martes, 23 de junio de 2009

Lost in Chicago

Hoy voy a pasar el día completamente solo. A pesar de que los días previos los he pasado conociendo ciudades como Chicago, Pensilvania y lugares maravillosos como Las Cataratas del Niágara y el Lago Michigan, al lado de Goya, la idea de pasar el día en soledad; de poder leer y escribir en total retiro, en una vivienda de Chicago, acompañado sólo de chocolate, la perra de la dueña de casa en que me alojo; me llena de una rara tranquilidad. «La puerta se abre, así», me repite Goya a las 7 am, moviendo las manos para decirme que las puertas, en Chicago, a diferencia de Lima, se abren girando las llaves a la izquierda. Yo la escucho somnoliento. Luego, me indica cómo encender el aire acondicionado si siento calor, cómo abrir las ventanas si necesito aire fresco, cómo tomar los alimentos que hay en el refrigerador si tengo hambre. Parezco un niño de visita recibiendo encargos de su tía.

Regreso a la cama y vuelvo a quedar dormido. El ladrido de soprano de Chocolate me despierta sobresaltado. Miro el reloj: 9:40 de la mañana. Me quito el chullo que utilizo para dormir, estiro mis extremidades por toda la cama y celebro otra vez el estar de vacaciones. Enciendo el televisor, hago zapping por todos los canales. Me levanto. Miro por la ventana, afuera está soleando; los verdes jardines de las casas vecinas me infunden más alegría de la que ya tengo. Bajo al primer piso en pijamas para tomar un baño, pero, en medio de la cocina, me encuentro con un gringo alto. El gringo me mira serio, como esperando explicaciones de mi presencia. Yo entro en pánico. Nadie me había hablado de un gringo alto. Pienso que, a lo mejor, el gringo cree que soy un ladrón. «Hola, yo soy el amigo peruano de Goya», le respondo en medio de mi desconcierto, y no se me ocurre nada más. «Gloria», dice el gringo. «Sí, de Gloria», respondo. «Soy esposo de Vicky», me dice el gringo en un español elemental. No sé si hablar en español o en inglés para tratar de explicarle que nadie me ha había hablado de él ni de la tal Vicky; que yo sólo estoy de paso, que vengo de Lima a pasar unos días de vacaciones abuzando de la invitación de Goya, de Gloria como él la llama. Que ella y yo nos conocemos desde que éramos adolescentes; que desde entonces nos pasamos la vida encontrándonos en los aeropuertos y terminales terrestres del Perú y los Estados Unidos, porque la vida se ha empeñado en tenernos así: a ella trabajando de enfermera en Chicago y a mí, anclado en un empleo hidráulico de Lima. De pronto el gringo sonríe, parece compadecerse de mi extravío. «Adelante», dice, señalándome el baño. Primera decepción: no estoy solo en casa.

El Perú no me echa de menos. Me he pasado el resto de la mañana revisando mis correos electrónicos y leyendo los periódicos por internet. La selva sigue ardiendo con el paro amazónico, un autobús se ha accidentado en Pasamayo. Apago la laptop de Goya y salgo de casa para irme a comer algo afuera. Me despido de Chocolate que apenas puede mover la cola de lo gorda que está. «Chao, Monchis», le digo y me queda mirando como disgustada del sobrenombre con que la he bautizado. Camino como un autómata hasta la avenida y giro en dirección del restaurant colombiano al que, días antes, Goya me ha llevado a cenar. Pero recuerdo que por esa misma zona había un restaurante peruano al que no pudimos llegar. Trato de orientarme y recordar dónde era que quedaba. Camino guiado por mi intuición, hasta que veo la bandera peruana ondeando con humildad entre unos letreros de Western Union. Me acerco emocionado. «Fina Estampa», se llama el restaurant. Unas fotos gigantes de pollos a las brasa me dan la bienvenida. La boca se me hace agua. Desde mi llegada a los Estados Unidos; a pesar de que Goya y Julio (otro gran amigo peruano) me han llevado a probar comidas tailandesas, árabes, colombianas; he extrañado como nunca la comida peruana. Me emociono. Entro y ocupo la mesa desde la cual puedo ver la tele cómodamente. Las fotos de unos platos gigantes de lomo saltado, seco de cordero y ceviche, acrecientan aún más mi apetito. Una simpática mesera se apersona. A medida que se acerca, juego a adivinar de qué lugar del Perú viene. La piel blanca, el pelo castaño: es cajamarquina, afirmo para mí. «Hola», me dice la mujer con una sonrisa. Segunda decepción: la mujer tiene acento ecuatoriano.

Ordeno un ají de gallina, mi plato favorito. Mientras lo espero, reparo en la música que desde mi llegada inunda el lugar. Tercera decepción: es salsa ochentera. Esa música me deprime, me recuerda las fiestas universitarias en las que yo tenía que esperar a que amaneciera porque no había manera de regresar a la Residencia de la UNI solo, mientras el resto de mis amigos se divertía de lo lindo. Pido una Inca Kola y me quedo viendo la tele que está muda y sólo muestra imágenes del noticiero de la ESPN sobre las eliminatorias al mundial Sudáfrica 2010. Cuarta decepción: Perú esta en el fondo de la tabla con apenas 9 puntos. Espío al resto de comensales. Los miro con una sonrisa en la cara con la esperanza de que alguien se me acerque y me haga el habla porque yo soy incapaz de iniciar una conversación. Me vienen ganas de hablar con algún peruano, decirle que soy de Huancayo, que vivo en Lima; que estoy de vacaciones en Chicago y que me emociona encontrar compatriotas. Hay una pareja de gringas gordas comiendo sin hablar, un par de tipos con acento colombiano, una madre dando comer papas fritas a su hija con palabrotas de acento centroamericano. Quinta decepción: soy el único peruano en el lugar.

Le clavo el diente a mi ají de gallina. Sexta decepción: el plato sabe a cualquier cosa menos a ají de gallina. No soy un sibarita, pero hasta el arroz sabe diferente, luce diferente. No tiene el olor, la blanca y vaporosa apariencia del arroz peruano. Pienso que quizá el problema radica en el ají amarillo, los ajos, la sal; en la distancia. Se me ocurren otros factores tratando de explicarme de porque todo, excepto Goya y Julio, luce diferente en los Estados Unidos.

Compro dos botellas de Inca Kola para llevar. La mesera me las trae en una bolsa semitransparente y abandono el «Fina Estampa». Quiero caminar, pero no tengo idea de a dónde ir. Miro el sol, me oriento y decido ir al east, como dice Goya. Camino por la avenida. Como Hansel y Gretel, el cuento aquel de los hermanos Grimm, a medida que avanzo voy dejando, mentalmente, guijarros blancos; hitos que pueda reconocer para no extraviarme al regreso. El Eleven Market, el Mozart Dental Center, el Kindred Hospital. Camino sin prisa, cuidando mis flancos en cada paso peatonal que atravieso porque, a pesar de que todos los autos se detienen ante un peatón, no puedo evitar caminar a la defensiva, creyendo que en cualquier momento me toparé con un combi driver y me levantará por los aires con una cornada de sus parachoques. Decido sentarme en la banca del parque. Disfruto viendo pasar a la gente e imaginándome que son personajes de un cuento. Pasa trotando un moreno en ropa deportiva; es alto y recio, parece un toro de lidia saliendo a la plaza. Al rato pasa, también trotando, un grupo de rubias pálidas vestidas de nike, parecen dos muñecas de leche; luego, también trotando, unos latinos con traje de basquetbolistas. Séptima decepción: la gente saludable no sirve para personaje de cuentos.

Camino hasta el puente sobre un tributario del río Chicago. Hace días que he pasado por ahí, en el auto de Goya, y me ha llamado la atención la vista del río calmo; la rivera llena de árboles, los patos surcando en fila sobre los espejos de agua. Llego hasta ahí con mi pesada carga (dos botellas de Inca Kola pueden ser un martirio en una larga caminata). Octava decepción: en ese punto el río huele mal. Reconozco el sulfuroso hedor de las aguas anaerobias. Veo algunas llantas, ropas viejas en el fondo del cause. Con razón, hace décadas, decidieron desviar su cause al Missisipi.

Decido regresar. Sigo el mismo camino por el que he venido. Reconozco los hitos que he dejado. Con mis incakolas en la mano, a estas alturas todo el mundo debe saber que soy peruano. Se me acabaron los hitos y no hay cuando encontrar mi calle. Comienzo a inquietarme porque aquí las calles son físicamente idénticas. Me recrimino por mi distracción, por no haber anotado el nombre de la calle, el número de la casa en que estoy alojado, ¡el teléfono de Goya! Si me extravío, ¿cómo voy a comunicarme con ella? ¿Cómo voy a decirle a alguien dónde vivo? Camino preocupado porque hace rato que debí haber llegado, hasta que doy con el restaurant colombiano. Respiro aliviado. Doblo una cuadra antes y entonces me viene otra vez la duda de dónde vivo. Me detengo para tratar de diferenciar las casas: todas son idénticas. ¿Por qué las casas no son como en Lima, unas más diferente que la otra? Creo recordar el grifo contra incendio que había casi en frente de la casa. Lo ubico, camino en su dirección hasta que veo a Chocolate moviéndome su gorda cola en silencio desde lo alto de la entrada. «Hola, Monchis», le digo y pego un suspiro.

Entro. La dueña me da la bienvenida. «Y cómo le fue», me dice con una sonrisa de mamá y acento mexicano. Desde mi llegada, me ha tratado como a un hijo. Su rostro, sus gestos, su manera de hablar, desprenden tal ternura que creo que nadie más que ella podría llamarse como se llama: Virginia Maravillas. Le cuento que fui a caminar un poco, que la estoy pasando colosal. Me dan ganas de confesarle que sin Goya, en esta ciudad, soy un completo inútil, pero pueden más mis ganas de ponerme a escribir esta crónica. Subo al segundo piso. Veo el reloj: son más de las 3.30 de la tarde. Prendo la laptop y escribo todo esto con la esperanza de que pronto sean las ocho, de que Goya llegue de una buena vez y me diga: «Ok: Uli, ¿tienes hambre?»

viernes, 19 de junio de 2009

Olor a lluvia

Papá, estoy llegando a Huancayo,
¿hace cuánto que no vamos juntos para allá?
Oliendo a lluvia está la tierra recién mojada,
las calles marrones y nuestra casa alquilada.
Ocultando estoy mi uniforme plomo de escolar
¿me perdonas, lo roído y sucio que estoy?
Me esperan tus brazos gigantes, tu sonrisa
y el nombre diminuto del niño que fui.

Papá, estoy jugando con mi perro rengo
¿has visto para dónde se fue?
La sala de la casa está cantando un bolero
y el árbol de caucho parece rendido al sol.
Desempacando estoy mis libros, mis casets, mi libreta
¿Viste que no tengo ni un rojo?
Tu mano me despeina otra vez la cabeza,
Y te oigo decir: hijo, estoy orgulloso de ti.

Papá, estoy orando nuestros recuerdos
¿Acaso te pasa lo mismo que a nosotros?
Mamá sigue calentando la cena,
mis hermanas preguntando por ti;
tus amigos siguen llamándonte “siete”
y tu camión sigue aparcado en Seguil.

Papá, estoy mirándome en el espejo
¿has notado cuánto nos parecemos?
El tiempo me pinta tus canas,
me quita tus cabellos, me adentra tu frente.
…Horas, meses, años;
y yo no sé todavía
cómo escribir que te extraño.

martes, 16 de junio de 2009

Luna llena en Lima


Regreso a Lima en avión. Desde que he salido de Atlanta, he visto el día ir apagándose, poco a poco, hasta convertirse en noche total. Como el sol, también yo me he quedado dormido. Al despertar, he abierto la cortina y me he encontrado con el espectáculo más increíble que me ha tocado ver en un vuelo nocturno. Afuera, en medio de la noche hay una luna llena, blanca, gigante; parece acompañar la trayectoria de nuestro vuelo como un satélite de queso. Abajo, el colchón de nubes luce plateada por la blanca luz de la luna; y hasta pueden verse, de vez en cuando, los relámpagos que viajan entre las nubes como espasmos luminosos. Parece un sueño: estoy volando por encima del cielo. Sospecho que eso es lo que ven, a menudo, los astronautas.
Esa imagen es la que me viene a la mente ahora que oigo a Brett Anderson cantando, ante mis ojos, Everything Will Flow. Supongo que es la sensación de renacimiento, de autoayuda, que me transmiten esas letras, esa melodía, la que me lleva a pensar en aquel recuerdo. Sí, si alguna banda sonora merece aquella imagen de la luna llena, es esa canción.
Canto, grito, siento. Miro alrededor. Mi hermana, mis amigos saltan de alegría y también cantan a voz en cuello, lo mismo que el resto de mil almas que hemos venido al auditorio de la Discoteca Vocé a ver nada menos que al mítico cantante de Suede. Sí, vestido de terno negro, alto y flaco; con el cabello lacio cayendo en flecos sobre su rostro, se contorsiona cantando ante nosotros, y aún no podemos creerlo. ¿Cómo es posible que Oasis llene el Estadio Nacional y Brett Anderson, cante apenas en esta pequeña discoteca?, me pregunto; pero celebro la razón que sea, pues sólo así me es posible verlo tan cerca.
Nacido en 1967 en Haywards Heath, Inglaterra; Brett Anderson fundó Suede junto con Mat Osman y Bernard Butler. Pero no fue hasta 1993 que se posicionó del primer lugar de popularidad del Reino Unido, combinando el estilo glam de David Bowie y la lirica de Morrissey. Butler abandonó la banda en 1994, mientras grababan el segundo disco, pero Suede continuó lanzando material aclamado por la crítica inglesa. Coming Up, Head Music, A New Morning, son una muestra de ello, hasta que el 2003 la banda se disolvió. Junto con Pulp, The Verbe y Radiohead, quizá Suede sea lo mejor del rock británico de los noventas.
Brett se sienta al teclado. El resto de la banda descansa. Comienza a cantar las canciones de su etapa solista. El público le brinda un disciplinado silencio que no hace más que resaltar la voz de Brett y los arpegios de su teclado. Una, dos canciones. De pronto un tipo rompe el silencio. «Vete a cantar boleros a Argentina», grita el sujeto. «Lárgate, tú, imbécil» le responde alguien y el resto del público parece esperar una señal para lincharlo. El sujeto sigue gritando. Brett continúa cantando y no se da por aludido. El tipo cambia de esquina para seguir vituperiando. Parece poseído por algún demonio y despotrica. El público pide que lo boten. Aparece un 911. El tipo trata de ocultarse, el público lo delata. El 911 lo toma de la solapa y lo saca a trancadas. Es entonces que uno envidia ser un 911, para tener la licencia de expectorar a los imbéciles.
Estoy a tres metros de Brett. Me he escapado de mis amigos y me he camuflado entre los barrotes que soportan el escenario. Está secándose el sudor debajo del tablado que hace las veces de entrada a los camerinos. El público corea su nombre pidiendo que regrese. Parece que nadie más que yo lo puede ver. Brett sigue el ritual de hacer esperar al público, hasta que decide regresar. Sube por las escaleras y pasa a dos metros delante de mí. Yo celebro semejante suerte con un sorbo de cerveza, y me aferro a mi envidiable ubicación hasta que un 911 se aparece. «Mas allá, broder», me ordena. Es entonces que uno odia a los 911. Brett toma su guitarra y canta como nunca The wild ones. Un sorbo de cerveza más para celebrar aquella canción, para celebrar el recuerdo de una mujer.
El concierto termina con Saturday nigth. Todos cantamos a voz en cuello, como un coro de enamorados; hombres y mujeres repiten: «Oh, whatever makes her happy on a Saturday night/ Oh whatever makes her happy, whatever makes it alright».
Regreso a casa. Son casi la una de la mañana. No hay luna en el cielo de Lima, está nublado y hace un frio brutal. Manejo el auto hacia Los Olivos y me detengo en Las Palmeras a comer algo. Mi hermana y yo seguimos hablando del concierto, abrigados por el vaporoso calor de un caldo de gallina.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Falso túnel


Estoy en el fondo de un túnel. Me he colado entre los ingenieros que supervisan la construcción del «Ramal Norte», la gran línea de conducción de agua potable que, en su camino hacia el norte de Lima, atravesará la cadena de cerros de San Juan de Lurigancho y Comas. Estamos a ochenta metros dentro de la montaña, en el punto en que, treinta minutos antes, la roca virgen ha sido dinamitada.

Me he vestido con todos los elementos de seguridad: casco, chaleco, lentes; parezco un topo minero. A pesar de lo adentrados que estamos en la montaña, siento frío; el olor nitroso que han dejado los explosivos, la falta de aire, la leve oscuridad de la iluminación artificial, me provocan temor. La conciencia de estar en un lugar en el que nadie más, antes que nosotros, ha estado, desde que la tierra se formó; la imaginación de que todas esas capas de roca, encima de nosotros, en cualquier momento se podrían venir abajo, me dan una sensación de extravío. ¿Cuántas veces hemos asociado la idea de estar metidos en el fondo de un túnel con la situación de hallarnos en problemas y sin salida? Pienso en esa comparación. Recuerdo la plática que hace poco tuve con una amiga acerca del dolor que le había dejado el romper con su pareja después de años de enamorados. «Me siento morir, Ulises, no puedo vivir así», me dijo. Lloró. Recuerdo las veces que también yo he pasado por eso, las veces que me he sentido en el fondo de un túnel sin salida, las veces que me he sentido morir.


Uno de nuestros guías expone los avances de la obra. Nos explica el procedimiento que se sigue para la perforación del túnel; la voladura de las rocas, la disposición del falso túnel, el uso de anclajes de acero para estabilizar las paredes. Me llama la atención aquello del falso túnel. Le pido que por favor me explique más. «El falso túnel es una estructura que se construye para alargar el forado -dice-. Se hace con la finalidad de amortiguar la expulsión de partículas y masas de aire que se originan producto de la explosión al interior del túnel». La explicación me sorprende. «En la medida que se va adentrando en la montaña, el falso túnel, poco a poco, terminaba por hacerse innecesario», agrega. El simbolismo de un artificio constructivo tan lógico y original me deja sobrecogido. ¿Cuántas veces nos hemos sentido extraviados, en el fondo de un túnel, sin salida? ¿Cuántas veces nos hemos adentrado vanamente en ese túnel cuando podíamos muy bien desplegar un falso túnel?

Hace poco descubrí un poema de Elizabeth Bishop (ojala la hubiera descubierto antes). Lo transcribo ahora para que mi amiga lo pueda leer; para convencerla de que lo peor ha pasado; y para decirle que incluso perder, a veces, es ganancia.

Un arte

El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen de la pérdida,
pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día.
Acepta la inquietud de perder las llaves de las puertas,
las horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.
Después intenta perder lejana,
rápidamente: lugares, y nombres,
y la escala siguientede tu viaje.
Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre.
¡Y mira! Desaparecieron la última
o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.
Perdí dos ciudades entrañables.
Y un inmenso reino que era mío,
dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aun perdiéndote a ti
(la cariñosa voz, el gestoque amo) me podré engañar.
Es evidenteque el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

Nota: Este blogger reaparecerá en 15 días, después de unas recetadas vacaciones.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Postales de Londres

I
Alfonso y yo dejamos el aeropuerto Heathrow de Londres. Viajamos engullidos en la panza de un vagón del Heathrow Express hacia el Hotel Millennium Gloucester. Es domingo, hay poca gente en el tren. Un tipo de piel amarronada y ojos rasgados se sienta frente a mí. Observa mis maletas. Me mira, mira a Alfonso, nota que somos unos recién llegados. Nos husmeamos de soslayo. ¿Hablas español?, le pregunta Alfonso. Sí, responde. Peruano, ¿no? Ajá. Ríe. Más de tres años aquí y es la primera vez que me cruzo con peruanos en Londres, añade. Nos cuenta que estudia en la Universidad de Oxford, que lleva año y medio en Inglaterra, que es pisqueño, que su casa se vino a abajo con el terremoto del 2007. Nos enseña a orientarnos en las líneas del metro, qué hacer si nos perdemos. Nos dice que resulta más barato comprarse una tarjeta Oyster para desplazarse en el tren. Me da indicaciones de dónde encontrar CDs de música más baratos. Le cuento que Alfonso y yo estaremos en un taller de trabajo del Banco Mundial sobre sistemas privados de agua potable en pequeñas comunidades. Gloucester Road Station, anuncia por el altoparlante la modulada voz de una mujer. Nos despedimos. Nos tomamos una foto. Le agradezco por todo y le deseo suerte. Arriba Perú, le digo antes de abandonar el vagón. ¡Arriba Perú!, responde. ¡Horna campeonó!, alcanza a decirme antes que cierren las puertas del trén: las buenas noticias viajan en tren Express.

II
Por fin he podido ubicar un Burger King. En ciudades como Londres en que la comida me parece cara e insípida, una hamburguesa es lo más familiar a mi paladar y al bolsillo. Ordeno un Small Mac y ocupo una mesa con vista a la calle. Desde mi ventana se puede ver la salida de la Estación Glaucester Road. Hay una cabina telefónica en la calle. La gente entra y sale de la estación como en un mercado. Una mujer alta de rasgos hindúes entra en la cabina. La observo. Me imagino que es el personaje de un cuento, la llamo Emilia (es un nombre que me gusta). Emilia sonríe mientras habla por el teléfono. Me pregunto, ¿con quién estará hablando? ¿Será un hombre? ¿Alguien haciéndole cariñitos por teléfono? Emilia juega con su negra cabellera. La cambia de lado como quien acomoda una chalina.
-Hay solo una manera de que una mujer sea cada día más mujer -le dice el hombre por el teléfono.
-Así, ¿cual? -pregunta ella.
-Una larga cabellera, y un hombre, como yo, que las quiera.
Emilia sonríe. Recuerdo lo que me decía un amigo: «a las mujeres hay que hacerlas reír siempre; el día en que se aburren, se van».
Emilia cuelga el teléfono. Se acomoda el pelo otra vez y se va sonriendo. Cruza el paso cebra y se pierde entre la gente que entra a la Estación. ¿Ira al encuentro del hombre que la hace reír?


III
Salgo del subterráneo y aparezco en Picadylli Circus, el centro de Londres. Se parece a la Plaza San Martín en forma de Ovalo. Allí está, me dice Alfonso. Jaime, un nikkei peruano, amigo de Alfonso, que vive hace cuatro años en Londres nos da la bienvenida agitando las manos y chino de risa. Qué suerte que sea lunes, nos dice, porque yo descanso los lunes. Es administrador de un teatro en el mismo Convent Garden. Nos lleva a conocer la Abadía de Westminster, el Palacio de Buckingham, la Casa del Parlamento. Nos muestra cada uno de los lugares mientras da consejos sobre cómo ahorrar en el subterráneo, la comida, la cerveza. Nos describe los lugares y su historia con paciencia oriental. «Yo no pienso regresar. En el Perú no se puede vivir del teatro», dice. Qué es lo que más extrañas, le pregunto en un momento. «La comida», responde de inmediato. «A pesar del tiempo siempre siento que me falta arroz, limón, ají». Al final de la tarde, después de haber caminado como perros sin dueño, nos embarca en una lancha para un tour en el río Támesis. Le agradecemos por tanta gentileza, por su tiempo, por su paciencia. No es nada, dice. «¡Aguanta!», le dice Alfonso, «tengo algo para ti»; saca una botella de pisco y un sobre gigante de habas tostadas de la mochila. «¡Habas!», grita Jaime. «Pucha, esto lo voy a hacer durar todo el año». Debido a la comida, un peruano nunca termina de partir.

IV
Ser peruano y ser puntual es un inconveniente, incluso en la puntualísima Londres. A las seis en punto llego al hall del Centro de Convenciones del Hotel Millennium Gloucester. No hay casi nadie en el lugar. Me recibe Rocío, una peruana del Banco Mundial a la que ya conocía. Hola, le digo. «¡Hi!», dice, y, como en las fiestas infantiles en las que la mamá del cumpleañero decide con quien debes bailar, me lleva de la mano ante un tipo alto con facha de alemán desgarbado. Me presenta en inglés como el ingeniero Ulises Gutiérrez, de Lima, Perú. ¡Oh, Perú! Yo soy Helmut Jung de Austria, responde el tipo en un inglés atroz, y se manda con todo su curriculum. Apenas entiendo que es un experto en saneamiento con más de 15 años trabajando en Africa. Me regala su tarjeta. Hago lo propio y le explico, en mi pobre inglés, quien soy y que hago por la vida. El tipo me habla y me habla y yo no sé qué más decir cuando me hace una pregunta. Sudo, maldigo mi manía de ser puntual. De haber venido tarde, habría encontrado a alguien de la mancha peruana, hondureña o paraguaya, y no tendría que estar pasando por esto, me digo. Le hablo de la Eurocopa que se está jugando en Austria. El tipo se ríe. Somos un pésimo equipo, dice. No sé si refiere al equipo de fútbol de su país o a nosotros dos.
Pasa el mozo ofreciendo unas copas de vino. La gente africana y asiática empieza a llegar. Yo me sujeto de una copa de vino como un naufrago del salvavidas. El austríaco reconoce a alguien, se excusa y se retira. Me quedo solo. Busco entre la gente, algo, alguien. No hay nadie con una cara latina a quien arrimarse. Bebo un sorbo de vino, dos, tres. Hay una mancha de africanos tan solitarios como yo. Me los imagino preguntándose, qué diablos yo hago aquí. Uno de ellos se me acerca. Alfred Okidi del Ministerio del Agua y Medio Ambiente de Uganda, me dice y me estrecha la mano. Saco mi tarjeta y se la entrego. Otra vez me zampo tres sorbos de vino. Explico quien soy y que hago por la vida. Poco a poco la lengua se me destraba. Yo mismos me sorprendo de la fluidez con que ahora estoy hablando mi inglés tipo Tarzán. El africano se sorprende cuando le explico que el río amazonas nace en el Perú, y que el lago más alto del mundo también está en el Perú. Que sólo el 2% del agua dulce que tenemos está en la costa, lugar en el que vive el 52% de la población peruana. Que en Lima viven 8 millones de almas; que está en el medio del desierto, donde nunca llueve y que apenas tiene 2 ríos minúsculos para saciar su sed; que por eso mismo el Perú es un país con estrés hídrico, casi al nivel de los países de África del norte o el Medio Este. Siempre tenia la idea que Sudamérica era pura selva, me dice. ¿Y por qué la gente no se va a vivir donde está el 98% del agua dulce?, pregunta. Somos un país muy extraño, le digo, nos gusta vivir al extremo. Ríe. Me pregunta si sé algo de Uganda. Le respondo que al Perú sólo llegan noticias de la guerra. Me imagino, señala. Noto que no es un tema del que le guste hablar. Le pregunto si ha oído algo del Perú. Me dice que no. Es que somos malos en el fútbol, le digo. Ríe otra vez. Debe ser, dice, porque a Brasil y Argentina lo conocen todos.
Un chino gordo con restos de acné juvenil, se nos acerca. Achmad Marju Kordi, Director de Desarrollo de Abastecimiento de Agua Potable de Indonesia, nos dice. Le entrego mi tarjeta, y repito el rito del quién soy y el qué hago por la vida. Atrapo otra copa de vino. La mancha peruana recién llega, los saludo a la distancia: ya no los extraño; ahora me río de las bromas del indonesio. Vino, bendito vino.

V
Estoy frente al auditorio que escuchará mi exposición. Reconozco a la mancha de ugandeses, indonesios, nigerianas. A los musulmanes de Bangladesh, las mujeres cubiertas como tapadas de Kenya. La infaltable mancha peruana del Banco Mundial, de Rotoplas y el Ministerio de Vivienda. Me levantan el dedo gordo para animarme. Me encomiendo a mi padre, y le ruego por el amor de Dios que no me traicionen los nervios y que haga un milagro con mi inglés. Empiezo. Quién soy, de dónde vengo, dónde trabajo. Explico como desde 1993 al 2001, SEDAPAL, con el apoyo de la Unión Europea y los propios pobladores, construyo 186 sistemas provisionales de agua potable, en asentamientos humanos de Lima. Que empezó siendo una respuesta a la emergencia originada por la epidemia del cólera y que terminaron convirtiéndose en sistemas definitivos, 120 de los cuales aún vienen siendo administrados por los propios pobladores como si fueran pequeñas empresas privadas. Compran el agua a SEDAPAL, o a los camiones cisterna, y ellos mismos se encargan de la distribución del agua potable, de la operación y mantenimiento de los sistemas. Que todo eso funciona al margen de los vacíos legales existentes. Son pequeñas empresas privadas, insisto, y yo mismo me emociono cuando veo, en mis diapositivas, las estadísticas de la inventiva nacional cuando de sobrevivir se trata. Les explico que el 2008 esperamos llegar al 91% de cobertura de agua potable en Lima. Viene la ronda de preguntas. Algunas no las entiendo, mi listening siempre fue fatal. Sudo de impotencia. El moderador, un chileno buena gente, me traduce la pregunta. Respiro, respondo. Siguen las preguntas. 2 horas después el moderador da por terminada la exposición. Han sido las dos horas más largas de mi vida.
El ascensor se detiene en el piso 3. Sube una de las tapadas de Kenya, ahora tiene el rostro descubierto. Me felicita por la exposición. Le agradezco y le pregunto si se entendió mi inglés y me excuso por las preguntas que no entendí. Me dice que sí, que todo estuvo claro. Se sorprende del 91% de cobertura de agua potable en Lima. Deberían estar felices, me dice. Estaremos felices cuando lleguemos al 100%, le digo. Es un sueño responde. El ascensor se detiene. Me felicita otra vez y se despide. Camino entre la gente que conversa en grupos en medio del hall del hotel. Algunas caras me sonríen, correspondo el saludo sonriendo. Me quedo pensando en el sueño: si el 2011 logramos el 100%, así como los norteamericanos en 1950, y así como va nuestra economía, empezara el despegue de nuestro PBI y habremos dado el gran salto en nuestra historia.

VI
Son las cinco de la tarde, pero con el sol casi vertical parece mediodía. Es primavera y el día es más largo: amanece a las 4.00 a.m. y anochece a las 11.00 p.m. Aprovecho que tengo la tarde libre para irme a conocer el mítico Hotel Savoy. Croquis en mano he caminado entre la colmena de teatros de Westminster (¡más de 47 teatros en torno al Leicester Square!). Me he muerto de envidia de solo ver los anuncios: Lion King, Les Miserables, El Fantasma de la Opera, Mama Mia, Chicago, Dirty Dancing. Pero prefiero caminar y conocer lo más que se pueda de esta ciudad. Las calles me recuerdan escenas de Oliver Twist, imágenes de David Copperfield. Parece que estoy en pleno siglo XIX, pero rodeado de autos y buces rojos de dos pisos. Es increíble como conviven, aquí, la historia y la modernidad. Las calles están llenas de gente de todas las razas. Hindúes, árabes, negros, chinos. Unos tan estrafalariamente vestidos como los otros; eso me convierte en un anónimo más: soy un lorcho estrafalario. Miro al cielo, está azul a pesar de lo avanzado del día. Está lleno de arañazos blancos por la estela que deja el paso de tantos aviones. Agradezco a los dioses por el viaje. Me detengo a beber una Coca Cola y repaso los discos que he comprado como un ladrón que vuelve a contar su botín. Morrisey, The Smiths, Muse, Dire Straits, The Human League, Petshop Boys, Sex Pistol, Fleetwood Mac, Pink Floyd… Miro las calles y me pregunto qué tiene esta ciudad, éste país que, para mí, ha producido los mejores músicos por kilometro cuadrado. Sigo caminando con los audífonos puestos. Dentro de mí empieza sonar la voz de Federico Moura… «A veces voy donde reina el mar/ es mi lugar, llego sin disfraz/ por un minuto abandono el frac/ y me descubro en lo espiritual/ para amar/ como si fuera mentiroso y nudista/ en taxi voy, Hotel Savoy, y bailamos/ y ya no sé si estamos hoy, ayer o mañana...»

miércoles, 13 de mayo de 2009

Adiós, Antonio


Antonio Vega ha muerto. A los 51 años, falleció en Madrid el martes 12 de mayo víctima de un cáncer de pulmón, después de varios días de agonía. El diario El País, en su edición de hoy 13-05-2009, dice: «Hubo flores, silencio, abrazos y caras tristes, pero ninguno de los muchos músicos que hoy se acercaron a la sede de la Sociedad General de Autores (SGAE) para despedir a Antonio Vega, fallecido ayer en Madrid a los 51 años, se animó a coger una de las tres guitarras dispuestas junto a su féretro para expresar su pena. "Se levantaría él si pudiera y las afinaría", decía Nacho García Vega, su primo y compañero en Nacha Pop, la banda que hizo una de las propuestas más exquisitas de la movida madrileña y en la que Antonio Vega comenzó, como cantante y compositor, una andadura que dejaría clásicos imborrables para el pop español como Chica de ayer»
Yo descubrí, mal y tarde la música de Antonio. La Primera vez que lo oí fue el 2000, en el cine; en la escena aquella de “Amores Perros” en que Octavio, encarnado por Gael García, después de enamorar de mil formas a su cuñada, logra por fin hacer el amor con ella. La sensación de esas tormentosas imágenes, mezcladas con la música de la versión en vivo de “Lucha de Gigantes”, me dejó un sentimiento de vitalidad, de esperanza renovada tal que a la salida del cine volví a declararle mi amor a la mujer que aquella noche me había acompañado al cine y por la que entonces yo andaba loco. «Ya hemos hablado de eso, Ulises», me respondió ella fundamentando nuevamente su negativa. Al día siguiente me fui a buscar el bendito disco y lo encontré en el stand del tío Lyon, en las Galerías Brasil. Así descubrí temas tan hermosos como, “Estaciones”, “Materia Oscura”, “Una Décima de Segundo”, que me ayudaron a sobrellevar el «no» de aquella mujer.

Hoy he vuelto a escuchar aquella primera canción y no dejo de conmoverme. No por el recuerdo de la mujer del cine, sino por la voz de Antonio cantando esas letras que ahora suenan más premonitorias que nunca.
Adiós, Antonio. Cuando mueren artistas como tú es que nosotros, los que aquí quedamos, nos sentimos más solos.

Lucha de Gigantes
Lucha de gigantes convierte el aire en gas natural
un duelo salvaje advierte lo cerca que ando de entrar
en un mundo descomunal, siento mi fragilidad.

Vaya pesadilla corriendo con una bestia detrás
dime que es mentira todo, un sueño tonto y no más
me da miedo la enormidad donde nadie oye mi voz

Deja de engañar, no quieras ocultar
que has pasado sin tropezar
Monstruo de papel no sé contra quien voy
o es que acaso hay alguien más aquí

Creo en los fantasmas terribles y algún extraño lugar
y en mis tonterías para hacer tu risa estallar
en un mundo descomunal, siento tu fragilidad
Deja que pasemos sin miedo…

jueves, 7 de mayo de 2009

Desde el púlpito

Pensé que se trataba de algún error, pero, no: el oficio estaba dirigido a mí. En el documento, el Decano de la Facultad de Ingeniería Ambiental me invitaba a la ceremonia de bienvenida al Cachimbo 2005 para, discurso mediante, dar mi punto de vista sobre la ingeniería sanitaria a los nuevos estudiantes. ¿Por qué yo?, fue la primera pregunta que me vino a la mente. ¿Se trataba, acaso, de una broma macabra, de esas que solíamos hacernos entre amigos cuando estudiantes? Preferí quedarme con la duda por el temor de ser desengañado con una cruda respuesta; preferí quedarme con la ilusión de pensar que el Decano, o quien quiera que había sido el de la idea, reparó en mí por alguna virtud.

Esperé el encuentro con ansias. Los días previos, había escrito el discurso que leería y se la hice saber a algunos colegas y amigos para su opinión. Unos decían que el discurso era demasiado íntimo, otros que no tenía nada que ver con la idea de mostrar a los nuevos estudiantes el concepto de la ingeniería sanitaria. Le hice unos cambios. Agregué algunos datos técnicos y lo orienté a la idea que, seguramente, un nuevo estudiante esperaría saber acerca de su futura profesión.
Me vestí lo más serio que pude para ese día. Desempolvé el saco azul, una camisa blanca, mi inseparable jeans celeste y llegué puntual a la cita. La biblioteca se había transformado en un reducido auditorio lleno de alumnos y gente a la que no había visto nunca. El presidente del Centro de Estudiantes me llevó hasta la mesa de invitados. Pude reconocer a algunos de mis ex profesores. Ahí estaba el Ing. Rosasco, Decano de la FIA, que se encargó de iniciar el evento desdeñando, como siempre, los amplificadores porque con su potente y modulada voz le bastaban para atraer la atención del auditorio. «Si quieres cambiarte de escuela, tienes las puertas abiertas. Estás a tiempo, porque tú y tus padres terminarán odiándome, de tanto que te voy a hacer estudiar», les decía a los perplejos cachimbos que seguramente pensarían que si eso es una bienvenida, cómo sería la despedida. Estaba el Ing. Maldonado, Director de la Escuela de Ingeniería Sanitaria, rodeado de un aura de mutis total; con el ceño fruncido, sin mirar a nadie; para alimentar, de arranque, la fama de seriedad extrema para con el estudiante, leyendas que en realidad no pasan de bromas porque quienes lo conocemos, después de haber sido torturados física, mental y psicológicamente en los 8 meses que dura llevar con él el curso "Tratamiento de Aguas" sabemos que es un excelente profesor, y que sólo es posible entablar alguna amistad con él, cuando ya no eres más su alumno. Ahí estaba también el Ing. Morales, con la sonrisa amplia y los mostachos canos. Me reconoció. Me saludo con una pregunta que, viniendo de él, resultaba irónico: «¡Ulises! ¿Cómo le haces para mantenerte joven?, me preguntó. Pues, como usted, ingeniero, me conservo en alcohol, le dije. Celebró la respuesta con un apretón de manos. Me preguntó por algunos de mis amigos. Después de más de doce años de haber dejado de ser su alumno fue gratificante que recordara mi nombre y la de gente de mi generación.
Luego fue el turno del invitado de la escuela de Ingeniería de Higiene y Seguridad Industrial. Habló acerca de los proyectos en los que le había tocado trabajar: perforación de pozos petroleros en la selva de Ucayali y plataformas en el mar de Piura, minas de oro de Cajamarca y Ancash. Todos grandes proyectos. Me sentí perdido. El discurso que yo había preparado no hablaba de nada parecido. Pensé en la cara que pondrían los cachimbos de Ingeniería Sanitaria, en lo decepcionados que estarían de mí, en comparación al primer discurso. Pensé en improvisar en un tema netamente técnico y empecé a resumir mentalmente los proyectos más importantes en los que me había tocado trabajar, hasta que el aplauso que anunciaba el fin del discurso me volvió a la realidad.
Una señorita de pelo largo y sonrisa amable, integrante del Centro de Estudiantes anunció mi nombre y me invitó a pasar adelante. Me erguí, caminé con la duda del discurso a escoger, adormecido por los nervios del temor escénico y me detuve delante del micrófono. Me quedé mudo por unos segundos. Observé alrededor; las paredes altas de cemento caravista, las torres de libros apilados en los estantes, las mesas ocupadas por párvulos estudiantes, como el que yo una vez fui. Tomé el micrófono y como un cura en el púlpito, con la voz aún convaleciente de una leve bronquitis, leí:
Señor Decano, señores profesores, queridos alumnos. Comienzo agradeciendo la invitación a esta ceremonia de bienvenida al cachimbo, en esta nuestra querida alma Mater, a la que vuelvo siempre con especial alegría. Al verlos me remonto inevitablemente a 1988, el año en que ingresé a la UNI; año en el que me asaltaban, seguramente, las mismas dudas que hoy a ustedes, acerca del futuro y la ingeniería sanitaria. Ojala mi testimonio y aún corto paso por la ingeniería sanitaria y el abastecimiento de agua potable, sirva para despejar alguna de esas dudas.
Confieso que en mi caso, por aquel entonces, a mí me asaltaban sobre todo las dudas acerca de la ingeniería. Mi primer ciclo había sido un fracaso. No aprobé casi ninguno de los cursos de matemáticas y mi aptitud con los números —aptitud que yo creía mas que suficiente en el colegio o la academia— había quedado en total duda, al punto de hacerme pensar que yo había llegado a la universidad por alguna clase de afortunada casualidad y que sencillamente debía retirarme. Pero no fue sino hasta el segundo ciclo que desistí de esa idea. Por fortuna, ese año, los cursos se hicieron de régimen anual: uno podía llevar Matemáticas II sin haber aprobado Matemáticas I, por ejemplo, porque la calificación total se haría al final de año. Opté por matricularme en Física I sin haber aprobado Matemáticas Básicas I, esperando un milagro.
Y ocurrió. En el verano del 89 —el 88 sólo hicimos un ciclo por causa de las huelgas—, en la clase de Física I, el Ing. Estrada, sobre una pizarra verde olivo, sin más barita que una tiza blanca, e invocando a la magia de las coordenadas polares y cilíndricas fue capaz de hallar la ecuación que describía el vuelo de una mariposa. Si ya encontrar la ecuación de una recta me resultaba una tarea dolorosa, entender la ecuación de una curva tan impredecible, caótica y zigzagueante como la que describe el vuelo de una mariposa, me resultaba imposible. Pero el Ing. Estrada encontró la ecuación de una manera tan clara, lógica y sencilla que lo entendí todo. Más que un descubrimiento de la física, imaginar una mariposa volando y entender que su vuelo tenía una traducción en un lenguaje de variables llenas de equis y de yes; de ángulos, de senos y cosenos que explicaban no sólo la leyes de newton sino las misma vida, fue para mí un descubrimiento poético de lo que son capaces de hacer las ciencias exactas. Ese día me enamoré de las matemáticas, ese día decidí no renunciar.
La vocación hidráulica es más antigua. Empezó en Colcabamba, allá en Huancavelica, en la sierra central del Perú donde pasé mi niñez. Ahí el agua es sinónimo de cosecha, de alimento, de vida. Ahí mis maestros me dijeron que dos terceras partes de nuestros cuerpos están compuestos de agua, pero mucho después y ya grandecito entendí todo lo que eso implica. Significa, por ejemplo, que él es parte de nosotros, o mejor aún, que nosotros somos parte de él. Con el agua me lavaron el cuerpo apenas asome a este mundo, antes de poder ver por vez primera a mi madre. Con él me perfumaba ella para ir a la escuela. Con él me empaparon la frente para hacerme católico, cuando yo aún no tenía ni idea de lo que significaba Dios. El agua me acompañó a esperar a la primera mujer que amé en Huancayo —llovía el mes que la conocí—; el agua me dio la bienvenida a Lima cuando vi el mar por primera vez. Podría contarles miles de otros recuerdos para demostrarles que el agua me ha acompañado desde siempre y que era inevitable que terminara estudiando aquí.
Después de Física I vinieron otras disciplinas. Hidráulica, microbiología, química; en todas ellas encontré al agua como un elemento mágico y amistoso; había un placer académico en entender las razones que hacían del agua el habitad único y especial de los microorganismos, las razones que lo hacían el disolvente implacable de las sales, el diluyente universal de los ácidos, el catalizador de los iones. Entender el porqué el vórtice —ese remolino que se forma cuando liberamos el tapón de una tina llena de agua—, gira en sentido horario en el hemisferio norte y, antihorario en el sur; entender las razones por las que se forma un resalto cuando disminuye la pendiente de un canal; el porqué puede subir o bajar por causa de la presión; el porqué al agua, como a los hombres, le da por buscar el punto de minima energía, el punto donde por fin se descansa; era como descubrir al personaje de un cuento, al héroe de una novela, al epígrafe de un libro.
Luego vino el trabajo. Me mata de estrés, pero me revive con satisfacciones. Hay un indescriptible regodeo en contemplar un plano que ha sido calculado, diseñado, dibujado por uno; un placer eufórico en construirlo, de ponerlo a prueba y comprobar que funciona; pero mas satisfactorio aún es guardar el recuerdo de la sonrisa de niños celebrando un chorro de agua cayendo de sus caños; los incansables agradecimientos de madres que marcan en sus hogares el antes y un después de tener agua potable; pueblos, barrios, calles reverdeciendo.
Pero hay mucho por hacer. ¿Cómo explicarnos que en pleno siglo XXI el Perú aún tenga apenas un 65% de cobertura de los servicios de agua potable y alcantarillado a nivel nacional, mientras en Lima vayamos por algo mas del 87%? ¿Cómo explicarnos que en pleno siglo XXI apenas el 5% de los desagües producidos en Lima son tratados antes de ser vertidos al mar, mientras que la diferencia es vertida directamente a los cursos de agua sin tratamiento alguno? ¿Cómo explicarnos que el Perú, siendo el origen del río Amazonas, el río mas caudaloso del mundo con 170,000 m3/s al entrar al Océano Atlántico; siendo el Perú un País con 12.000 lagos y lagunas y más de 1,000 montañas por encima de los 5,000 msnm; siendo poseedor del Lago Titicaca, el lago más alto del mundo (3812 msnm), con un volumen de 893 mil millones de m3; siendo poseedor de 1,679 glaciares y de 262 diferentes cuencas fluviales; siendo así poseedor de unas de las fuentes de agua dulce mas grandes del mundo, sea un país con tensión hídrica, es decir, con un consumo per cápita menor a 1700 m3 por año, y para el 2025 pasará a ser un país con escasez de agua crónica, es decir, un consumo per cápita menor a 1000 m3 por año, similar a los países del norte de África o el Medio Oriente?
Aprende del agua, decía un cantor. «Aprende del agua que toma la forma de lo que la abriga. En el mar es ancha, angosta y rápida en el río, apretada en la copa. Sin embargo siendo blanda orada la piedra dura. Aprende del agua que por graciosa se te escurre entre los dedos, tan graciosa como la espiga que se somete a los caprichos del viento y se dobla hasta tocar con su punta la tierra, pero pasado el viento recupera su erguida postura, mientras el roble que por duro no se doblega, es quebrado por el viento. Se blando como el agua para que Dios pueda moverte graciosamente en cumplimiento de su destino y serás eterno como él, porque sólo el que se deja trascender por lo trascendental, será trascendente». Ese es pues, en resumen, mi testimonio. Mil gracias por su atención y bienvenidos a la ingeniería sanitaria.
No recuerdo que tan intenso fueron los aplausos. Recuerdo que volví a ver otra vez la biblioteca, las caras de la gente. Un tipo de bigotes ralos le hablaba algo a su compañero mientras aplaudía; algunos alumnos comenzaban a abandonar el auditorio, y recuerdo que una mujer delgada de ojos vivos, cabello corto y mechón colorado me sonrió.