
sábado, 12 de noviembre de 2011
El mejor bolero peruano de todos los tiempos

sábado, 22 de octubre de 2011
Ojos de pez abisal (32ª Feria de libro Ricardo Palma)
Con mucho agrado los invito a la presentación de "Ojos de pez abisal" en la 32ª Feria del libro Ricardo Palma, que desde el 20-10-2011 al 1-11-2011 se realiza en el Parque Kennedy, en Miraflores.domingo, 2 de octubre de 2011
Ojos de pez abisal (presentación)
martes, 27 de septiembre de 2011
El auto rojo
Para mi pata Enzo Chang que amenaza con un día regresar.
Debíamos estar mal de la cabeza, Chino. Cuando le cuento a la gente acerca de esa manía que teníamos de meternos dentro del auto rojo de tu tío, ese que nunca veía el sol porque nunca salía del garaje de tu casa, ese al que luego le tendíamos una extensión eléctrica para instalar una grabadora que cargábamos sobre nuestras rodillas, tan sólo para sentir la sensación de escuchar música metidos dentro de un auto, creen que miento, creen que es uno más de mis cuentos. A ver, ¿cuántos éramos?: tú, Nino, Francisco, las gemelas, Veca, Jochi y yo: ocho personas; ocho personas aupadas en un auto para cinco. Debíamos estar locos, ¿no?, Chino. Y flacos, famélicos, hechos unos palitos porque ahora, con esta grasa abdominal que no baja por más que vayamos al gimnasio, no cabríamos en él por nada de este mundo. ¿Y por qué lo hacían?, me preguntan. Porque un auto sin música es un como un cuerpo sin alma, les digo. Porque, claro, pudimos haber hecho como hacían los «chungitos», por ejemplo, sacar un minicomponente a la calle y beber alrededor de él; o como los Gonzales que reventaban su casa con esa música horrorosa que nunca entendimos, pero, no, a nosotros nos daba por meternos a ese auto rojo de tu tío como astronautas que se meten a un transbordador espacial; como si dentro de él, escuchando a Sabina, a Calamaro, a Sosa Stéreo; como si cantando en coro sus canciones, nuestra amistad se densificara, se hiciera más fuerte, dura. Y nos matábamos de risa. Y conversábamos, Chino; sobre todo eso, conversábamos que es algo que los jóvenes de ahora no hacen; porque tú vieras como es nuestro barrio ahora; llena de desconocidos, sin niños, sin jóvenes conversando, sin gente oyendo música; o sea, no se parece en nada al Hualcán de los noventas, al Hualcán que dejaste el 2003. Para que veas que llevo la cuenta y para que veas que me acuerdo del año que te fuiste al otro lado del mundo donde, según dicen, esa epidemia del no-conversar es mucho peor. Por eso tienes razón, cuando dices que nunca seremos más libres ni más ingenuos como en esos años. Quizá por eso Nino, aún cuando ya no vive en nuestra calle, todavía se escapa un fin de semana y aparca su auto negro y nuevo frente a la casa de Francisco y conversamos los tres. Y escuchamos música. Y nos acordamos de ti, de las gemelas, de Veca, de Jochi. Y nos matamos de risa. Y nos acordamos de las maratones de felicidad que armábamos en tu casa. Tu casa que ahora tiene tres pisos y varios inquilinos. Inquilinos que entran sin saludar por la puerta de la cochera. La cochera en que ya no está aparcado aquel auto color rojo. El auto rojo que un día se llevaron sin que nos diéramos cuenta y que, seguramente, terminó desguazado en el taller de algún chatarrero; sin nosotros, sin música, sin alma.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Pasaje Rómpete el Alma
Si en estos días de invierno vas al norte de Lima y llegas a Independencia, mira bien hacia los cerros. Arriba, bien arriba, perdida en el manto plomo de densas neblinas, verás un lugar llamado “Pampa de Cueva”. Y si te da por caminar, caminar y caminar en esa dirección, verás unas calles, unas casas que se aferran a los cerros, a las rocas, como alpinistas. Y si trepas, trepas y trepas y te adentras en la neblina hasta llegar a una vía que se sube en zigzag, la última, la que araña las rocas y se va para el cielo, entonces habrás llegado al “Pasaje Rómpete el Alma”. Ahí pregunta por la Sra. Marroquín. Alguien te llevara hasta ella. Te invitará a su casa y te contará la historia de esos lugares. Te dirá que hace más de treinta años que vinieron a vivir a esas quebradas y que entonces el invierno no era tan frío. Hará una cola de caballo con su larga cabellera cana, se arreglará y se pondrá sus tacos negros de cuer
o, rengos y jorobados de tanto andar, pero bien lustrados; y te invitará a caminar con ella por esas montañas. Y te contará su vida. Te contará que a sus 75 años acaba de graduarse de técnica en enfermería y que ahora estudia computación. No sabrás qué decir.
Pero comprenderás porque ese pasaje se llama así, porque ahí el mundo está al revés. Tan al revés que los cerros de Lima son verdes, un verde clorofila, un verde vida, un verde en medio de tanto desierto.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Pateando tachos

X reconoció a M a medio concierto. Dejó de prestar atención al escenario en el que Facundo Cabral, sentado en una silla plegable y la guitarra en las rodillas, entonaba “Pateando tachos” como un cantor callejero. Dudó unos segundos preguntándose si en verdad era ella. Estaba de espaldas, pero el cabello suelto trasluciendo los contornos del menudo cuerpo fue suficiente para reconocerla. Sí, era ella, no cabía duda. Era la espalda, los hombros, la cintura que hacía tanto había deseado tomar. El resto del concierto ya no fue lo mismo. Cabral cantaba una y otra canción, hacía uno y otro monólogo, pero X prefería espiar a M para ver si alguien había venido con ella, mientras estudiaba el modo, la excusa, las palabras que usaría para aproximarse al final. Después de que Cabral se despidió de los asistentes, después de que cantó dos canciones más y después de que finalmente Cabral ya no salió al escenario, X caminó en busca de M. Dos gradas, tres bancas, se detuvo; una grada, cinco bancas, se detuvo y sólo cuando vio que ella se marchaba, se atrevió a dar el último paso. Se acercó. ¿M?, dijo fingiendo duda. Hola, dijo M con frialdad al reconocerlo. Qué sorpresa, dijo X. Sí pues, a los años, dijo M como si en verdad llevara la cuenta de que habían pasado más de cuatro años desde la fiesta de cachimbos del 93. ¿Viniste sola? No, vine con mi tía, pero ya se fue. Entonces te acompaño a la salida. Bueno. Caminaron por el patio de la Universidad de Lima, continuaron por Javier Prado y llegaron al paradero. Que qué fue de la gente, que por dónde estás trabajando, que si es cierto que fulano está en tal lugar, hasta que la Daewoo apareció. Ahí está mi bus, dijo M y le ofreció la mejilla para despedirse. Ese es mi bus también, celebró X. Subieron. El bus se llenó con la gente que salía del concierto, pero lograron acomodarse tras la puerta posterior, ella de espaldas a la ventana y él sujetándose del pasamanos del asiento, cruzándole la cintura; frente a frente, como dos enamorados. X sintió entonces el perfume de sandía emanando de M, la larga cabellera asedándole las manos, el borde aromado de su cuerpo bajo la chompa y comenzó a sentir mariposas en el estómago. Cruzó los dedos. No sabía que te gustaba Facundo Cabral, dijo por hablar de algo. Nunca lo había escuchado antes, admitió M, me regalaron unas entradas y vine, pero me gustó. A ti sí debe gustarte, tú que eras medio poeta. Yo soy su discípulo, presumió X. Los argentinos no me caen bien, sentenció M, no sé, quizá sea porque mis jefes son argentinos; pero Facundo sí me cae. ¿Sabes cómo se suicida un argentino?, preguntó X. No. Se sube a su ego y luego salta. M sonrió. X reconoció la sonrisa. Sí, era la misma de hace cuatro años: blanca, adolescente, arrobada. Las mariposas revolotearon aún más en el estómago. ¿Sabes por qué los argentinos no se bañan con agua caliente?, preguntó X con empeño. No, respondió M aún con la sonrisa en los labios. Porque se les empaña el espejo. M estalló en risas. Qué gracioso habías resultado. En la universidad no eras así. ¿Y cómo era yo en la universidad? Serio, callado, recontra tímido. Es que contigo yo me pongo como un argentino, pero al revés. M se sujetó de X para soportar los embates del nuevo ataque de risa. X sintió el calor su mano sujetándole, la catarata del cabello largo cayendo ahora sobre él; las mariposas revolotearon por todo el autobús.
X se entera de la muerte de Cabral. Pucha, pobre Facundo, dice para él al leer los detalles de su asesinato. Entra al youtube y teclea: «Pateando tachos» La canción suena: ...vengo pateando tachos desde Avellaneda, silbando bajito al costado de la vía, esquivando a la fama... Piensa en los chistes de argentinos que aprendió de Cabral. Piensa en M, en la única vez que viajaron juntos, en la única vez que la tuvo tan cerca y la hizo reír. Pobre Facundo, vuelve a decir.