo andaba recontra herido; no solo por el no de A, sino por otro tipo de no, el no de S que justo por esos días, una noche, se cruzó conmigo en la facultad de civiles y me pidió que la acompañara a la Parábola, ese edificio en forma de X que había por el Laboratorio de Suelos. Qué raro, pensé yo, qué puede haber ahí a estas horas de la noche y bueno pues la acompañé porque un caballero acompaña a una dama y cuando entramos a la rampa de los camiones, en el primer rincón oscuro que había me pegó contra la pared y me abrazó. Entonces yo, con esa rara mezcla de tontería y sensatez, tuve que explicarle que por alguna estúpida razón yo todavía estaba esperando el sí de A y ahí quedó la cosa. Claro, te lo cuento recién ahora porque ahora da risa, pero en esos años Locos, ustedes me hubieran matado por estúpido, porque en aquellos años decirle no a una propuesta de amor era decirle no al mismísimo Dios. Pero, ¿sabes por qué No more lonely nights me recuerda todo eso? Pues porque a los pocos días dela brazo me volví a encontrar con S y me regaló un casete de Paul Mc Cartney y me dijo: ésta canción te la dedico y me señaló No more lonely nights; y listo, nunca más apareció.

Te pasaste, Loco, te pasaste. Pero, te perdono; te perdono porque tú eres mi pata, Loco, y porque estas canciones me traen recuerdos y porque con los años uno termina dándoles a ellos un valor cada vez más y más grande; y porque con los años uno comienza a quedarse con menos amigos, y eso me parece una pendejada de la vida, Loco, porque es justo con los años que uno necesita más de los amigos. Yesterday, Loco, Yesterday.

lunes, 25 de abril de 2011

Fotos de boda

Uno. Mi amigo Valery se casa. A las 4:50 entro a la iglesia con el paso acelerado, imaginando que el lugar está lleno y que llegaré imperdonablemente tarde. Entro: el lugar esta semivacío. El púlpito desierto, gente desconocida sentada en las bancas y un coro de niños sin uniforme ensayando a un costado. Miro otra vez el parte de invitación y compruebo que no me he equivocado, que estoy en el lugar y hora señalados. Sonrío: de nuevo he caído en la trampa de la cita adelantada. No importa, digo para mí. Los cronistas y los chismosos siempre llegan antes.

Dos. Me ubico en el extremo de la última fila para ser un desconocido más. Como si los relojes limeños marcaran en otra escala de tiempo y que 5:00 pm en realidad quiere decir 5:30, el lugar se va llenando poco a poco. Los invitados ocupan las bancas, el coro de niños sede su lugar a un coro de verdad, las beatas terminan de alistar el púlpito. Miro alrededor. Reconozco un par de caras entre los invitados, gente de la UNI a la que no veía hace años, los saludo a la distancia. Miro el reloj: 5:20. El novio aparece en la puerta vestido de frac. Escanea el lugar y saluda a quienes tiene a la vista. No me ve. Camina hacia el altar acompañado de su madre y se detiene. Da vuelta. Me ve. Saluda. Oe, ¿y cómo es?, le respondo con las manos. Sonríe. Posa para el fotógrafo y la videocámara, mira otra vez el lugar, saluda al resto. Vuelve al altar. Mira al frente, arriba, al costado. Ahora el tiempo limeño parece estirarse. Un segundo parece un minuto; un minuto, una hora; diez minutos, una eternidad; hasta que la novia aparece deslumbrando en la puerta. El novio suspira de alivio y sonríe. La novia lo mira como diciendo: ¿Viste que valió la pena esperar?

Tres. El cura inicia la ceremonia. Pide que por favor todos apaguen los celulares. Dice que es de mala educación interrumpir un rito sagrado en la casa de Dios y que no quiere llamar la atención a nadie delante de los demás. Saco el mío y lo pongo en vibrador. El resto hace lo propio. Comienza con el padre nuestro y sigue con la parábola del pan y los peces hasta que la estridencia de un ringtone de Coldplay lo interrumpe. El culpable lucha por ubicar el celular en sus pantalones y sale huyendo antes de que lo desollen vivo. El cura pregunta si todos somos invitados. A veces hay gente que se cuela, dice y un coro de risas llena todo el lugar.

Cuatro. La ceremonia continúa. Un niño enternado deambula entre las bancas como un ratón. Ríe, corre, bulle. El cura ahora habla sobre el control de la natalidad y el pecado de los condones. Parece no reparar en el niño, pero la madre se muere de vergüenza. Llama al niño, le ruega que venga, éste no obedece y, como burlándose del pecado de los condones, continúa jugando al gato y al ratón. La madre le ofrece una moneda, el niño no hace caso. Alguien le alcanza un caramelo a la madre y se la ofrece al niño. El niño se acerca corriendo y la madre lo atrapa. A veces, un caramelo puede más que una moneda.

Cinco. El cura ahora habla de una parábola más contemporánea. Cuenta la historia de un tipo que dice que una vez entró a una joyería para vender un brillante, pero queriendo conservar el oro del anillo; y que dice que el joyero le dijo que eso era imposible porque un anillo sin brillante perdería valor, lo mismo que perdería valor un brillante sin anillo; y que por eso, mi amigo Valery sin su ahora esposa Paola, era lo mismo que ella sin su ahora esposo y que por eso el matrimonio era indivisible. ¿Entienden?, pregunta el cura. Sí, respondemos todos. Ahora sí, pueden chapar, le dice a los novios. Reímos. Valery y Paola se besan y un coro de aplausos inunda todo el lugar. El matrimonio es una ciencia que nadie estudia, repito para mí.